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El cuerpo de Martín Tinajero

Weildler Guerra

09 de febrero de 2024 - 09:00 p. m.

La historia de este soldado se encuentra en varias crónicas de Indias. Su muerte sucedió en la primera mitad del siglo XVI cuando el alemán Nicolás de Federmán marchaba desde Coro hacia los llanos en busca del río Meta. Ella está registrada por Fray Pedro Simón en sus Noticias Historiales de Venezuela. El hecho ocurre en 1536 cuando una avanzada de las tropas españolas explora una serranía en busca de comida. Como integrante de ese grupo de veinte soldados se encuentra un andaluz conocido como Martín Tinajero. Era un hombre bueno que “vivía muy a la cristiana sin ofensa de nadie y, por consiguiente, amigo de todos”, según nos cuenta el cronista Simón. Martín Tinajero comenzó a enfermarse en esta salida y su estado se agravó por la carencia de alimentos. El andaluz finalmente murió en esos parajes inexplorados. Sus compañeros le enterraron descuidadamente en un hueco dejado por la lluvia y su cuerpo quedó muy cerca de la superficie. Podría ser una muerte más como la de otros miles de soldados españoles que perecieron en la ardua empresa de América. Su muerte da origen a un relato maravilloso asociado a la literatura de este continente.

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Transcurridas algunas semanas desde su muerte sus compañeros, impulsados por un sentimiento de culpa, retornaron a los parajes en donde le habían sepultado temiendo que los indígenas hubiesen desenterrado su cuerpo. Al acercarse sintieron a unos cincuenta pasos un inesperado aroma. Era, nos cuenta Simón, “un olor tan peregrino, suave, agradable y vivo, que quedaron como fuera de sí, admirados, mirándose unos a otros”. El cuerpo estaba, como temían, algo descubierto y miles de abejas anidaban en él. Sus restos se había convertido en un perfumado panal. Fue entonces cuando recordaron la bonhomía de Martín: sus costumbres y su vida recta eran una muestra de su singular santidad. Como los soldados y caudillos europeos tenían sus miras puestas más en la obtención de riquezas que en detenerse ante hechos prodigiosos, pronto reanudaron su marcha en busca de tierras, provisiones y oro.

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A partir de sucesos como el de Martin Tinajero algunos podrían preguntarse si estos pasajes de las crónicas pueden concebirse como puntos de partida de la literatura hispanoamericana. Autoras como la venezolana Pilar Almoína piensan que lo que hay de literario en las crónicas es ocasional y disperso. A su juicio, no son antecedentes estilísticos o creativos en el sentido estético, ni tampoco a través de un nexo inmediato con dicha literatura. Sin embargo, las crónicas son obras precursoras en la visión de la naturaleza americana captada por los ojos de seres humanos provenientes del Viejo Mundo. El asombro ante las plantas, los animales y los humanos de América está presente en las imágenes de la época, como las del célebre Manuscrito Drake auspiciado por el famoso corsario. Las ilustraciones de dicha obra reflejan una mirada permeada por las fantasías medievales: peces del mar Caribe como el mero, el jurel y el bonito son pintados con grandes colmillos y orejas de perro. Ello nos recuerda que hay mucho de pasmo y goce estético en los trazos ingenuos de las imágenes que intentan reflejar ese Nuevo Mundo que constituía en ese entonces en una especie de promesa moral.

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La literatura latinoamericana tuvo como uno de sus estímulos creativos el asombro. Este surgía de relatos como el de Martín Tinajero, y ante el encuentro de ontologías distintas que conceptualizaban de manera diversa el universo y los seres que habitaban. Convertir ese antiguo asombro en uno o varios estilos literario fue la tarea que sobrevino después.

wilderguerra@gmail.com

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