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Dos gestos de sensatez institucional

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Weildler Guerra
17 de enero de 2026 - 05:03 a. m.
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En Colombia, la política suele girar alrededor de figuras carismáticas que prometen transformaciones providenciales. Sin embargo, lo que más necesita una democracia es el fortalecimiento de sus instituciones. Dos episodios recientes ilustran cómo, en medio de la estridencia, se pueden tomar decisiones que privilegian la coherencia institucional sobre la conveniencia electoral.

El primero ocurrió cuando sectores políticos de derecha -incluyendo figuras que habían ocupado la presidencia y otros que aspiran a ella- coquetearon abiertamente con la idea de “intervenciones humanitarias” extranjeras en Colombia. Frente a esa idea, Sergio Fajardo se pronunció con claridad: ningún conflicto interno puede resolverse subordinando la soberanía nacional a potencias externas. La posición admitía un potencial costo político, pues pudo distanciarlo de posibles aliados, pero reafirmó un principio básico: las disputas deben resolverse dentro del marco constitucional, no mediante presiones militares externas ni subordinando la nación a intereses facciosos.

El segundo episodio se dio en un salón comunal del Caribe. Allí, en lugar de pronunciar un discurso preparado, Fajardo optó por escuchar. Hizo preguntas, tomó notas y permitió que la ciudadanía hablara sin intermediaciones. Cuando un líder comunal pidió silencio para que “hablara el candidato”, la respuesta fue sencilla: su método consistía en escuchar antes de escribir un programa de gobierno. En un país habituado a la política de la arenga y la frase incendiaria de balcón, ese gesto invertía el ritual: el candidato no monopolizaba la palabra, el público no actuaba como coro. No hubo épica, hubo método.

Fajardo no grita, no divide el país entre buenos y malos, no promete refundaciones ni señala enemigos absolutos. Pero conviene preguntarse si esa supuesta tibieza no es, en realidad, una forma de templanza democrática. Ambos hechos revelan una misma lógica: la política entendida como fortalecimiento institucional y no como espectáculo personalista. Rechazar el intervencionismo externo y practicar la escucha activa son acciones que, aunque discretas, fortalecen la democracia. En tiempos de exaltación emocional, saber escuchar puede ser contendido como un gesto democrático radical.

Robert Dahl subrayó que la esencia democrática no está en la unanimidad, sino en la coexistencia de voces distintas bajo instituciones comunes. En ambos episodios, lo que se observa es precisamente eso: una apuesta por procedimientos que trascienden la coyuntura y por prácticas que refuerzan la institucionalidad. Colombia ha estado atrapada en un sendero de caudillismo, donde la figura del orador omnisciente sustituye a las instituciones. Al final, como escribió Octavio Paz: “Entre el hombre fuerte y el hombre libre, la diferencia está en las instituciones”. El populismo —de izquierda o derecha— comparte un mismo rasgo estructural: sustituye instituciones por emociones y políticas públicas por relatos morales simplificados. Romper ese patrón requiere valorar el equilibrio sobre el extremismo, la gestión sobre la épica.

Esa diferencia es la que marcan gestos como defender la soberanía frente a presiones externas o escuchar a la ciudadanía sin imponer un libreto predeterminado. La política exterior no puede ser rehén de la coyuntura electoral. Requiere construcción de largo plazo basada en principios institucionales que nos trascienden. En sociedades polarizadas, la moderación es una forma de responsabilidad, no de ambigüedad.

wilderguerra@gmail.com

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