El 16 de abril de 1586 el gobernador de Venezuela, Luis de Rojas, se dirigió al rey de España para informarle de los estragos que hacía un grupo de negros cimarrones en las provincias vecinas a su jurisdicción. Estos cimarrones habían levantado un poblado y siete fortificaciones de madera para responder al ataque de los soldados bajo su mando. Lo singular de esta misiva es que dichos negros seguían al parecer las orientaciones de un prestigioso funcionario español: el mariscal Castellanos. La familia Castellanos era parte de la élite de la isla de Cubagua y del cabo de la Vela. Uno de ellos, Francisco, se había desempeñado como tesorero de la pesquería de perlas y gozaba de reconocimiento en el ámbito del Consejo de Indias. De manera paradójica, los documentos de la época se refieren a estas personas en estado de rebeldía como “los negros del mariscal Castellanos”.
Unos 50 soldados bajo el mando de Juan Esteban salieron de Maracaibo para contener sus incursiones. Los localizaron a tres días de camino en dirección al río de la Hacha. El informe dice que los cimarrones habían construido “un pueblo muy fuerte, cercado todo de maderos muy gruesos, y en él siete fuertes desde donde peleaban”. La solidez de sus fortificaciones admiró tanto a los soldados españoles, que dieron a este asentamiento el nombre de Nueva Troya. En los enfrentamientos murieron varios de los cimarrones y otros fueron capturados junto a algunos mulatos hijos suyos. Los cimarrones se daban su propia forma de gobierno y uno de ellos, vestido con “una sobrepelliz y bonete”, celebraba misa y bautizaba a los niños que nacían en el poblado.
De la documentación asociada a este proceso de cimarronaje se desprende que los comerciantes de perlas del cabo de la Vela auspiciaban a dichos negros. Su interés se orientaba a obtener como esclavos a indios pacíficos de la Sierra Nevada y el Valle de Upar. Eran capturados por los habitantes de Nueva Troya y vendidos subrepticiamente a los propietarios de las haciendas de perlas. Se burlaba de esta forma lo establecido en las Nuevas Leyes de Indias, que prohibían la esclavitud indígena y el destino de estos como buceadores en las mencionadas pesquerías.
Los dueños de las haciendas de perlas consideraban que no se requerían negros para beneficiar los ostrales, puesto que eran “gente de mucha fuerza”, ideales para ser empleados en las tareas de labranzas, sementeras, obras públicas, cría de ganado y, especialmente, en la explotación minera. Los indígenas, en contraste, eran calificados como “gente de poca fuerza”, cuyo ambiente natural era el agua, seres muy hábiles en la pesca en alta mar a los cuales no se les debía sacar de ese medio, pues corrían el riesgo de enfermarse y morir. La explicación más probable para justificar esta división de labores podría residir en el grado de dificultad existente en la obtención de esclavos pertenecientes a uno u otro grupo. Mientras que los nativos podían tomarse en número significativo realizando directamente entradas a sus poblaciones, los africanos debían ser importados mediante un limitado sistema de licencias reales, en las cuales pocas veces se otorgaba el número solicitado por los pobladores hispanos.
El palenque de Nueva Troya es un episodio poco conocido de la historia nacional. Es un evento que nos revela la complejidad del proceso de resistencia de la población negra en el Caribe. La palabra cimarrón puede servir para referirnos a lugares y a seres de carácter montaraz que privilegian su libertad. Ello los llevó a levantar estos espacios fortificados en áreas que entonces consideraron seguras y a constituir insospechadas alianzas durante el régimen colonial.