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El carnaval: la fiesta que el pueblo se da a sí mismo

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Weildler Guerra
13 de febrero de 2026 - 05:05 a. m.
“El carnaval no es propiamente una fiesta que se dé al pueblo, sino una fiesta que el pueblo se da a sí mismo, decía Goethe”: Wieldler Guerra
“El carnaval no es propiamente una fiesta que se dé al pueblo, sino una fiesta que el pueblo se da a sí mismo, decía Goethe”: Wieldler Guerra
Foto: Jose Vargas Esguerra; - Jose Vargas Esguerra
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La mejor definición del carnaval es la expresada por Goethe en 1788: “El carnaval no es propiamente una fiesta que se dé al pueblo, sino una fiesta que el pueblo se da a sí mismo”. Al observar el carnaval romano, el intelectual alemán resaltaba que esta fiesta pública no era una concesión del Estado ni un lujo suntuario, sino una decisión colectiva de ponerse en fiesta, un tiempo propio, con reglas propias.

La atmósfera del júbilo carnavalesco la conocí en Riohacha durante mi infancia, cuando el carnaval no era un espectáculo sino un modo de habitar la ciudad. Sus raíces —antiguas, criollas y complejas— ya habían sido anotadas por Nicolás de la Rosa en 1742, cuando describió cómo las fiestas de enero enlazaban lo religioso, lo lúdico, lo burlesco y lo popular con una naturalidad que solo produce una sociedad que se regala tiempo a sí misma. Por ello, nunca se hablaba de “hacer” carnaval, sino de jugar carnaval.

En el carnaval nos preguntamos sobre el mundo, el tiempo y el orden cotidiano. Es un espacio de reflexión encarnada, de filosofía vivida en las calles. No tiene un fin calculadamente utilitario porque va contra su naturaleza misma tener tal finalidad instrumental. Como dice Josef Pieper en “Una teoría de la fiesta”, solo puede instalarse la verdadera fiesta en el terreno de una actividad con sentido propio, liberada de toda relación con un fin ajeno.

Una de mis preocupaciones recurrentes es que un día un alcalde de turno —ante un episodio de inseguridad, por desconocimiento o por pura estrechez simbólica— decida suprimir arbitrariamente los carnavales de Riohacha. El carnaval no pertenece a un gobierno finito. Nace de la propia sociedad que se renueva en el tiempo. Ningún funcionario tiene derecho a cancelar una tradición que viene desde el siglo XVIII, que ha sobrevivido a revoluciones, guerras y crisis. Suprimir el carnaval sería negar a una comunidad su derecho a celebrar su propia existencia, a manifestar esa riqueza existencial que Pieper identifica como esencial a la fiesta. Un carnaval no es un festival: es una fiesta pública que concierne a toda la sociedad y no solo a un sector de esta.

Las reinas del carnaval, elegidas con más rigor que muchos funcionarios públicos, deben probar su competencia para el cargo, disponer de un equipo entusiasta, demostrar su alegría y su capacidad para bailar la cumbiamba o el pilón. Ningún dinero del mundo compraría a una junta si la reina no sabe bailar. Por eso el carnaval debe protegerse: no como un evento, sino como un derecho cultural al tiempo extraordinario en el que una comunidad recrea la utopía de la igualdad humana, reafirma su existencia compartida y baila su propia historia.

Al final, incluso quienes carecen de bienes materiales pueden experimentar la plenitud del carnaval. La fiesta no surge del cálculo ni del interés, sino de una afirmación profunda del mundo y de la vida. Como el propio Goethe lo entendió al observar Roma en 1788, el carnaval es el instante en que un pueblo se mira al espejo y decide, por unos días, convertir su reflejo en danza.

wilderguerra@gmail.com

Conoce más

 

Edgar Trujillo(22146)Hace 3 minutos
Fabulosa columna. Historia y aprendizaje.
Frapolo(7328)Hace 1 hora
El alcalde de Santa Marta anunció que iba a cancelar los carnavales de la ciudad por "estado de calamidad". Parece que cambió de parecer por las protestas de la gente.
Aurora Elena Montes Rebollo(i92pq)Hace 2 horas
El carnaval es igualitario, puedes disfrutar con poco, como dice el columnista, el pueblo se celebra a si mismo.
Gines de Pasamonte(86371)Hace 4 horas
El Carnaval del “Cali Viejo” que se da cada año en el marco de la Feria Internacional de mi ciudad, exalta la memoria y tradición cultural de la Sultana del Valle. El Carnaval de Río de Janeiro, el que disfruté hace algunos años, es la locura de movimiento, frenesí y erotismo con las magníficas “garotas” bailadoras de samba. El de Tenerife en España es digno de verse y espero ver pronto el de Venecia que es el más conocido, por lo menos en literatura. ¡Excelente columna, Weildler!
Atenas (06773)Hace 6 horas
Interesante columna. Cierto, son los Carnavales, Ferias….cual representación colectiva de lo q’ el lugareño en su más intimo ser cultiva y forma de expresión de su identidad y creatividad de un pueblo.C/u da de lo q’ tiene.De allí q’, en lo personal y sin ser taurófilo, considero una afrenta q’ desde lo alto y merced a unos cuantos románticos idealistas de la izquierda hayan tumbado las corridas de toros con el sacrificio de menos de 80 miuras/ año en tanto acribillan a miles de las FFAA.Atenas
  • Gines de Pasamonte(86371)Hace 3 horas
    ¡Ay, atenitas, atenitas! ¡Qué horror de redacción! ¡Pésima ortografía! De tarea te dejo hacer mil planas corrigiendo los yerros. Capisci? Los mismos lugares comunes de siempre, ¡Nada nuevo! ¡La originalidad brilla por su ausencia! ¡Plop! El tontico(a) solo ha escuchado de “miuras” e ignora, pues no sabe, de otros grandes encierros de España: Victorino Martín o los de Alcurrucén, o los “Guachicono” en Colombia. La desasnada es gratuita tontico(a), jeje, ¡Toca la campana del geriátrico, ya sabes!
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