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En las redes, varias figuras que lideran la “influencia” digital pavoneando las imágenes usuales, mostrando las postales de esa ciudad conocida por su exuberancia cromática, el sitio de los deleites para la temporada de fin de año. En las esferas locales, una burguesía local expertamente apática, exhibiendo sus celebraciones habituales, reggaetón y festín, expertos en habitar y mirarlo todo desde su indolencia insular. En ambos casos, las exhibiciones de esas suculentas idas a las islas cercanas, lanchas, músicas alegres y cuerpos bronceados. En el muelle de Manga, videos frecuentes que captan hordas de transeúntes circulando, ruidosas algarabías, mascarillas ausentes. En el centro amurallado, -ese ombligo donde hierven las prácticas primordiales de una ciudad que en los últimos años se ha establecido como el patio de las delicias al servicio del dólar, del euro, de cualquier moneda-, las camionetas Prado montadas sobre los andenes, obstruyendo las vías estrechas. Los séquitos de varones borrachos, animados, entusiasmados porque saben que allí, donde están, todos sus apetitos pueden ser adquiridos y saciados de manera irrestricta. Ah, y los extranjeros chic, los fabulosos, los norteamericanos, los europeos, recorriendo las noches de esa luz miel sin tapabocas. Como si nada. Como si esa presencia llamada Covid, y todo lo que implica, fuese apenas un espejismo, una invención distante, una quimera que no existe. Las muertes, ajenas, el dolor algo abstracto, la imposibilidad de respirar, de acceder a un medicamento sosegador, en la soledad del aislamiento, nada de eso, una realidad.
Empiezo esta pieza también con una irregularidad. No ha sido característico de esta orilla delinear nombres propios al momento de plantear ejercicios analíticos. Pero lo que hemos presenciado en las circunstancias de las últimas semanas, en los últimos días, me conduce a designar como objeto de estas líneas a la administración del señor William Dau, alcalde actual de mi ciudad, Cartagena de Indias. Son estas también unas líneas para señalar, sobre todo, la política criminal que ha instituido para la ciudad ante la coyuntura de una pandemia que no nos abandona y que aún vivimos.
Quiero hacer énfasis, con la mayor ferocidad posible, en eso mismo, en esta política criminal. Una línea de acción que desmiente, además, toda la retórica que le ha sido conocida, una que ha predicado batalla empedernida contra las artimañas corruptas que han saqueado sistemáticamente a la ciudad. También hay artificio corrupto en recurrir a falacias argumentativas para desatender las necesidades de la ciudadanía, para deliberadamente desoír los llamados de los profesionales médicos, y para desconocer lo que se sabe mucho antes de la coyuntura del Covid: que la ciudad no cuenta con un configuración hospitalaria que pueda remotamente sostener acceso a la salud digno. Es política criminal una que, pese al conocimiento de las cifras, escogió poner a la ciudad al servicio de la fechoría rampante de un turista que sabe que en Cartagena de Indias no es necesario usar mascarilla, mostrar respeto o consideración por el lugar porque allí, en ese patio trasero, en ese lugar prostituido, no habrá restricciones, ni límites. Es política criminal que un líder político escoja, deliberadamente, perpetuar la posición de patio trasero de una ciudad que está vilmente empobrecida y carcomida por una existencia desigual.
Tanto la alcaldía, como sus secuaces, el Departamento Administrativo Distrital de Salud (Dadis), no pueden sino percibirse actualmente como aquello en lo que eligieron convertirse: mentirosos y asesinos. Algunas de las cifras definitorias en la coyuntura para toma de medidas respectivas suelen incluir: tasa de incidencia, tasa de mortalidad, ocupación UCI, y cantidad de pruebas. Pese a lo que arrojaban algunas cifras del segundo pico, reportado en septiembre, (92 contagios al mes, por cada 10.000 habitantes; 17 fallecidos por cada 100.000 habitantes); pese a los llamados suplicantes de la Mesa de Salud; pese a las muertes diarias (que en enero se vienen reportando de a 6 por día); pese a la realidad de precariedad lacerante; y a pesar de que el 27 de diciembre se habían reportado 10 muertos por Covid en la ciudad; de que el personal de salud pedía, exhausto, estado de alerta, el alcalde, recurriendo a falsedades, salió el 28 de diciembre a anunciarle al mundo, que Cartagena “estaba abierta para recibirlos a todos” en la temporada de vacaciones.
Algunos expertos y analistas, como el economista y candidato doctoral en geografía Camilo Rey señalaban los primeros días de enero: “lo que está ocurriendo en Cartagena en el último mes no es similar al resto del país. En esta ciudad, la mortalidad crece a un ritmo exagerado e inquietante. Frente a lo reportado en el mes de octubre, el número de fallecidos por mes creció en un 310% en diciembre”. A las cifras alarmantes, al crecimiento exponencial y extraordinario del virus, hay además un notorio subregistro que no permite aún dimensionar el estado actual y lo que en las próximas semanas se avecina. Los múltiples y contundentes análisis de personas como Rey no logran incluirse en lo que este formato permite.
