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Paisaje de plástico

Weildler Guerra

29 de febrero de 2020 - 12:00 a. m.

El plástico parece invadir y empobrecer nuestras vidas. Una demanda creciente e incontrolada de bolsas, botellas y otros artefactos se fija en los suelos, playas, bosques y corrientes de agua del país envileciendo el territorio y oscureciendo el paisaje. La conciencia ciudadana y los esfuerzos sobre el uso desmedido de este material marchan lentamente, mientras que los efectos del plástico sobre los océanos y la tierra firme crecen de manera geométrica. Miles de animales acuáticos y terrestres mueren anualmente por su consumo, entre ellos las tortugas marinas que los confunden con medusas y las cabras que buscan el sabor azucarado de las bebidas en los recipientes abandonados.

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La expansión desbordada de desechos fabricados con polietileno a través de las relaciones de mercado no se limita a las grandes áreas urbanas, sino que llega a territorios distantes ocupados por campesinos y pueblos indígenas. Los objetos derivados del plástico no se depositan adecuadamente y se arrojan de forma indiscriminada. Para encontrar un fehaciente ejemplo nacional, basta recorrer la península de la Guajira en donde el asombro causado por la impactante belleza del desierto contrasta con los efectos denigrantes de las bolsas plásticas sobre el paisaje. Una bandada de bolsas multicolores se dispersan en el aire y al caer al suelo se adhieren a las ramas y espinas de las plantas como perversas banderas que envilecen la vegetación. En los cruces de las vías principales y en la entrada de algunas cabeceras municipales las bolsas plásticas parecen ahogar a los diversos seres vivientes y sin duda exacerban la percepción de pobreza.

El impacto de estos artefactos de plástico en un territorio indígena adquiere una connotación dramática pues todo paisaje cuenta una historia. Ello se refleja en las historias de cerros, rocas, desiertos, bosques, arroyos y otras fuentes de agua que conforman una rica estructura narrativa inteligible para quienes moran en ese territorio. El percibir el paisaje es un acto de rememoración. Recorrer un territorio nos permite vincularnos perceptualmente con un entorno que está impregnado de este pasado y que está lleno de narraciones sobre seres que en otros tiempos fueron considerados humanos como sucede con algunos cerros, fuentes de agua, plantas y la propia tierra. Sin embargo, la acumulación de bolsas plásticas y otros desechos oscurece estas historias codificadas en el ambiente e irrespeta a estos seres considerados sintientes.

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A pesar de que se ha intentado limitar el consumo desmedido de este material en el país, en algunas regiones ni las entidades públicas, ni las propias comunidades parecen darle la debida importancia a la contaminación generada por estos artefactos rápidamente desechables que son fabricados con sustancias derivadas del petróleo y con otros elementos tóxicos. De continuar así consolidaremos nuestra familiarización con los residuos plásticos y, en ese singular paisaje, las plantas y los animales serán considerados como una especie de extraños naturales. Hoy en día los residuos plásticos originan auténticas islas flotantes en los mares. Dada su resistencia, su degradación en el ambiente puede demorar varios siglos; en contraste, como seres humanos nuestra trayectoria vital sobre la superficie de la tierra es comparativamente efímera, frágil e impermanente.

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wilderguerra@gmail.com

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