Publicidad

“Solo quien ama canta”

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Weildler Guerra
05 de septiembre de 2026 - 05:05 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Josef Pieper escribió una frase que parece casi demasiado sencilla para ser filosofía: el amor es decirle al otro “es bueno que existas; qué bueno que estés en el mundo”. No es un elogio de sus virtudes, no es una promesa condicional, es una aprobación anterior a cualquier mérito. Eso, sostiene Pieper retomando a Tomás de Aquino, es el núcleo del amar: querer el bien del otro, querer que el otro exista, con una intensidad que casi lo recrea en el acto de conocer.

Leo a Pieper desde hace años y sigo encontrando en él lo que a menudo escasea en buena parte de la filosofía contemporánea: la capacidad de decir algo hondo con las palabras más diáfanas. Solo quien ama canta, el pequeño libro de 1972, me parece el más bello de sus textos y uno de los pocos libros modernos sobre el amor que no se avergüenza de serlo.

Pero Pieper no emerge en el vacío. Antes de él, Agustín ya había hecho la pregunta más incómoda: ¿en qué tiempo vive el amor? En el libro XI de las Confesiones, el alma aparece estirada entre memoria, atención y expectativa. Quien ama lo que todavía no posee vive siempre en el mañana. En el amor, escribe Agustín, el futuro anula el presente; ese es el secreto de la infelicidad. Hannah Arendt consagró su tesis doctoral a Agustín y llegó al mismo límite: atados al anhelo de lo que falta, nunca habitamos el instante. Solo más tarde, en su obra política, encontró la salida, no en el amor romántico, sino en la natalidad: la capacidad de comenzar algo nuevo, aquí y ahora.

Stendhal, que se llamaba a sí mismo un naturalista del amor, propuso otra imagen: la rama seca arrojada a una mina de sal en Salzburgo, que emerge cubierta de cristales brillantes. La mente enamorada hace exactamente eso: cubre de perfecciones imaginadas a un ser real. No amamos a la persona: amamos el cristal que depositamos sobre ella. Ortega y Gasset leyó ese argumento y lo rechazó con elegancia. La cristalización, dijo, explica el desencanto del amor, no su nacimiento. El enamoramiento no es proyección, sino atención: un estrechamiento anómalo de la conciencia sobre un solo objeto, una suerte de ceguera transitoria. Somos, escribió Ortega, un sistema nato de preferencias y desdenes.

Eva Illouz, en Por qué duele el amor, agrega la pregunta que la filosofía europea se negó a hacerse: ¿en qué condiciones económicas florece o se marchita ese amor? El capitalismo de consumo convirtió las citas, los regalos y los viajes en prueba material del afecto. Las aplicaciones de pareja generan una nueva forma de sufrimiento: la incertidumbre permanente sobre el propio valor. Alain Finkielkraut, en El nuevo desorden amoroso, nombra con exactitud lo que todos esos diagnósticos comparten sin decirlo: al reducir el amor a deseo, la modernidad suprimió al otro como ser irreemplazable. Quedó la elección infinita, pero no el amado.

Ortega lo había intuido: el enamoramiento reorganiza el mundo; el mundo sigue, pero dentro de este una persona adquiere una importancia desproporcionada. A esa persona, y solo a ella, Pieper le habla con las palabras más antiguas y más nuevas de la filosofía: “es bueno que existas; qué bueno que estés en el mundo”. De esa afirmación, y solo de ella, nace el canto.

wilderguerra@gmail.com

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.