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Si la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela no produjo un conflicto bélico mundial, es porque las potencias se han puesto de acuerdo sobre la distribución de sus áreas de influencia.
Ahora Rusia con mayor razón se sentirá autorizada a apoderarse de Crimea y del Donbás, y a tener abierta de ese modo su salida a través del mar Negro al mar Mediterráneo. Y ahora China se sentirá autorizada a convertir en realidad geopolítica la doctrina de “una sola China”, con la que ha gobernado por décadas su trato con el mundo entero, y a ocupar Taiwán cuando llegue el momento.
Para repartirse el mundo de acuerdo con su poder, las grandes potencias siempre necesitaron una guerra. La Primera Guerra Mundial desplazó del poder efectivo a cuatro imperios: el ruso, el alemán, el otomano y el austrohúngaro. La Segunda Guerra Mundial destruyó el imperio alemán que Hitler había reconstruido, el italiano, el japonés, y convirtió a los británicos en una potencia de segunda fila.
Todos sabemos que de las ruinas de Berlín, de las cenizas del Japón y del hotel Mount Washington de Bretton Woods emergió el poder hegemónico de los Estados Unidos y del dólar sobre el mercado mundial. Y que las principales víctimas de la guerra, la China, con veinte millones de muertos, y la Unión Soviética, con otros veinte millones de muertos, quedaron sin embargo por fuera del orden de la posguerra, a pesar de que la Unión Soviética fue el aliado sin el cual no se habría podido derrotar a Hitler ni a los japoneses.
Si en 1918 la humillación de Alemania dejó sembradas las semillas de la guerra siguiente, se diría que en 1945 la exclusión de los soviéticos y de los chinos dejó también sembradas las semillas de una guerra posterior. Pero por ahora parecen estar encontrando la manera de repartirse sus áreas de influencia sin llegar a una conflagración, y es muy posible que sea la China el factor de equilibrio, si no es que están ocupando posiciones para lo que vendrá después, porque de lo que más se oye hablar en el mundo, y sobre todo en la desconcertada Europa, es de armamentismo.
Pero durante 80 años el orden de Bretton Woods aseguró no solo la paz del mundo, y previno conflictos bélicos de grandes dimensiones, sino que permitió el asombroso experimento de la Unión Europea, el más afortunado de todos, y al mismo tiempo el resurgimiento de Rusia y el emerger de China como el país más poderoso del mundo.
Los Estados Unidos serán todavía por mucho tiempo una gran potencia, pero ya no están solos, su hegemonía solitaria ha terminado, para exasperación de Donald Trump, y la prueba está no solo en que no han podido inclinar la balanza de la guerra de Ucrania, sino en que para sacar de su madriguera a un dictador del Caribe han tenido que movilizar a buena parte de su ejército, y aún así pactar con el régimen venezolano para que les garantice sus negocios petroleros sin un estallido de resistencia, evitando que Venezuela se hunda en la guerra civil y en el caos.
Ese es su aprendizaje reciente del arte de no ser omnipotentes: tener que hacer concesiones aquí y allá, a pesar de presumir de que lo controlan todo. Así que la suerte de Nicolás Maduro muy posiblemente se decidió por igual en la cumbre de Anchorage entre Putin y Trump, y en esas largas sesiones de intercambio entre Marco Rubio y los hermanos Rodríguez.
Así hasta ahora los Estados Unidos han evitado que, detrás de la intervención, un país de su vecindario se hunda en el caos, como se hundieron Irak, Afganistán y Libia. El precio lo han pagado, sin embargo, María Corina Machado, Edmundo González y los venezolanos del exilio que aspiraban a un cambio de régimen y a una nueva era de libertad.
Por ahora el presunto salvador se cobrará su comisión. E intentará mantener el control de una transición en la que lo más importante no son los intereses de Venezuela sino las urgencias de Estados Unidos, cuya suerte, por lo que ahora dicen de Groenlandia, depende ya de estas tortuosas aventuras ilegales, porque su deuda, que es inmensa y ahora es cobrable, está en manos de los chinos y de los japoneses.
Tener bajo su manejo las mayores reservas de petróleo del mundo sin que las fuerzas de Diosdado Cabello hayan movido un dedo ni disparado un solo tiro es una hazaña afortunada para Trump y muy costosa para los venezolanos, pero tiene como fondo el gran pulso planetario por Ucrania, por Taiwán y por el Caribe, las áreas de influencia de los grandes poderes del mundo.
Con prudencia inusual, y con inesperada serenidad, Gustavo Petro ha sorteado el peligro de que sus frecuentes salidas de tono y las evidentes conjuras de la oposición lo convirtieran en blanco de una operación semejante.
Rendirle a Trump un informe de su colaboración en la guerra contra las drogas, usar la chaqueta de piloto de Black Hawk para mostrarle que es un fiel aliado en esa guerra, y esforzarse por demostrarle que no es un amigo de los traficantes sino un luchador por la naturaleza y un benefactor de los pobres, es posible que le ayude a llegar al final de su mandato sin más sobresaltos, e incluso puede favorecer la elección de su sucesor, a no ser que a medianoche se le salga ese otro Petro que conspira contra él y contra el país, gobernando con delirios y desvaríos.
Pero la verdad es que Venezuela se le había salido de las manos al poder de los Estados Unidos, y la fuerza Delta vino a imponerles de nuevo su yugo a las fuerzas díscolas del continente, que a menudo sueñan que tienen la historia en sus manos. Colombia en cambio siempre ha sido un país más dócil con el imperio, y ahora por desgracia se verá obligada a serlo un poco más.
El resto depende de que nuestros gobiernos, el de Petro, o el de Cepeda, o el de Roy Barreras, o el de Fajardo, comprendan por fin que lo que necesitamos es tener una economía verdadera y en grande que no nos haga tan débiles frente al mundo y que no nos haga depender tanto de los negocios ilegales; trazarles un destino a nuestros jóvenes que no los deje tan abandonados en manos del vicio y del crimen; y corregir a un Estado voraz, aparatoso e irresponsable, que solo sabe exprimir al sector productivo y abusar de los ciudadanos.
