Cuando Colombia celebró 200 años de relaciones con los Países Bajos —en un acto realizado en Riohacha el pasado dos de mayo, con la presencia de delegaciones del Caribe neerlandés y de la propia embajadora Reina Buijs— muchos pensaron que esa historia comenzaba a escribirse ese día. Pero Hiaades de Kom sabía que llevaba décadas guardada en un sobre.
Una mañana llegó a mi casa y dejó sobre la mesa un pequeño conjunto de documentos que confirmarían, sin aspavientos, lo que siempre había intuido sobre el Caribe: que su historia es inseparable de los flujos demográficos y culturales que durante siglos enlazaron sus costas, sus islas y sus gentes.
Entre aquellos papeles venía una traducción de Nosotros, esclavos de Surinam, el libro que su tío Anton de Kom publicó en 1934. De Kom era un intelectual anticolonial oriundo de Paramaribo, hijo de un hombre que había nacido esclavo. Su libro denunciaba la explotación colonial neerlandesa en Surinam y fue prohibido durante décadas. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, se unió a la resistencia holandesa, fue arrestado y enviado a campos de concentración. Murió el 24 de abril de 1945 en Sandbostel, en el norte de Alemania, apenas cinco días antes de que las tropas británicas llegaran a liberar el campo. Su memoria fue tan grande que hoy la única universidad de Surinam lleva su nombre y existe en los Países Bajos una cátedra dedicada a su pensamiento. Venía también en el sobre un billete surinamés con su efigie —el rostro de un hombre que supo que el lenguaje puede ser una forma de resistencia.
Guardaban también aquellos papeles una historia de amor. Henny de Kom, hermano de Anton, había huido hacia Aruba escapando de la persecución que pesaba sobre su familia. Desde allí llegó a Riohacha en 1943 para reparar la máquina eléctrica que daba luz a la ciudad. Y en Riohacha conoció a una joven de Castilletes. Terminada la guerra, regresó para honrar su palabra y casarse con ella. Tuvieron seis hijos. Una de ellos es Hiaades.
La historia de los De Kom no es excepcional: es representativa. En La Guajira perviven otros apellidos neerlandeses que llegaron por rutas similares —el comercio, el trabajo, el amor— y que con el tiempo echaron raíces tan profundas como las de cualquier familia nativa. La movilidad caribeña no fue un fenómeno marginal: fue una dimensión constitutiva de la formación histórica de esta península.
En junio de 2023, el canciller neerlandés Wopke Hoekstra recibió en La Haya a los descendientes de Anton de Kom y ofreció disculpas oficiales por un hecho del pasado: haber arrestado y deportado a su padre sin juicio previo. La verdad que la familia había preservado durante décadas alcanzaba por fin el reconocimiento de un Estado.
Hoy los De Kom son en La Guajira 58 personas: hijos, nietos, bisnietos. Eso es lo que Hiaades trajo aquella mañana en un sobre: la prueba de que entre Colombia y los Países Bajos hay una historia más larga, más íntima y más sorprendente de lo que cualquier celebración oficial podría contener.