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5 Dec 2020 - 3:00 a. m.

¿Quién le teme a la paridad?

Desde finales del siglo XIX, la caricatura se convirtió en un vehículo para lidiar con la agitación que despertaban unos grupos de mujeres que se hacían llamar sufragistas. En la prensa surgieron imágenes burlescas. Pincelaban a mujeres feas, iracundas, exageradísimas, y por ende risibles - fabricadas según la medida de una imaginación que veía como despropósito pernicioso que las mujeres tuviesen la osadía de reclamar el voto político.

Sólo ejercía voto la población varonil. Había sido así. El mundo se repartía de manera nítida. Qué necesidad había, - se preguntaban los varones, descolocados y aturdidos, habituados a un orden que les favorecía-, en que las mujeres abandonasen la esfera doméstica. Qué turbias imaginaciones se habían apoderado de ellas al pretender, así, ejercer agencias y acciones similares a las que ellos ostentaban en ese orden ya establecido.

Desde tan atrás, las fórmulas para retratar este tipo iniciativas femeninas han sido sorprendentemente parecidas. Es ansiedad lo que surge cuando las mujeres, aglomeradas, piden igualdad. A veces es una ansiedad inconsciente, otras calculada y con frecuencia asume proporciones colectivas. Cualquier mirada histórica les permitiría a ustedes comprobarlo por sí mismos. Es ansiedad la sustancia que alimenta distorsiones, caricaturas y mitos.

A veces, cuando lo miro, lo encuentro cómico, risible - que el miedo hacia la libertad y la igualdad femenina sean tan viscerales. Por momentos es cómico verlo así. Que en aras de contener la inquietud que causa que esa libertad e igualdad sean posibles, sea la falsificación uno de los recursos que más se repitan. La distorsión. El estereotipo. Una cierta demonización. Pronto deja de ser risible. Es dolor lo que palpita cuando sea descubre la reincidencia de ese temor. No deja de ser increíble. El pavor que ha suscitado históricamente, en formas y circunstancias distintísimas, la voluntad femenina por existir en términos de igualdad.

Los recursos para sembrar esa zozobra que producen las demandas de igualdad de las mujeres han sido bastante parecidos entre sí. Algo similar ha sucedido con la palabra feminista. Pero es mucho más estructural. Toda figura femenina que subvierta el orden, toda aquella que se atreva a pedir lo que los hombres han tenido para sí mismos, toda expresión en la mujer que amenace con mover ese orden constituido, todas suscitan un pavor que está enquistado en el subsuelo colectivo. De miles de años de creer – en mayor o menor medida – que la mujer, por pecadora, debe estar sometida. Es la historia de una premisa. La mujer, el origen del mal, debe desde entonces, ser prevenida de todo modo de insurrección, ocupar su sitio. El Génesis se encarga de introducir el presagio que marcará el ritmo para tantas construcciones sobre las mujeres y lo femenino.

En las caricaturas de hace más de un siglo aparecía todo lo que no era recomendable para conveniencia de ese orden en la vida femenina: tener cuarenta años y no haberse casado nunca, tener cincuenta y ser llamada sufragista, tener la apariencia de una solterona lastimera, ser fea, querer ser como los hombres. Pretender libertades que no habían sido establecidas. Hay una lógica perversa ahí. Persiste todavía. Esa noción de que afirmar un lugar es negar otro. Por ejemplo, creer que al querer igualdad en derechos y condiciones las mujeres pretendieran usurpar el lugar de los hombres, creer que al querer libertad para sí las mujeres “odian” a los hombres. Ese miedo es patriarcal y es católico. Es una especie de paranoia llamativa.

