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Hace cuatro años, más de 15 millones de personas en Colombia votaron por un cambio. Los candidatos que llegaron a la segunda vuelta rechazaban el viejo establecimiento, el atraso económico, la pobreza extendida, la violencia de décadas, la corrupción, la ineficiencia estatal, el desprecio por la ciudadanía.
Ya no podemos saber cómo habría gobernado Rodolfo Hernández, quien saneó las finanzas de Bucaramanga, a quien los corruptos que combatió le clavaron 200 demandas, y cuya hazaña democrática fue obtener la segunda mayor votación de la historia sin comprar un solo voto. Solo podemos hablar de lo que hizo el ganador.
Colombia no está mejor que hace cuatro años, pero no creo que haya empeorado. Los males de que acusan a Petro ya existían casi todos cuando él llegó. Los cambios profundos no han llegado, y el país simplemente se sostiene en su inercia y su mediocridad. Colombia sobrevive más por el rebusque lícito e ilícito de su gente que por la eficiencia del Estado, Colombia se sostiene a pesar de sus instituciones.
Petro cree haber disminuido la pobreza porque trajo un alivio momentáneo a los bolsillos de los pobres, y aunque eso no es poca cosa, hay que saber que no es sostenible. La gente no sale de la pobreza mientras se la mantenga en condición de dependencia; eso más bien perpetúa su postración, porque sin iniciativa personal y sin una ética del trabajo las sociedades no sobreviven.
Dar subsidios puede ayudar a la gente y a la economía, pero no por mucho tiempo; la pobreza solo se supera con crecimiento real, con industria, con agricultura en grande, con infraestructura y con verdadera modernización. Repartir tierras puede ser un acto de justicia, pero si no se lo enmarca en un proyecto consistente de productividad, de vías, distritos de riego, centros de acopio, fortalecimiento del mercado interno y de las redes del comercio mundial, puede significar en poco tiempo una nueva frustración, cuando esos campesinos sin capacidad de competir tengan que vender de nuevo a menor precio los predios que el Estado compró para ellos.
Así que los beneficios inmediatos no garantizan un cambio real, aunque momentáneamente alivien la pobreza y despierten la gratitud. Pero nadie puede negar que Petro ha sembrado esperanzas, lo que no es poco, aunque por lo incoherente de su estilo, que un día habla de reconciliación y otro día atiza la discordia, que un día combate la pobreza y otro día sataniza la riqueza, que hurga más en las heridas del pasado que en los surcos del porvenir, no deje ver las cosas buenas que hacen sus partidarios. Hay mucha gente en las filas del petrismo trabajando con amor y con abnegación por un cambio real, y se verían mejor los resultados de todo ese esfuerzo si la vanidad del presidente, sus manías y sus caprichos, no se atravesaran siempre haciéndoles creer a ellos mismos que Petro es lo único que existe.
Después de estos cuatro años Colombia es más visible para nosotros y para el mundo. Más visible en sus virtudes: su riqueza natural, su belleza geográfica, su complejidad humana, su talento excepcional; y más visible en sus defectos: el odio, la violencia, la ineficiencia estatal, la corrupción, la incapacidad de diálogo, la inermidad ciudadana, el poder de los negocios criminales, la rapacidad de los políticos y la falta de un proyecto colectivo no dogmático, verdaderamente incluyente.
Desde mucho antes de ser gobierno, Petro ha tenido el valor de denunciar los horrores y los crímenes que cometió la derecha contra el país y contra los pobres. No ha tenido el mismo valor para denunciar todo el mal que las izquierdas armadas le causaron a nuestra sociedad y especialmente a los pobres. Tanto Uribe como Petro ponen el énfasis en los errores y los crímenes de sus adversarios, y tratan de callar o de justificar los pecados propios. Ambos están empeñados en que los que no pertenecemos a esos bandos compartamos sus odios y formemos parte de sus huestes.
Pero el deber de Colombia es resistir. Tenemos que ser dignos del país entero y no solo de lo que le convenga a una secta ideológica o una facción política. Y el otro deber de Colombia es intentar no repetir el pasado, crear las condiciones para que haya un futuro y para que sea distinto. Y ese es el punto clave de las próximas elecciones: si se mantiene la esperanza de un cambio y se lo hace posible, o si vamos a volver al país de los odios heredados y las violencias que se muerden la cola.
