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¿Cuánto dura una revolución?

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William Ospina
12 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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Los cien años de soledad de Colombia terminaron en 1967. A partir de ese momento comenzó una revolución. En 1970, el país oprimido por un régimen excluyente y oligárquico votó contra el establecimiento y este reaccionó adulterando el resultado de las elecciones.

El régimen del Frente Nacional fue el último coletazo de una manera señorial y mezquina de manejar el país, y fue tan ineficaz para mantener la tradición política que cada uno de sus gobiernos le dejó a Colombia una guerrilla nueva. Los gobiernos siguientes le trajeron además corrupción y narcotráfico.

Misael Pastrana, agobiado tal vez por la conciencia de su ilegitimidad, hizo por primera vez un gesto de apertura hacia las clases medias: emprendió una estrategia de construcción de vivienda que hizo sentir en Colombia un soplo de modernidad. También hubo entonces un plan de desarrollo rural que empezó a electrificar los campos.

Los años 70 se iniciaron con paz urbana y con guerra rural, pero la violencia se fue trasladando a las ciudades, y su principal agente fue el M-19. Los economistas teorizaban y discutían sobre escuelas, pero la realidad iba tomando las decisiones. Los sectores que no cabían en el establecimiento formal se lanzaron a la iniciativa. Guerrillas, delincuentes, traficantes… la revolución iba tomando forma.

En 1970, Nixon proclamó la prohibición de las drogas y así le dio inicio a una gran multinacional del crimen. Pero el crimen no era traficar con marihuana y con cocaína, sustancias que habían sido, si no legales, al menos toleradas con bajo perfil durante décadas. Grandes consumidores habían sido Rubén Darío y Barba Jacob, para no hablar de nombres tan influyentes como Sigmund Freud o Aldous Huxley.

Si la humanidad nunca supo sobrellevar la vida sin drogas, iba a ser cada vez más difícil hacerlo en el mundo que siguió a la guerra de Vietnam, en la era del espectáculo, la aceleración de la historia y el frenesí del consumo.

Sí: el crimen no era el tráfico de sustancias, sino el hecho de que se las dejara en manos de unas mafias que no podían tramitar sus líos de negocios en los tribunales, sino a fierro y a bala por las calles.

Un Mississippi de dólares empezó fluir hacia América Latina. La economía que las élites no se dignaron diseñar en la legalidad, los pueblos la tuvieron que improvisar al margen de la ley. En Colombia,se formaron fortunas colosales con la complicidad del Estado, porque un hombre sutil y sin prudencia abrió lo que llamaron “la ventanilla siniestra del Banco de la Républica”.

Por esa ventanilla empezó a infiltrarse en nuestra tierra, y a un escabroso precio de sangre, la prosperidad. Los cien años de soledad habían terminado, ahora formábamos parte del mundo, y las viejas élites empezaban a perder el control de la historia.

Pero las revoluciones son largas y tortuosas, avanzan y retroceden, son olas con muchos peces, olas frías y olas ardientes. Colombia estaba cambiando, los años 80 fueron de sangre, los años 90 fueron de fuego, nunca se habló tanto de paz, nunca vivimos menos en paz. El siglo terminó con bombas y atentados.

El bipartidismo, que todavía era poderoso a finales de siglo, no sobrevivió a las décadas siguientes, se fue partiendo y fraccionando y atomizando. El mayor intento de paz, el Caguán, desencadenó una guerra aún más salvaje. Secuestros, retenes, extorsiones, masacres, motosierras y hornos crematorios. La revolución colombiana tenía toda la ferocidad de las cosmogonías bárbaras, la sociedad se hundía, se descuadernaba, veía morir sus costumbres.

Se perdían las fronteras, nos invadía el mundo, pero es que a nuestro desorden social se sumaba la globalización irrestricta, la era de internet y de las redes sociales. Colombia era un cruce de caminos de la gran crisis planetaria, de los tráficos de armas, de drogas, de bienes naturales, de esclavos, de migrantes; todos los bandos y los contrabandos. No era una lucha entre el bien y el mal, era la convergencia total de los bienes y los males.

¿Cuánto puede durar una revolución? La revolución francesa ya estaba madura en 1789, pareció concluir con el régimen napoleónico, pero todavía ardía en 1848, tuvo sus soflamas en la Comuna de París en 1871, y se cerró con el Segundo Imperio. Asombrosamente, el hombre más detestado por Marx y por Víctor Hugo, Napoleón III, le dio a París su fisonomía moderna.

Colombia está lejos de haber encontrado su rumbo económico y de haber comprendido su lugar en la historia contemporánea, pero es cada vez más consciente de su situación geográfica, de su riqueza histórica, de su diversidad natural, de su complejidad cultural. Y después de García Márquez y de Pablo Escobar, es cada vez más visible para el mundo.

El país excluyente de la fratricida república bipartidista y del Frente Nacional engendró la Colombia presente. Fue un régimen tan cerrado en sus vanidades, sus mezquindades y sus privilegios, que fue engendrando sus verdugos. Ahora todos nos sentimos perdidos, pero nadie está más perdido que el viejo establecimiento, a pesar de sus millones de hectáreas improductivas cercadas con alambre de púas, a pesar de sus congresos corruptos, a pesar de su sistema electoral clientelista y su economía sin grandeza que nos condenó sin cesar al rebusque.

Es significativo ver cómo ya nadie les cree a esas viejas respetabilidades forradas en su everfit republicano. El país parece preferir arrojarse en manos de cualquier aventurero. Y las fuerzas que forcejean y cada cuatro años heredan fugazmente el poder, siempre parecen a punto de abrir la caja de Pandora. Por eso el santanderismo legalista, del que ya solo sobreviven las formas, reacciona con tanta alarma ante el peligro de que sea profanada la Constitución. Como si no fuera el destino final de toda constitución el ser reemplazada por otra. Lo que pasa con las revoluciones inconclusas es que nadie sabe si al convocar a una constituyente está labrando su prosperidad o su ruina.

La prueba de que el viejo establecimiento perdió su lugar en el mundo es que quien mejor lo encarnaba, Germán Vargas Lleras, a pesar de todos sus talentos y blasones, nunca encontró un eco en el electorado. Ahora solo nos gobierna lo que estaba excluido en el viejo país, las guerrillas, las fortunas súbitas.

No creo en realidad que logren fanatizar a un pueblo que lo único que tiene para ganar o para perder es su futuro. Tengo la sensación de que la guerra, el incendio con el que los apasionados fanáticos nos amenazan, no está resonando en el alma de las multitudes. Quiero creer que ya no somos los campesinos que tomaban el machete al grito de ¡viva Cristo Rey!

Los políticos irresponsables de un bando y de otro deberían dejar de jugar con sus antorchas y sus barriles de pólvora. Ya es hora de que alguien de izquierda o de derecha nos permita un poco de tranquilidad y de modernidad, antes de que nos alcancen los amenazantes veranos del Pacífico.

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