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El drama que se repite

Weildler Guerra

20 de julio de 2018 - 10:00 p. m.

La historia de Nicaragua parece una gran obra de teatro en la que los actores intercambian a lo largo del tiempo los roles principales. Hace unas décadas, Daniel Ortega representaba al líder de las fuerzas democráticas rebeldes que luchaban contra la cruenta dictadura de Anastasio Somoza para liberar a su país. Hoy, el mismo exguerrillero representa el papel de dictador despiadado, con tanta fidelidad y apego al guion original que asombraría y agradaría al mismo Anastasio Somoza.

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En el año de 1978, poco después del asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro, los habitantes del barrio indígena de Monimbó, en la épica ciudad de Masaya, se alzaron contra la dictadura somocista. Resistieron con armas caseras durante casi una semana a pesar de los bombardeos y ataques desproporcionados de la Guardia Nacional. La posterior caída de Masaya fue mostrada ante los medios de comunicación como un gran triunfo del régimen de Somoza. Cuarenta años después, el gobierno de Ortega recrea esta escena al entrar en esa emblemática ciudad con una enorme fuerza armada compuesta por soldados, policías y grupos paramilitares que doblegaron con abrumadora violencia a los jóvenes que resistían en las calles. Lo que hoy se presenta como una gran victoria en la guerra que libran contra un pueblo desarmado es en la realidad una gran derrota política y moral.

En las últimas décadas, el Caribe ha visto renovar sus dictaduras. A pesar de las condenas de los gobiernos, las sanciones de los organismos internacionales y el clamor de la Iglesia, la situación en Venezuela y Nicaragua continúa agravándose. Estos regímenes no se apoyan, como los de Trujillo y Batista, en la intervención del capital y el poder militar norteamericano, sino que encuentran pragmáticos aliados en la expansión mercantil de China y en el comercio de armas de la Rusia de Putin. Acogerse a la sombra ideológica de la izquierda garantiza al menos un cierto silencio de algunos gobiernos y también de sectores políticos y académicos del continente. Como lo afirma la escritora brasileña Eliane Brum, “una izquierda que deja que Daniel Ortega mate en su nombre no tiene dignidad y está sumida en una crisis mucho mayor de lo que supone”.

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La cifra de jóvenes muertos hasta la fecha se acerca ya a los 400. Una figura internacionalmente reconocida como el poeta Ernesto Cardenal afirmó que Nicaragua vive hoy un “terrorismo de Estado”. El exvicepresidente y laureado escritor Sergio Ramírez ha calificado la violencia oficial como una “represión sin sentido”. Esta expresión nos remite directamente a la obra del pensador oriental Byung-Chul Han. Este autor afirma en su obra Sobre el poder que la violencia se vuelve pura y sin sentido cuando se la despoja de todo contexto comunicativo. Lo que busca este tipo de violencia, casi pornográfica, no es la obediencia, que al fin y al cabo sigue siendo un acto comunicativo; lo que pretende en realidad es extinguir por completo el hacer del otro, su voluntad, su libertad y su dignidad y de esta forma alcanzar el exterminio de toda alteridad.

wilderguerra@gmail.com

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