En los días anteriores a las elecciones en Venezuela el presidente de ese país, Nicolás Maduro, se refirió en términos desobligantes a algunos mandatarios de otros países sudamericanos. Cuando el presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva expresó su preocupación por el anuncio hecho por Maduro de que si perdía las elecciones habría un verdadero baño de sangre la respuesta a dicha inquietud fue una frase tan brutal como irreverente: “el que se asustó que se tome una manzanilla”. En el momento en el que el presidente de Chile, Gabriel Boric, declaró que los resultados de las pasadas elecciones presidenciales en Venezuela eran difíciles de creer para la comunidad internacional la descalificadora respuesta del canciller de dicho país, Yvan Gil, fue llamarle incompetente y pedirle ocuparse de sus propios asuntos. Al expresidente argentino Alberto Fernández lo bajaron del avión por órdenes emanadas desde Caracas pocas horas antes de viajar a Venezuela como observador electoral.
En todos los casos mencionados se trata de personalidades destacadas de la izquierda latinoamericana y no de figuras que Maduro considera de extrema derecha o simplemente tilda de “fascistas”, degastado adjetivo que sistemáticamente aplica a todo aquel que exprese críticas a su régimen. El único mandatario que ha recibido elogios por parte del gobierno venezolano es el presidente de Colombia. “Petro es uno de los hombres más inteligentes que he conocido en mi vida, y de quien respeto sus consejos, sus ideas” declaró el mandatario venezolano hace pocas horas. Maduro, que tiene influencia sobre grupos armados en Colombia como el ELN, aseveró: “tenemos la voluntad y la decisión de que en Venezuela triunfe la paz. La paz de Venezuela es la garantía de que Colombia haga su paz”.
Queda claro que Petro ha estado actuando en esta crisis como un mediador en la sombra, lo que explica su silencio inicial y también la abstención de Colombia en la pasada reunión de la Organización de Estados Americanos. Para un mediador, con ascendencia en la facción más radical en un conflicto, es más conveniente un espacio bilateral de negociación que un escenario multilateral como el de la OEA pues este es más lento, polifónico y complejo. Petro ha declarado que existen “graves dudas” alrededor del proceso electoral venezolano. Ha pedido “un escrutinio transparente con conteo de votos, actas y con veeduría de todas las fuerzas políticas de su país y una veeduría internacional profesional”.
Al asumir ese rol como mediador Petro ha salido de la sombra a la arena pública. Ello implica correr inmensos riesgos y pagar altos costos políticos pues sus opositores ya le acusan anticipadamente de favorecer a Maduro. Hace pocas horas los presidentes de Colombia, México y Brasil han exigido una verificación imparcial de los pasados comicios y el cese de la violencia en las calles. Esto es deseable como una salida democrática y pacífica a la crisis y busca evitar el baño de sangre anunciado por el régimen de ese país. No se trata de auspiciar una intervención militar de imprevisibles consecuencias por parte de otros países. Mucho menos se debe buscar lavarle la cara al actual gobierno de Venezuela arrojándole un salvavidas en momentos en que hace agua y en el que se encuentra radicalmente aislado.
Es posible también que el régimen venezolano no cumpla con las exigencias que hace la comunidad internacional, ni acepte las recomendaciones de los gobiernos de Colombia, México y Brasil. Quizás solo desee perpetuarse a toda costa en el poder basándose en el incondicional apoyo de Rusia, China, Cuba, Nicaragua e Irán lo que profundizaría su aislamiento y estimularía su radicalización. Lo sucedido después de los pasados comicios no puede definirse tan solo como un simple intento de fraude electoral, sino como la transformación radical y descarada de una controvertida dictadura en una desvergonzada tiranía.