En la serie estadounidense Mrs. America, que narra parte de la travesía del movimiento de liberación femenina de comienzos de los 70 por hacer ratificar la Enmienda de Igualdad de Derechos en el Congreso, se muestra lo que sucede cuando esa misma ansiedad se instala en un segmento femenino. Capitaneadas por la conservadora Phyllis Schlafly, grupos de mujeres se adhieren a sabotear el prospecto de la ratificación. Apelan, con frecuencia, a la línea de caricaturas que se usaban en contra de las sufragistas. Las “libbers”, como se llamaba a las mujeres del movimiento, eran referidas como “lesbianas”, “odia-hombres”, “dictadoras totalitarias”, “comunistas”, “peligrosas”, que ante nada, suponían una amenaza a la sacralidad de la familia. Schlafly era asidua en pegarse a aspectos del discurso político feminista para distorsionarlo y sembrar desasosiego. Como por ejemplo vender la idea de que las feministas, al problematizar visiones del casamiento y la maternidad, estaban despreciando a las hacedoras del hogar o a las mujeres que conscientemente quisiesen permanecer en la esfera doméstica.

Porque la verdad es que la retórica que se opone a la libertad e igualdad femenina no se reduce o se limita a la mirada masculina. Sí tiene allí su punto primordial de origen. Pero es posible tener una misoginia tan internalizada como mujer que se recurra y se comparta el aparato discursivo que siembra distorsión para sostenerse antifeminista.

Es lo que sucede cuando en el poder político o en el discurso público se percibe la voz y la presencia femenina como intrusa. Es lo que sucede en el ámbito académico cuando un varón, habituado a creer que es él quien detenta el conocimiento, a veces con o sin malicia sienta el impulso de explicarle algo a una colega. En últimas, es la premisa que hemos heredado, el afán de mantener a las mujeres en su sitio. Es más fácil perpetuar el imaginario de las mujeres como usurpadoras del poder en vez de concebir la repartición de las posibilidades como una ganancia colectiva. Lo que genera ansiedad por lo general se resuelve mejor si se simplifica, si se reduce y se convierte en algo que rechazar sin mucha examinación.

Sí, señores, no se alebresten: los derechos y las condiciones entre hombres y mujeres han avanzado significativamente. Pero hay vestigios de creencias y percepciones que nos han adoctrinado durante siglos. La asimetría ha predominado. Es apenas lógico que sus rezagos persistan.

Ahora vamos a aquello que la racionalidad viril ha hecho una de sus banderas: la naturaleza “dura” de las cifras y los hechos. Las mujeres son el 52% de la población, y no ocupan ni el 30% de los espacios de representación que exige, en Colombia, la Ley de Cuotas. Sólo el 12% de las Alcaldías, 17% de los Concejos, un 6.25% de las Gobernaciones, y sólo un 19% del Congreso son ocupados por mujeres. Ah, otra distorsión frecuente en las retóricas que se oponen a la igualdad: es que la discriminación positiva de las cuotas es indebida, no es correcta, porque supone elegir mujeres sólo por ser mujeres. Son fórmulas para generar transformaciones. Son medidas provisionales para empezar a generar paisajes más balanceados. Las cifras y las estadísticas – el conocimiento “duro” una vez más – ha demostrado, en otras latitudes, que esta paridad adelanta bienestares colectivos que no

Por eso, hay coyunturas que cada tanto, al avivarse, nos recuerdan que esa ansiedad, aunque ampliamente conquistada, no se disipa. Que la igualdad sigue siendo fuente de zozobra. ¿Qué pasa cuando es el Congreso de la República el que le dice que no al prospecto de la paridad política? En Colombia, la institución dijo no a la oportunidad histórica de garantizar a las mujeres participación igualitaria. ¿Qué nos dice eso? Los argumentos para explicar la negativa se aferran a asuntos tangenciales, por ejemplo, lo que esa concesión de paridad haría supuestamente en los partidos. Argumentación de artificio. En realidad es la ansiedad añeja siseando.

Sin embargo, hay una fuerza despierta que ya nada extingue. Puede llamarse Organización Artemisas. Pueden ser las discusiones cotidianas mediáticas. Pueden ser las mujeres de todo tipo en las calles, protestando. Ni las hazañas de las derechas, los dogmatismos evangélicos, las oscuridades del populismo reaccionario, toda la retórica antifeminista, ninguna, podrá refrenarla.

El lema es Paridad Ya. La ansiedad enquistada intenta contenerla, pero la fuerza es indetenible.

@vanessarosales_

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