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Las frutas del Nuevo Mundo

Weildler Guerra

22 de agosto de 2026 - 12:03 a. m.

Antes de que llegaran los europeos, los pueblos amerindios ya habían nombrado el Caribe y sus habitantes. No clasificaban según géneros abstractos, sino según rasgos morfológicos, semejanzas visibles entre cuerpos distintos. Los wayuu llamaron parülua tanto al fruto rojo del pichigüel como al mero rojo del mar: comparten la forma, el rojo intenso, la vida que brota en el lugar más inesperado. Nombrar no era etiquetar: era reconocer una naturaleza común. Ese arte analógico ya existía, sofisticado, cuando Colón llegó.

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En noviembre de 1492, ante la exuberancia de la flora caribeña, el Almirante anotó en su diario la frase que resume el tropiezo europeo: “mil maneras de árboles, todos cargados de fruta... y es la mayor pena del mundo no los conocer”. Colón podía ver ese mundo, pero no clasificarlo: llegó con una tradición intelectual de enorme autoridad, pero jamás había visto una planta de guanábana ni de ají.

Dos manuscritos del siglo XVI registraron ese choque y permanecieron siglos casi en silencio. El primero, la Histoire Naturelle des Indes o manuscrito Drake (hacia 1586), pinta el Nuevo Mundo como una promesa moral: plantas aisladas sobre montículos simbólicos, sin hábitat ni escala, fieles al herbario medieval. El contenido es americano; el molde sigue siendo europeo. Solo en el folio 121 aparece un huerto donde conviven el papayo, la piña y la auyama.

El segundo es el de Galeotto Cey, mercader florentino que vivió 14 años en las Indias e inédito hasta 1992. Dibuja mal y lo confiesa; en cambio, nombra. Conserva la palabra indígena, describe forma, color, olor, uso, precio. Su mirada es utilitaria: registra propiedades medicinales y efectos del consumo. Donde Drake muestra la cosecha, Cey muestra el mercado y el cuerpo.

La piña concentra el problema. Oviedo la describió en 1535 y declaró que ni el pincel ni la palabra bastan: solo el gusto la conoce. Registró tres nombres taínos, yayama, boniama, yayagua, distinciones precisas para frutos distintos. A cambio, Europa devolvió una metáfora: piña, por su parecido con el fruto del pino.

En 1544, náufragos en el cabo de la Vela comieron fruta de cardón, la iguaraya, y se aterraron al ver su orina teñida de rojo intenso, “como si echaran verdadera sangre”. Creyeron morir. El indio don Gonzalo, que ya había hecho la prueba, se rió y los tranquilizó: no morirían. El pigmento es inofensivo. El saber impreso no viajaba; el saber vivo sí. Los wayuu todavía recolectan la iguaraya en la península.

Cey es el anti-Colón: donde el Almirante situó el Paraíso, el mercader ve abundancia y pobreza juntas, un mamey costaba un real o dos, el manzanillo era venenoso, el hicaco sabía a estopa.

La tradición botánica europea, forjada en Teofrasto, Aristóteles, Plinio y Dioscórides, no había previsto la guayaba ni la auyama. Nombrar exigió analogía y préstamo: ninguna palabra del viejo continente alcanzaba sola. Las plantas americanas pusieron a prueba la autoridad europea para nombrar el mundo y la obligaron a escuchar un saber que no había escrito. El impacto de las frutas del Nuevo Mundo no fue solo gastronómico: fue, también, epistemológico.

wilderguerra@gmail.com

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