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Grandes prédicas, ¿prácticas afines?

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Vanessa Rosales A.
30 de julio de 2020 - 04:10 p. m.
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Una mujer viste un blazer rojo, luce la boca pintada de carmesí, habla desde un micrófono. Está refiriendo una vivencia de días pasados. En las escaleras del capitolio estadounidense, un varón, miembro de la casa de representantes, se dirigió a ella, tocó su cara, la llamó “asquerosa”, “loca”, “peligrosa”. Al cabo de unos momentos, el mismo varón le espetó las palabras “puta perra” delante de una aglomeración de reporteros. Las palabras, dice la mujer en el micrófono, no le eran novedosas o ajenas. Las había oído antes, en circunstancias diferentes. Trabajando como mesera, por ejemplo, antes, mucho antes de que estuviese allí, con treinta años, electa políticamente en esa misma casa, con su piel morena, su apellido latinoamericano. Esta es la imagen de una incomodidad. Una mujer joven, nacida en el Bronx, de clase trabajadora, ascendencia latina, cometiendo, a ojos de toda esa virilidad blanca el atrevimiento de ejercer una voz política. Y diciendo que la deshumanización de las mujeres es un asunto estructural. Sabemos ya que a esa masculinidad blanca le propicia un alebrestado desasosiego ver como par a una mujer. Cómo no a una mujer de sangre latina, con ideas radicales y humanistas.

Pero Alexandria Ocasio-Cortez habló sobre algo más. Señaló, sí, con serena contundencia, que la actitud del varón en el capitolio no es aislada sino más bien común. Una, entre muchas, tantas, en una estructura de poder cimentada sobre actitudes violentas hacia las mujeres. Un tema cultural. Una cultura donde predomina la impunidad, que acepta la violencia y la violencia verbal hacia las mujeres. Explicó que eso, de fondo, es una forma de deshumanización. Violentar es deshumanizar.

La actitud del representante Yoho es un arquetipo de la misoginia. Percibe la voz femenina en la esfera del poder como una presencia intrusiva. Ve, en la presencia de una mujer en el discurso público, una osadía. Esto es lo que explica la cualidad de los insultos dirigidos a las mujeres, de corte moralista y sexual, aún cuando el teatro sea la política. Entender la misoginia es comprender que es eso, la deshumanización de las mujeres, lo que explica tantas cosas. Al tratar así a una mujer, el representante Yoho le da permiso a cualquier varón para repetir su comportamiento de violencia, dijo. Al practicar esa violencia, da licencia a cualquier hombre de tratar de la misma manera a su esposa y a sus hijas. El partido republicano estadounidense es, a grandes rasgos, un acervo de conservatismos aferrados a un sentido de tradición hecho a la medida de la blancura viril. Suele jactarse, de cierto modo, de celebrar una honorabilidad en los principios. Se podría decir que es un partido que aboga por la virtud que trazan la perspectiva chata y estrecha del conservatismo.

Para excusar estas conductas, no es infrecuente que varones como Yoho recurran a sus hijas y esposas como armaduras para justificar su comportamiento. Y sin embargo, afirmó Ocasio, la decencia no está en si un hombre tiene una esposa o una hija. Tratar a las personas con dignidad y respeto hace a un hombre decente, dijo - un hombre decente se disculpa auténticamente y reconoce el daño, busca modos de elevar y avanzar. Así, aquellos varones del tradicionalismo de derechas, que se jactan de su sentido de corrección y moralidad, pueden exhibir incongruencias de este talante. También es común esto.

En el fulminante discurso de Ocasio, el tema de la decencia sirve para adentrarse en los terrenos de las grandes prédicas. Aquellos grandes discursos que nos rodean, que se hinchan en los estrados de la política pública, que se enardecen en los axiomas de las redes. Los que, con alta frecuencia, revelan unas inconsistencias que vale la pena observar. Los axiomas altisonantes. ¿Cómo coordinan esas prédicas discursivas? ¿Cómo aterrizan los discursos grandilocuentes en esa esfera ínfima y pequeña, la que, al fin de cuentas, despliega el carácter político de un individuo, su capacidad de ejercer respeto y dignidad? ¿Cómo se traducen esas prédicas, esos pregones fastuosos e hinchados de certeza? ¿Qué prácticas materializan?