Adicional a los permisos de eventos “de hasta 100 personas” que concedió la alcaldía, de los inexistentes controles ante los procolos de bioseguridad, del mínimo gesto de usar en público una mascarilla, en días recientes ésta decretó también una de las medidas más pasmosamente risibles que se habían visto: un “toque de queda” que empezaba a la medianoche y finalizaba a las cinco de la mañana. ¿Un resultado de tan brillante medida? Que fuese la clase trabajadora, la que labora en restaurantes, hoteles, spa y toda esa gama de servicio, la que no tuviese como transportarse a sus casas al terminar sus turnos, aturdidos, al salir, por las sirenas policiales que imponían una restricción de tan increíble patetismo.
Entre los debates y los argumentos que suelen aflorar entre los honorables miembros de la burguesía y esa gamita de empresarios habituados a saquear la ciudad al servicio de sus apetitos mezquinos, suele estar la noción de que “sin turismo”, la ciudad perecerá. La dependencia del turismo ha sido otra de las falacias que hemos interiorizado los cartageneros en las narrativas de la ciudad. Cuando lo que peligra es la conveniencia propia, es rápida la ansiedad social de quienes se ven enfrentados a la amenaza de ese orden conocido. Y si Dau ha sido perpetrador de una política criminal es también porque a pesar de todos los índices, de la realidad inmediata, de las estructuras mismas de la ciudad de la cual él es líder, su elección fue la de favorecer a ese modelo de turismo explotador que no es más que una muestra nítida de todo lo que carcome a la ciudad. Era, es el momento de pensar en modelos económicos y sociales que orbiten alrededor de la ciudadanía, y no para el esquema de saqueo colonizador al que se sigue sometido a la ciudad.
La pandemia sólo se ha encargado de exacerbar, con turbia agudeza, todo eso que estaba allí, todo eso que pudre a Cartagena de Indias, todo eso que nos señala que no es una ciudad mágica, que no es una ciudad bella, que no es una ciudad “chic”. Porque quiero señalar que el tipo de turismo del que se jactan los defensores de la “urgencia” de la economía, es uno cuyas actividades adoradas y disponibles para el turista foráneo, todas entrañan y exhiben un soterrado clasismo. El modelo del turismo de Cartagena de Indias es una de sus mejores metáforas para vislumbrar todo eso que encarna la fealdad de la ciudad. Hay que ser cínico, indolente o simplemente vil para no ver lo que está allí, a plena vista. Ni el ocio, ni la cultura, ni el enriquecimiento que inyecta a la ciudad está pensada para su gente y su propia ciudadanía.
Ningún mandatario, de manera singular, puede ser considerado como el único agente de unos andamios largamente podridos que recibe al momento de gobernar. Pero la pandemia tendría que ser una oportunidad para observar lo que está allí, esa llaga asquerosa y herida que nos mira. Cartagena tiene que atender a su ciudadanía. Cartagena debe mirar su clasismo. Cartagena necesita más ordenamiento anti-racista. Cartagena necesita priorizar a su juventud y no al sujeto que viene dispuesto a prostituirla.
Y tal vez de algo parecido está hecho lo que sucede con los debates alrededor de la cultura actualmente. También allí ha imperado una lógica que tiende a excluir a la ciudadanía cartagenera. Festivales que operan con la lógica de tantos otros aspectos de la desigualdad hiriente de la ciudad. Tal vez también sea el momento de revisar lo que implica la cultura, porque el argumento de que se encuentra demolida por la coyuntura actual está lejos de responder al análisis que se requiere en estos momentos. Tendríamos que dejar de lado miradas más neoliberales sobre la cultura como un mecanismo de los mercados y no como un sitio público, donde construir pensamiento y vínculo social. Tendríamos que dejar de entender la cultura como algo anti-democrático cuando debe ser un vehículo de identidad y de prosperidad en muchos niveles.
Nos hemos persuadido de la falacia que dicta que es el turismo lo que energiza a Cartagena de Indias, que es nuestro junco, nuestro salvavidas. Pero como explicó también Camilo Rey”: “No, en Cartagena el turismo no nos está salvando de la crisis y, tal vez, nos está hundiendo aún más. Nos dijeron: “necesitamos abrir el turismo para que hoteles y restaurantes puedan crear empleo y ayuden a reducir pobreza”. Y abrieron. Por el aeropuerto en noviembre se movilizaron 174mil pasajeros y mas de 200mil en diciembre (Sacsa). La evidencia desde Europa y la experiencia local nos había dejado claro que el turismo es y fue un importante difusor global del virus. Sabíamos que abrir sin mayor control tendría un costo, pero no esperábamos esto: 235 muertes Covid entre noviembre y diciembre, lo que representa el 29% de los fallecidos covid durante toda la pandemia (INS)”.
La ciudad no debía abrirse para el turismo de todos los años, no debía, esta vez, transfigurar en ese desfigurado patio trasero de delicias irrestrictas. La ciudad necesita romper el hechizo falaz del modelo turístico. Y lo que sí puede decirse, además, es que existe una ciudadanía despierta y crítica, que está aquí también para recuperar a una ciudad malherida por colonos que sólo mutan de superficie. Para ustedes, mi maciza solidaridad, mi ínfima contribución desde esta orilla. A la alcaldía, a los que lideran las instituciones competentes, a la burguesía, a los que han elegido pavonear sus vacaciones allí, vergüenza por su indolencia repulsiva.
