Al país le hace falta consideración. Este antiguo y sencillo valor ha caído en desuso en la mayor parte de Colombia justo en el momento histórico en que más se necesita.
La primera vez que escuché esta palabra, siendo aún niño, fue a través de una vecina mayor que explicaba por qué su indumentaria se ajustaba a una especie de medio luto. “Tengo consideración” dijo. La reciente muerte de una amiga apreciada, una persona con la que no tenía nexos de consanguinidad, la llevaba a expresar voluntariamente su pesar vistiendo colores blancos o tenues. La consideración implica, entre sus variadas acepciones, el tener un concepto elevado de alguien y tratarlo de acuerdo con él.
La consideración no se otorga solo a individuos sino que se extiende a grupos o colectividades. De una familia carente de riquezas materiales, pero socialmente valorada por la conducta de sus miembros, podía decirse con justicia que era una familia considerada. Este valor conlleva elementos de reflexión, pues considerar algo es analizarlo con atención de manera que la consideración no se concede de manera ligera e inmerecida. Conlleva además la estimación del otro y una dosis de altruismo para pensar en su situación y actuar solidariamente.
La desconsideración, por el contrario, está ligada al máximo egoísmo. Ser desconsiderado es actuar con desentendimiento del bienestar ajeno. Es la incapacidad de alegrarse o padecer con el otro, desestimar sus propuestas y menospreciar sus valores. Podemos encontrar la desconsideración en el comportamiento del ciudadano que ejerce la violencia acústica sin importarle el bienestar y aun la salud del vecino, en aquel que obstaculiza la vía con su vehículo de una manera indolente o en el que confunde un cajero automático con un confesionario y lo ocupa por casi una hora ante la cola de angustiados usuarios que también desean acceder a ese servicio.
La desconsideración puede provenir de los propios servidores públicos hacia los ciudadanos cuando la corrupción o el trato inhumano a nuestros infantes, como ocurrió en Aguachica, generan una justificada indignación nacional. También puede surgir de quienes protestan. ¿Quién no ha compartido la angustia de los ocupantes de una ambulancia ante el bloqueo de una carretera por un paro cívico o por un paro armado, hoy tan de moda? Los colombianos deberíamos explorar formas más civilizadas de protesta social que nos permitan expresar nuestra justa inconformidad sin desconsiderar a los otros.
La peor de las desconsideraciones es, sin embargo, la de aquellos que se encuentran inhabilitados espiritualmente para actuar con serenidad y desprendimiento ante las puertas de un futuro de paz y convivencia para su propio país. Aquellos que llevados por su propio egoísmo, e incapaces de conocer lo grande y lo sublime, promueven la destrucción de toda forma de empatía social. La consideración por tanto comporta tener cuidado con lo se dice y respetar las ideas ajenas. Uno de los componentes de la consideración es el respeto pero, como lo ha dicho Richard Sennett, este es hoy un bien escaso, y la desigualdad social complica la experiencia del respeto. Lamentablemente hoy no se ha multiplicado, ni se ha vuelto mutuo.
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