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La mejor definición del carnaval es la expresada por Goethe en 1788: “El carnaval no es propiamente una fiesta que se dé al pueblo, sino una fiesta que el pueblo se da a sí mismo”. Al observar el carnaval romano, el intelectual alemán resaltaba que esta fiesta pública no era una concesión del Estado ni un lujo suntuario, sino una decisión colectiva de ponerse en fiesta, un tiempo propio, con reglas propias.
La atmósfera del júbilo carnavalesco la conocí en Riohacha durante mi infancia, cuando el carnaval no era un espectáculo sino un modo de habitar la ciudad. Sus raíces —antiguas, criollas y complejas— ya habían sido anotadas por Nicolás de la Rosa en 1742, cuando describió cómo las fiestas de enero enlazaban lo religioso, lo lúdico, lo burlesco y lo popular con una naturalidad que solo produce una sociedad que se regala tiempo a sí misma. Por ello, nunca se hablaba de “hacer” carnaval, sino de jugar carnaval.
En el carnaval nos preguntamos sobre el mundo, el tiempo y el orden cotidiano. Es un espacio de reflexión encarnada, de filosofía vivida en las calles. No tiene un fin calculadamente utilitario porque va contra su naturaleza misma tener tal finalidad instrumental. Como dice Josef Pieper en “Una teoría de la fiesta”, solo puede instalarse la verdadera fiesta en el terreno de una actividad con sentido propio, liberada de toda relación con un fin ajeno.
Una de mis preocupaciones recurrentes es que un día un alcalde de turno —ante un episodio de inseguridad, por desconocimiento o por pura estrechez simbólica— decida suprimir arbitrariamente los carnavales de Riohacha. El carnaval no pertenece a un gobierno finito. Nace de la propia sociedad que se renueva en el tiempo. Ningún funcionario tiene derecho a cancelar una tradición que viene desde el siglo XVIII, que ha sobrevivido a revoluciones, guerras y crisis. Suprimir el carnaval sería negar a una comunidad su derecho a celebrar su propia existencia, a manifestar esa riqueza existencial que Pieper identifica como esencial a la fiesta. Un carnaval no es un festival: es una fiesta pública que concierne a toda la sociedad y no solo a un sector de esta.
Las reinas del carnaval, elegidas con más rigor que muchos funcionarios públicos, deben probar su competencia para el cargo, disponer de un equipo entusiasta, demostrar su alegría y su capacidad para bailar la cumbiamba o el pilón. Ningún dinero del mundo compraría a una junta si la reina no sabe bailar. Por eso el carnaval debe protegerse: no como un evento, sino como un derecho cultural al tiempo extraordinario en el que una comunidad recrea la utopía de la igualdad humana, reafirma su existencia compartida y baila su propia historia.
Al final, incluso quienes carecen de bienes materiales pueden experimentar la plenitud del carnaval. La fiesta no surge del cálculo ni del interés, sino de una afirmación profunda del mundo y de la vida. Como el propio Goethe lo entendió al observar Roma en 1788, el carnaval es el instante en que un pueblo se mira al espejo y decide, por unos días, convertir su reflejo en danza.
