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Las emociones, afirma Daniel Innerarity, tienen un valor cognitivo. Ellas no expresan solo la indignación o el afecto. Sirven, también, para categorizar el mundo y reducir la complejidad de lo político. Por ello las etiquetas reductoras se emplean, comúnmente, para el agravio y la descalificación sistemática de aquellos a quienes son identificados como adversarios en la justa electoral. Con frecuencia se apela a ellas para estimular el miedo, centrarse en la política del escándalo y para sustituir el papel de los argumentos. De esta manera se va en contravía del sentido mismo de la actividad política que busca hacer visibles los temas centrales que deben ser objetos de la libre discusión colectiva. El papel de los aspirantes a los cargos públicos y sus organizaciones es justamente despojar a los temas sociales de su opacidad para incorporarlos de manera visible en la agenda pública de una nación.
En Colombia, la indignación, justificada o no, se ha convertido en una condición anímica permanente entre algunas figuras públicas y no en un estado emocional transitorio. Ella, sin embargo, actúa como un artefacto impulsado por la pólvora emocional, una especie de efímero buscapié, sin eficacia y sin dirección. El artilugio político de la indignación permanente debería ser desenmascarado por la ciudadanía pues, con frecuencia, encubre la incapacidad recurrente de un gobernante o la ausencia de conocimientos de un candidato. En este dispositivo descalificatorio, la corrupción y la ausencia de integridad moral siempre reside en el otro, aunque no se le conozca lo suficiente. ¿Fulanito tiene maquinarias?, preguntaba una indignada aspirante en una transmisión a una periodista, actuando como estudiante desaplicada durante un examen escolar.
La competencia o pericia política de un candidato, afirma Herfried Munkler, tiene, entre varios componentes, la capacidad de divisar el horizonte social-colectivo y la posibilidad de limitar sus propios intereses e incluso renunciar a ellos. Esto suele ser de rara ocurrencia en la época actual. No se admite ninguna cualidad en los otros y se magnifican sus equivocaciones.
Ante los resultados de las encuestas del momento, un trino de Sergio Fajardo enviado hace varios meses fue la expresión de una nobleza insólita en el escenario nacional: “Petro ha interpretado mejor la coyuntura. Así que si queremos competir debe ser con ideas, no con guerras de políticos; ni con cuentos de ̔castrochavismo̕. Son tiempos para escuchar con humildad las manifestaciones. Queda un año. Por ahora felicitaciones”. No puedo asegurar si en la situación inversa existiría la misma reciprocidad.
Aunque siempre se acusa a Fajardo de saltarse varias páginas del manual convencional de hacer la política, es justamente la honestidad de sus expresiones, además de su formación académica y su compromiso con la comprensión del país y sus regiones, lo que le hace disponer de unas competencias políticas que lo distinguen de los demás aspirantes. Por todo ello votaré el día de mañana por Sergio en la consulta de la Coalición Centro Esperanza y por un colombiano insigne, Humberto de la Calle, al senado de la República. Ambos encarnan el espíritu de Durkheim cuando afirmó que “la democracia es la forma política de la reflexión”.
