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Nuestros primos australianos

Weildler Guerra

03 de enero de 2026 - 12:05 a. m.
“Tanto wayuu sumaiwa como “la era del sueño” de los Pintupi operan como arquetipos cósmicos”: Weildler Guerra
Foto: EFE - DARREN ENGLAND

Durante buena parte del siglo XX, la antropología pensó a los aborígenes de Australia y a los pueblos indígenas de América como tradiciones separadas por océanos e historias inconmensurables. Sin embargo, al observarlas desde la antropología del tiempo, la cosmología y la ontología del lugar, emerge un trasfondo compartido: formas afines de concebir el mundo, el tiempo y las relaciones entre los seres.

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Las ontologías aborígenes australianas ofrecen una entrada privilegiada a este parentesco. Lo que los Pintupi llaman “la era del sueño” no es una cosmogonía sobre el origen del universo, sino una cosmología relacional que describe los desplazamientos de los ancestros por el territorio, sus acciones y transformaciones. Cerros, rocas y depresiones de agua son huellas visibles de esos movimientos primordiales, marcas de acontecimientos que no han dejado de ocurrir. El paisaje es una matriz relacional que articula genealogía, memoria y lugar. Los sitios sagrados condensan eventos, trayectorias ancestrales y establecen vínculos duraderos entre personas, especies y accidentes geográficos.

Este modo de pensar el tiempo y el paisaje resuena en sociedades amerindias como los koyukon, de Alaska. El tiempo distante no se concibe como pasado clausurado, sino como dimensión que coexiste con el presente. Entre los Campa del oriente peruano, la humanidad aparece como sustancia primordial de la cual se diversifican animales, plantas y elementos del entorno. En estos casos, la cosmología se diferencia de la cosmogonía: se interesa menos por el origen del universo que por las relaciones que lo sostienen.

Entre los wayuu, el concepto de wayuu sumaiwa permite comprender una dimensión temporal que no se reduce a un pasado cronológico. No alude a un origen absoluto, sino a una dimensión transhistórica en la que el mundo fue modelado mediante eventos transformativos. Humanos, animales, plantas, astros y elementos del paisaje compartían una misma condición ontológica bajo el estado de papüsheewasü –literalmente “emparentados”–, una humanidad primordial que fundamenta las relaciones actuales.

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El tiempo funciona como arquetipo cósmico que sigue operando en el presente y orienta el comportamiento humano. Ciertos lugares del territorio –conocidos como ii, raíces o cabezas territoriales– vinculan linajes humanos con depresiones de agua a través de las cuales se produjo su llegada al mundo. El territorio cumple así una función semejante a la de los sitios sagrados australianos: no es un espacio neutral, sino una matriz que articula genealogía, memoria y lugar.

Este parentesco cósmico entre aborígenes australianos y pueblos amerindios no implica contactos históricos ni difusiones culturales directas. Se trata de afinidades ontológicas: maneras convergentes de concebir un mundo poblado por múltiples formas de vida dotadas de agencia, memoria y moralidad. La relevancia de un evento no radica en su fecha, sino en el hecho mismo de haber ocurrido y en que está condensado en el territorio, las narraciones y las prácticas.

Explorar estos nexos constituye un campo revelador para la etnología contemporánea, pues permite pensar el mundo más allá de las dicotomías entre naturaleza y cultura, pasado y presente, humano y no humano. Tanto wayuu sumaiwa como “la era del sueño” operan como arquetipos cósmicos, marcos referenciales no modificables por la acción humana que estructuran las relaciones contemporáneas entre diferentes tipos de seres.

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Quizás nuestros primos australianos no estén tan lejos después de todo.

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