Como cantaba mi paisano Óscar Agudelo: “Después de una ilusión un desengaño, es la eterna derrota del ensueño”. La historia de Colombia es la historia de unas esperanzas que siempre terminaron ahogadas en sangre. Después de la república liberal del siglo XIX vinieron las violencias que culminaron con la atroz Guerra de los Mil Días: 300.000 muertos. Después de la llamada Revolución en marcha y de la ilusión gaitanista vino la atroz Violencia de los años 50: 300.000 muertos. Después de los procesos de paz de Belisario y de Barco vino el auge de las guerrillas y los paramilitares, y la atroz violencia de fines del siglo XX y comienzos del XXI: 300.000 muertos.
Por eso es mi deber recordar que el de Petro puede haber sido un gobierno irresponsable, pero no ha sido un gobierno criminal. Se siente el afecto que sienten por él muchos de los sectores tradicionalmente maltratados y excluidos de la sociedad. Petro no les trajo soluciones definitivas pero les ha traído una ilusión, y eso ya es algo, para quien nunca recibió nada de una casta política miserable.
Pero si bien es verdad que no llegó el cambio, es más verdad todavía que hacia atrás asustan: Colombia se enfrenta al peligro de que llegue la oleada de otra de esas cíclicas contrarrevoluciones preventivas que vuelven a llenar de muertos los ríos y de tumbas las escombreras. Colombia no puede volver al pasado, tiene que escoger a alguien que le ofrezca de verdad prosperidad, porque ese es el nombre de la paz, eficiencia administrativa, serenidad, reconciliación, y un horizonte de oportunidades para todos. Tiene que escoger a alguien que crea de verdad en el cambio que sigue pendiente, que no predique odio, que no reparta lo que no es capaz de producir, que crea en el país entero y no solo en el sector que lo aplaude, que tenga algo más que un proyecto personal: un proyecto de país y un compromiso con la historia. Hay varios buenos candidatos.
Iván Cepeda es un hombre sereno, y sostiene que también necesitamos una revolución ética. Es el único al que le he oído hablar de austeridad en el gasto, y de que no hay que utilizar bodegas de calumniadores para desprestigiar a los adversarios. Durante mucho tiempo sentí que lo único que lo movía era su odio por Álvaro Uribe, pero en un país donde se recurre tanto a la violencia, Iván Cepeda ha escogido poner su causa en manos de la justicia, y eso es lo que hay que hacer en una sociedad civilizada.
Roy Barreras tiene fama de haber cambiado de bando más de una vez. Pero eso es lo que hacen todos, y más en una sociedad donde los proyectos políticos son más de personas que de programas. Roy es el único al que le he oído hablar de las cosas más urgentes que necesita Colombia: de una economía en grande, de infraestructura, de concertar voluntades, de unir al país. Si hubiera que juzgar por el discurso, nadie tiene uno mejor. Pero conociendo a los políticos colombianos, uno se pregunta si todo eso que sabe y que expresa con tanta elocuencia se volverá de verdad un propósito de su mandato. Nadie tendría más capacidad de hacerlo.
Sergio Fajardo tiene casi todas las virtudes. Sabe administrar, es inteligente y se siente que es un hombre honesto. No juega a la demagogia ni a la polarización. Ni siquiera se envanece por el hecho de tener las dos actitudes que más necesita Colombia: serenidad y ecuanimidad. Tal vez, incluso, cierta ingenuidad noble que contrasta con la sagacidad y la perfidia de otros. Su defecto es que no parece incómodo con el país que tenemos, y aquí se necesita algo de indignación.
Finalmente, Abelardo de la Espriella no me parece un buen candidato. Es vanidoso y agresivo, desprecia todo lo que es sencillo y colombiano. Les ha faltado al respeto a los indígenas, y eso en un país como Colombia es imperdonable. Y no tiene nada que criticarle a este establecimiento tan injusto y a este orden histórico tan maligno. Yo nunca votaría por él.
