Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Nunca fue Petro tan Petro como en los últimos días de su gobierno, empeñado en exprimir las últimas gotas del limón del poder, dando órdenes cada vez más patéticas, haciendo sentir con angustia que se ponía el sol.
Ojalá nos toque decir que nunca fue Abelardo tan De la Espriella como en las vísperas de su mandato, empeñado en gobernar antes de tiempo, acosado por la misma inmadurez impaciente, dando órdenes igual de afanosas.
A Petro se le notaba con lástima que ya no tenía el poder, ese que con vanidad le gustaba ostentar fingiéndose siempre desvalido; a Abelardo lo desesperaba no tener todavía el poder, que tan vanidosamente quiere ostentar fingiéndose todopoderoso.
Porque ambos no son más que las caras opuestas de un país que sabe con desesperación que quiere algo pero sigue sin saber qué es lo que quiere, y al que mientras tanto le toca conformarse con odiar su otra cara.
Las tareas históricas están a la vista, pero es extraño que los hombres del poder no sepan verlas, por estar siempre ocupados en desprestigiar al oponente, sin darse cuenta de que a uno lo miden por la grandeza del adversario. No se va a lucir De la Espriella haciendo ver a Petro como una peste y tocando con estridencia su flauta de Hamelin, así como Petro no puede cifrar su tamaño histórico en lo que el otro haga o deje de hacer.
Petro ya cumplió su ciclo, con sus pequeños aciertos y sus grandes errores, y con un solo hecho histórico notable, que es haber logrado que al final de un gobierno bienintencionado pero incoherente, la gente tuviera más en cuenta su buena teoría que su práctica deplorable.
Nos recordó que existe el cambio climático, aunque recurrió para combatirlo a los métodos más inútiles y retóricos. Nos recordó que existe la pobreza, aunque utilizó para reducirla apenas los métodos rudimentarios de Rojas Pinilla, (pero Colombia es tan noble que no solo le agradece a Rojas Pinilla su “gota de leche” sino que sigue agradeciéndole a Gaitán las promesas que no le dejaron cumplir). Y nos recordó que somos el país más diverso del continente, sin la menor idea de qué hacer con esa diversidad.
Porque el principal error de Petro es creer que lo sabe todo y que no es necesario hablar con nadie, ni siquiera con sus ministros. Ha sido por cuatro años el principal cultor de un género en boga: el del monólogo arbitrario. Y se cree tanto sus propios soliloquios que ya los publicó en varios tomos y es posible que ahora se dedique a leerlos.
Pero si por el pasado llueve por el futuro no escampa. En un país donde hace 36 años César Gaviria nos dio falsamente la bienvenida al futuro, Abelardo de la Espriella nos está dando la bienvenida al país de Cristo Rey y de la Virgen de Fátima.
Yo tengo el más grande afecto posible por Cristo, y le agradezco de corazón a Bernardo de Claraval el culto por la Virgen María, porque de algo sirvió admitir un asomo de divinidad femenina en una religión tan peligrosamente patriarcal como el catolicismo; pero el reino del Cristo que yo admiro no es de ese mundo del poder prepotente, y nunca olvido que al grito de ¡Viva Cristo Rey! se han hecho todas las Cristiadas que en el mundo han sido, y que bajo el manto de esa Virgen llegaban a Colombia en los años cincuenta los fusiles de la Violencia.
Y no me da ningún miedo decir que no confío en alguien que diga que va a gobernar con la Biblia en una mano y el fusil en la otra. Colombia puede pasar del tiempo de los ateos vergonzantes al tiempo de los conversos maliciosos, y toda religión invocada por el poder es un peligro.
Ya es un abuso que los curas crean tener la franquicia de Dios, para que también pretendan tenerla los políticos. Y si algo hay que recordarle todos los días a Abelardo de la Espriella es que no lo eligieron obispo, ni papa, ni dios, sino presidente de una república, para administrar, para gobernar, para engrandecer a un país, no para dividirlo como Petro, ni para castigarlo como Ortega, ni para encarcelarlo como Bukele, ni para llevarlo al despeñadero como Trump.
Pero por ahora no sabemos cómo será el gobierno de De la Espriella, de quien se puede esperar lo mejor o lo peor. Lo mejor, si piensa de verdad en el país; lo peor, si solo se dedica a pensar en los que él llama sus enemigos.
Por lo pronto, Abelardo puede escoger entre dos libretos: el de acusar a Petro de todos los males de Colombia, y dedicarse a perseguirlo y a cobrarle esas supuestas deudas, o el de admitir con valor y con inteligencia que la causa de todos esos males, viejos de más de un siglo, es la mediocridad de los gobernantes, Petro incluido, la corrupción del clientelismo, la mezquindad de una política de aldea, la defensa de unos privilegios, y la idea infame de que gobernar es mandar y humillar.
Ojalá estemos llegando a los comienzos de la luz, y no a otro coletazo de la oscuridad.
