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El libreto terrible

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William Ospina
25 de enero de 2026 - 05:05 a. m.
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No sabemos si hay alguien que esté leyendo bien el libreto de lo que pasa en el mundo. A veces tenemos la sensación de que todo lleva un rumbo, pero bastan unos días, a veces unas horas, para que todo parezca cambiar.

¿Y dónde empezó este capítulo? ¿En Bretton Woods? ¿En Hiroshima? ¿En Corea? ¿En Bagdad? ¿Es una conjura monetaria? ¿Una fiebre militarista? ¿Un conflicto ideológico? ¿Una debacle económica o religiosa? ¿Un hundimiento de la civilización? ¿Un extravío de la humanidad?

Los aliados se vuelven enemigos, los enemigos se vuelven aliados, las grandes potencias rivales parecen necesitarse unas a otras, los seres humanos nos sentimos cada vez más solos aunque cada vez más conectados con el mundo. Y a medida que fracasan las verdades de las iglesias, parece crecer una necesidad de religión.

Pero de religión en el sentido más profundo que existe: no de dogmas que nos dividan sino de asombros y de deslumbramientos que nos religuen. A ello contribuyen continuamente la ciencia con sus revelaciones, el arte con sus audacias, la filosofía con sus preguntas, la historia con sus amenazas, la política con sus discordias y locuras.

De las viejas certezas no va quedando piedra sobre piedra. Curiosamente, el auge del pensamiento conservador está resultando más destructivo que el ímpetu revolucionario que estaba en boga hace unas décadas. Ahora los comunistas invocan una legalidad en la que nunca creyeron, y los conservadores se burlan de esa misma legalidad en la que fundaron su orden mental.

Lo cierto es que hasta la más respetable legalidad tuvo su origen en unas guerras que no respetaron nada. Las grandes constituciones siempre se alzaron sobre los escombros humeantes de una realidad profanada. La ley fue la ley de los vencedores. Y sobre cada capítulo de la historia resonaron como un sello final las palabras de Breno: “¡Ay de los vencidos!”.

Pero de uno y otro bando habría que decir que los vencidos solo son aquellos que murieron. Porque a los otros les quedó la vida, es decir, el universo. Ya nos sugirió Schopenhauer que sin vida no hay universo. De modo que la verdadera historia universal pocas veces dura más de noventa años. Así como de todo el vasto imperio romano un solo ser humano parece sobrevivir.

Eso también significa que las guerras son la peor de las maldiciones, porque le arrebatan el universo a lo más bello y ardiente de la humanidad, que son los jóvenes. De nada sirvió el sacrificio de los 500 mil muchachos de Galípoli, ni de los 900 mil muchachos de Verdún y del Somme.

Los 28 millones de muertos de la Primera Guerra Mundial no sirvieron para impedir los 60 millones de muertos de la Segunda. Y ya la novela El orden del día de Eric Vuillard nos ha mostrado que las mismas empresas que patrocinaron a Hitler son las que después prosperaron en la guerra y en la postguerra.

¿Alguien entiende de veras lo que está pasando? ¿Y ahora en nombre de qué nos llamarán a la guerra? ¿De la patria, que todos venden y compran? ¿Del progreso, que tiene a la vida al borde de la extinción? ¿De la verdad, que murió con el primer smartphone? ¿De la civilización, que es, entre tantas cosas, lo que nos ha traído hasta aquí? ¿Del dios cuyo certificado de defunción se firmó hace siglo y medio?

En nombre de algunas de esas cosas, y de otras aún impredecibles o acaso inconfesables, alguien está a punto de llamar a la humanidad a la guerra. Y no es imposible que la humanidad se deje arrastrar otra vez por sus amenazas o por sus seducciones, por sus abrumadores arsenales o por sus elaboradas retóricas.

Pero como probablemente esta guerra sería la última, acaso el frío que está recorriendo la médula espinal de la humanidad en todo el planeta sea señal de que estamos dando pasos por un tiempo desconocido.

Tanto desorden, tanto caos, tanto sentido y tanto sinsentido, hazañas tan sorprendentes como la de la economía china que se reinventó en 40 años, fenómenos tan asombrosos como el de la democracia estadounidense que al parecer se desintegró en 25 años, inventos tan deslumbrantes como los que nos proveen diariamente la industria y la tecnología, hechos tan desconcertantes como los que nos brinda sin cesar la política, apenas nos permiten presumir que el libreto de nuestra historia actual es indescifrable, o que no hay un libreto y estamos bajo la mera inercia de las causas y de las consecuencias, sin libertad posible para oponernos a la fatalidad.

Nos debatimos en un momento de la historia en que todo parece corresponder a las palabras con las que Macbeth anunció, dos siglos antes que Nietzsche, la llegada del Nihilismo:

“Mañana, y mañana, y mañana, con sus pequeños pasos día tras día nos llevan hasta la última sílaba del tiempo prefijado; y todos nuestros ayeres portan antorchas que iluminan el camino de la muerte polvorienta. ¡Apágate, apágate, breve llama! La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico, que se agita una hora sobre el escenario, y después no se lo escucha más. Es una historia contada por un idiota, llena de sonido y de furia, y que no significa nada!”.

Y sin embargo, como dijo Chesterton, el valor de las tres grandes virtudes del mundo cristiano, no apenas de sus iglesias, todavía expresa la magnitud de la libertad que allí le fue prometida al ser humano: ser capaz de una fe contra toda evidencia, de una espera más allá de toda esperanza, y de una caridad capaz de perdonar aún lo imperdonable.

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