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La película Padilla: el ángel negro de la libertad plantea una paradoja inquietante: aspira a reivindicar a una figura militar que Colombia ha silenciado durante dos siglos, pero lo hace en medio de serios interrogantes sobre su rigor histórico. José Padilla López –no “José Prudencio”, nombre literario sin respaldo en archivos– combatió en Trafalgar, fue dos veces senador y dirigió la victoria naval decisiva de la Independencia en el Lago de Maracaibo. Sin embargo, ha sido relegado de la memoria cívica y no aparece siquiera en los billetes y monedas de la nación. Hoy el cine lo sitúa, por fin, en el centro de la escena, pero los avances conocidos hasta hoy –sin que se haya hecho público el guion ni sus asesores históricos– permiten entrever riesgos de deformación que vale la pena señalar.
Un primer riesgo es el nombre de fantasía. Como documentó Armando Martínez Garnica, Padilla “siempre dijo que se llamaba José Padilla, y así firmó siempre”. El rótulo “José Prudencio” proviene de una obra popular de Carlos Delgado Nieto, no de fuentes de la época. Adoptarlo sugiere preferencia por el efecto dramático sobre la fidelidad documental.
Otro riesgo se deriva de la forma en que el filme presenta a Padilla como un almirante negro y pobre, pero las fuentes lo registran como pardo, una categoría sociorracial que abarca diversas mixturas, se encuentra ligada a las milicias y a un estatus específico en el sistema de privilegios. Hijo legítimo de Andrés Padilla y Luisa López, indígena guajira, se situaba entre los pardos de Getsemaní, con derechos, tensiones y temores políticos. Según el general O’Leary, el tío materno de Padilla, Miguel Gómez, fue un guerrillero indígena y realista que el propio Padilla se vio obligado a perseguir. Al borrar la palabra “pardo” y reemplazarla por etiquetas raciales actuales, no solo se comete una imprecisión: se borra toda una historia social y política del Caribe colombiano.
Un tercer foco es su carrera militar. En vida fue general de división; solo décadas después de muerto fue elevado a almirante por ley. La realidad documental es poderosa por sí misma. Bolívar llamó a Padilla “el Nelson colombiano” y “el ciudadano más importante de Colombia” tras la batalla del Lago de Maracaibo, mientras las élites temían la “pardocracia” que él y otros oficiales de origen popular encarnaban. Como mostró Aline Helg, Padilla simboliza el destino de negros, indios, mestizos, zambos y mulatos que hicieron posible la independencia y luego fueron marginados o eliminados por la república que ayudaron a fundar.
Sería injusto, sin embargo, juzgar una obra que aún no se conoce en su totalidad. Si el filme, financiado en gran parte con recursos públicos, asume con rigor el trabajo acumulado de historiadores y archivistas, podrá contribuir a corregir dos siglos de marginación. Si, en cambio, opta por la comodidad de los clichés y la lógica de la propaganda populista, habrá desperdiciado una oportunidad única: la de devolverle a José Padilla su complejidad humana, su rostro social y su lugar incómodo en la historia de Colombia. Lo que está en juego no es solo la exactitud de una película, sino la forma en que la cultura de masas reescribe o corrige los silencios de la república.