La izquierda que evoca con tanto fervor derechos, humanismo, pero que reincide en la misoginia sin remordimiento. El feminismo mediático que enarbola la consideración de la experiencia ajena, pero que elimina toda forma de solidaridad en las micro-esferas, animándose a las desacreditaciones poco empáticas hacia sujetos que despierten su antipatía personal. Apenas humano, no simpatizarnos es una necesaria posibilidad. Pero predicar altisonantes posturas feministas ¿ no tendría que acarrear un sentido de ética en la forma de disentir? Y también las posturas que se enuncian desde feminismos, pero que insisten en canalizar sus esfuerzos en negar o fiscalizar una experiencia contrastante a la propia o diferente de sí. Las acusaciones – añejas, algo que vale la pena observar históricamente – de “falsa consciencia”. Con todas sus gamas y matices. Esa extraña inconsistencia: negar otra subjetividad enunciándose desde un lugar y un ejercicio político que busca, al final, diluir toda forma de opresión, toda relación coercitiva, toda asimetría. La negación de la otredad no parece sincronizar con las éticas de la filosofía feminista. Como sucede cuando un segmento pretende, por ejemplo, negar o relativizar otra forma de subjetividad en lo femenino o el género.

Me contraria el bricolaje de orillas que estoy por evocar. Hay disparidad. Pero el prisma aquí, vale anotar, analiza la incongruencia que puede existir en la prédica discursiva. Son formas que se rozan entre sí. Es mirar cómo cualquier postura asumida puede tener al dogma como tinte de su ideología. Enquistarse en una postura unánime, además, inmoviliza la posibilidad que permiten los argumentos como vehículo fundamental.

Nada humano puede jactarse de la lisura misma. Hay convulsión y contrariedad en todo lo que nos conduce a nuestra humanidad. Y sin embargo, el afán de pregonar precisamente este tipo de formas discursivas parece perder eso de vista. Aún cuando predica con altisonancia pero practica incongruencias significativas.

Las derechas y los conservatismos que se jactan de ser encarnaciones y modelos de lo correcto, lo moral, de defender la vida – eso es un atrevimiento genuino – y que en nombre de ello deroguen el respeto a la otredad, enciendan cacerías a lo distinto, toleren con indulgencia sus corrupciones y vicios, pongan sus fuerzas al servicio de condenar y castigar. Los cristianismos que dicen pregonar la filosofía de su encarnación, - un profeta que habló sobre una amorosa consideración de la otredad-, y que no obstante se ensañan casi con manía en señalar, perseguir, instigar, anular. También a toda forma de otredad o todo aquello que desafíe los binarios aprendidos, los esquemas de la ansiosa convencionalidad. Allí, la oposición proporcional. Algo que figura en la forma en que aterrizan las prácticas de algunas grandes prédicas.

El varón de izquierda que defiende con ahínco un modo de humanismo que se alza, sin embargo, sobre la violencia discursiva. Los defensores de un acuerdo de paz, en un país lacerado por sus vivencias bélicas, que recurren, extrañamente, a la violencia verbal, al sesgo, al insulto, a la agresividad. Los segmentos políticos que pretenden defender esa misma paz desde la virulencia discursiva. El hábito fatídico de, cómo decía alguien más, celebrar en el propio bando lo que se condena en la oposición o en el enemigo. Ese termómetro selectivo y acomodaticio. Condonar y condenar según convenga. Si quien lo practica es el bando elegido, no se aplica la misma severidad. Ese sesgo es continuo. A la multiplicidad de orillas parece unificarles una convicción aparentemente compartida: un halo de moralismo que les persuade de poseer la capacidad de pontificar y fiscalizar. Una caricatura posible es la que muestra a un séquito enardecido por su pasión unánime, defendiendo, sin embargo, una postura escogida, apegados allí, sin ceder margen a los puntos de intersección posible. En Colombia, los segmentos políticos parecen inhabilitados en coincidir en lemas compartidos para avanzar de manera más estructural. Todo eso, de fondo, rebasa el lugar específico. Habla sobre actitudes discursivas de nuestro clima cultural actual.

En los ochenta, la teórica Bell Hooks escribía: “El compromiso radical con la lucha política acarrea la voluntad de aceptar responsabilidad para usar el conflicto constructivamente, como una manera de realzar y enriquecer nuestros entendimientos unos de otros, como una guía que dirige y da forma a los parámetros de nuestra solidaridad política”. Bien puede una acariciar la ensoñación de que pudiésemos entender el conflicto así.

@vanessarosales_ - vanessarosales.a@gmail.com

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