Marco Atilio Régulo regresó a Cartago sabiendo lo que le esperaba. Cónsul romano capturado durante la Primera Guerra Púnica, fue enviado a Roma bajo juramento para proponer un acuerdo de paz. Si el Senado lo rechazaba, debía volver a Cartago. Contra toda expectativa, aconsejó no aceptarlo. Después, fiel a la palabra empeñada, regresó voluntariamente al cautiverio, donde encontró la tortura y la muerte. Cicerón recuerda este episodio para formular una pregunta que sigue abierta más de dos mil años después: ¿qué sostiene una palabra cuando ya no conviene cumplirla?
Los romanos tenían una respuesta: la Fides. No era simplemente la confianza ni la buena fe en el sentido moderno. Era una virtud pública, fundamento del derecho, la diplomacia y la convivencia política. Cicerón la definía como la constancia y la veracidad en lo prometido. La palabra obligaba precisamente cuando cumplirla dejaba de ser conveniente. Sin esa convicción compartida, ninguna alianza, ningún tratado y ninguna paz podían perdurar.
Los romanos conocían igualmente el nombre de su contrario: la Perfidia. No era la mentira ocasional sino la violación deliberada de una palabra previamente empeñada. El pérfido no es quien combate ni quien discrepa; es quien convierte el compromiso en un instrumento de engaño y la confianza en una emboscada. Mientras la Fides funda la posibilidad misma de la política, la Perfidia la corroe y la destruye desde dentro.
De ahí la distinción que Cicerón establecía entre categorías de enemigos. Había adversarios —hostes— con quienes existía una comunidad moral mínima: reconocían reglas comunes incluso en la guerra, y esa adhesión compartida hacía concebible, aunque fuera difícil, la paz. Muy distinta era la condición de los piratas del Mediterráneo. Cicerón no los consideraba hostes sino enemigos comunes de todos: communes hostes omnium. El problema no era que fueran adversarios de Roma, sino que no reconocían ninguna norma que hiciera vinculante su propia palabra.
Un Estado puede negociar con una fuerza insurgente que tiene programa político y vocación de poder: ese adversario reconoce, al menos en teoría, que una palabra firmada lo obliga, y el acuerdo tiene consecuencias políticas verificables. Pero cuando el Estado extiende la misma lógica a organizaciones puramente criminales —cuyo negocio depende del incumplimiento sistemático de cualquier norma—, no negocia: otorga treguas que el otro convierte en tiempo para reorganizarse y fortalecer sus propias actividades y estructuras.
Hobbes vio el mismo problema desde otro ángulo. Los pactos, escribió, sin una fuerza capaz de garantizar su cumplimiento, no son más que palabras. Pero hay un nivel más profundo: para que la coacción produzca efectos duraderos, las partes deben reconocer que la palabra empeñada las obliga. Sin ese reconocimiento previo, ni siquiera la fuerza puede producir una paz verdadera. Allí donde desaparece la confianza en la obligación de cumplir lo acordado, la política retrocede y vuelve a imponerse la fuerza.
La pregunta, entonces, no es solamente con quién queremos hacer la paz. Es si podemos hacerla con quien considera que la palabra no obliga. Allí donde la Perfidia desplaza a la Fides, los diálogos de paz no pasan de ser el nombre elegante de una precaria tregua.
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