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Lo que más necesitaba Colombia, en un momento tan crucial como este, era una fuerza social capaz de heredar lo mejor del gobierno de Petro y de salvarnos de lo peor del gobierno de Petro.
Lo mejor de Petro ha sido su sensibilidad social, su reivindicación de los excluidos, su esfuerzo por poner recursos en los bolsillos de los pobres, su discurso contra el cambio climático y su valor para oponerse públicamente a las políticas nefastas del actual gobierno de los Estados Unidos.
Lo peor de Petro ha sido su incapacidad de echar a andar cambios reales en la economía, en la política y en la cultura del país, su práctica vacía frente al cambio climático, su asistencialismo al fiado, su incoherencia, su caos administrativo, su inexistente política de seguridad, su manifiesta incapacidad no solo de manejar el país sino de manejar su propio gobierno, que da bandazos sin tregua porque sus funcionarios van cada uno por su lado, rivalizando entre sí y terminan enfrentados a veces de un modo escandaloso.
Es típico de Petro, de su capacidad infinita de hablar para todos y de su incapacidad infinita de hablar con cada uno, este conflicto que mantiene al país resbalando entre la vanagloria y la frustración, entre el coraje y la imprudencia, entre la libertad y la irresponsabilidad, entre los cambios profundos y los cambios aparentes.
Va a ser muy difícil para quien quiera continuar con su proyecto responder por qué Petro dejó las reformas en manos de los políticos, el Estado en manos de los burócratas y la paz en manos de los violentos, al tiempo que actuaba más como jefe de la oposición a su gobierno que como mandatario, más como candidato que como presidente, y más como víctima desamparada del establecimiento que como transformador histórico de la realidad.
Es evidente que se hizo trampa al excluir a Iván Cepeda de la consulta del Pacto Histórico, que le habría dado una legitimidad mayor, pero es muy posible que Petro se haya equivocado gravemente al prohibir a sus amigos votar por Roy Barreras, ya que habría podido medir si entre sus simpatizantes había más partidarios de un cambio equilibrado o más fanáticos de un radicalismo excluyente. Porque al menos en el discurso Roy Barreras es el único candidato que ha formulado proyectos coherentes y convincentes para Colombia, reconociendo lo mejor de Petro y corrigiendo su estilo de desgobierno y de incoherencia.
Pero también es probable que los electores le hayan cobrado a Roy su estrategia de viejo estilo de no buscar votos propios sino de apostar como un jugador por los votos de la izquierda y de las maquinarias.
En este momento sabemos bien que los votos de Cepeda no son de él sino de Gustavo Petro, y que los votos de Paloma Valencia no son de ella sino de Álvaro Uribe. Y no sabemos de quién son los votos de Abelardo de la Espriella, en este remolino de intereses y de fuerzas oscuras que hoy mueve a Colombia y que siempre nos hizo girar en las ruedas de la codicia y de la venganza.
Es una lástima que Sergio Fajardo y que Claudia López no hayan encontrado el camino para articular un discurso adecuado a la tremenda necesidad de equilibrio y de inteligencia que requiere Colombia en este momento de su historia. Claudia tiene grandes ideas pero no ha conectado con el momento histórico. Y Fajardo ha debido atreverse a darle la vuelta al relato de su amor por las ballenas, asumiéndolo como una decisión de enfrentar tareas enormes, porque si algo necesitamos en este país de desafíos descomunales es cabalgar sobre el lomo de la ballena en vez de dedicarnos a ver cómo se devoran unos a otros los tiburones de la política.
En cuanto a Petro, yo, que lo he criticado todo el tiempo, reconozco que pertenece a la historia de Colombia y que el país no lo olvidará. Pero lo que el país admira no es su discurso crispado ni su radicalismo sino su valentía, su idealismo y su sinceridad. Ha querido cambiar el país pero nunca supo cómo. Por eso se dio el lujo de rechazar por pura soberbia un Plan de desarrollo como el que le presentó Jorge Iván González, a partir del trabajo de casi 200 mil personas en todo el país. Petro cree que ser ecologista es ser enemigo del petróleo y de la industria; no sabe resolver el dilema de que odiamos el capitalismo pero necesitamos el capitalismo; quiere ayudara la gente, pero, como Rojas Pinilla, solo acierta a repartir lo que no sabe producir.
Su gobierno ha atornillado la política tradicional, ha enriquecido más a la élite oligárquica, y el pequeño alivio que les ha dado a los sectores populares amenaza con ser flor de un día. Sabe que el país necesita cambios pero solo supo producir esperanzas. Y sembrando esperanzas nos tiene hoy como nos dejó Gaitán hace 80 años. No permita Dios que el país vuelva a caer en manos de los que todavía quieren acabar con Gaitán.
Hace cuatro años yo voté por un cambio en grande. No voté por Petro, voté por Rodolfo Hernández. Pero siempre dije que Petro era para mí una de las promesas de cambio que en esa elección consiguieron dejar por fuera del juego al viejo establecimiento politiquero y clientelista.
Comienza el último mes de campaña. Y vuelvo a mi convicción de que Colombia solo cambiará cuando logre la irrupción de una nueva ciudadanía. Creadora, alegre, tolerante, no amurallada en ideologías sino abierta al debate, lúcida, generosa, capaz de cordialidad y de iniciativa. Nada es tan perjudicial para un país donde siempre se negó la dignidad y los derechos de la gente, que convertir a los ciudadanos en meros destinatarios de asistencia. No es que no se les deban dar recursos, es que los recursos deben fructificar en hacer a la gente más poderosa y no más dependiente. Hacer emerger a un pueblo afirmado en su capacidad productiva, reconciliado consigo mismo, y preparado para grandes tareas, eso sería un cambio.
Pero ninguno de los candidatos que hoy tenemos ante nosotros está asumiendo esa convocatoria creativa y moderna, generosa y libre, que convierta en una fuerza transformadora a esa franja amarilla que estamos invocando desde hace treinta años, y que tarda tanto en aparecer.
