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Están tan vivos que todavía disparan contra ellos

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Como la de José Asunción Silva sobre las primeras generaciones literarias del siglo XX colombiano, como la de Porfirio Barba Jacob sobre las generaciones del medio siglo, dos sombras han pesado en Colombia sobre las últimas generaciones del siglo pasado y las primeras de este: las sombras de Gonzalo Arango y de Andrés Caicedo.

Gonzalo era un predicador, lo mismo en sus tiempos de rebeldía que en sus tiempos de claudicación y de conversión; Andrés también habría querido predicar, pero se lo impedían su timidez y su tormentoso mundo interior.

Ambos murieron hace medio siglo y sus muertes fueron tan vistosas como sus vidas. Ambos merecen la atención de la posteridad porque hubo mucha vida en ellos, y porque en gran medida resumen las inquietudes personales e intelectuales de su época, la turbulenta mitad del siglo XX, sobre la que pesaban por igual los fantasmas de la violencia nacional y de la Guerra Fría, las presiones y las depresiones del existencialismo, el rotundo escepticismo de los vitalistas (ambos lo fueron), ante las barbaries y las locuras de su siglo, y el rotundo nihilismo que nos dejaron las dos guerras mundiales, Hiroshima y la muerte de Dios.

Los dos se fueron demasiado pronto, Gonzalo por un violento accidente de tránsito y Andrés por una decisión suicida el día en que recibió el primer ejemplar impreso de su novela. Ambos hechos les dieron aún más visibilidad a sus vidas, pero perjudicaron su obra literaria, porque ninguno de los dos se dio tiempo para el acabado.

Vivieron de prisa, escribieron de prisa, murieron de prisa, pero la razón por la cual Colombia no los olvida es porque lograron convertirse en símbolos de su época. Les pasó lo de Byron: no es que no sea importante lo que escribieron, es que su vida tan vistosa casi no nos deja ver su obra. Por fortuna para ellos, esta es una época que valora los bocetos, lo fragmentario y lo inacabado. Y tal vez la obra de Gonzalo Arango y de Andrés Caicedo ilustra mejor con su improvisación y con su incandescencia la vida meteórica de sus autores, su temblor al borde del abismo.

También su tremenda capacidad de registrar como un sismógrafo las convulsiones de su época, de asomarse a un mundo ebrio y vacilante, y hasta de presentir desde el vértigo de cada día las tremendas conmociones que aguardaban a la sociedad. Quién sabe si los hemos leído como se debe, pero eso podemos decirlo de toda la literatura colombiana, incluido García Márquez.

Alguna vez escribí una Invocación a Gonzalo Arango en la que confesaba mi pena de no haberlo conocido nunca, a pesar de que cuando murió yo ya estaba desertando de la universidad. El Nadaísmo siempre me pareció menos un movimiento literario que un soplo de vitalidad y de rebeldía en el clima adocenado de los años 60, cuando tratando de olvidarnos de la violencia nos enseñaban a olvidarnos también de los males que se estaban acumulando sobre la sociedad y que pronto estallarían.

De Andrés puedo decir que lo vi una única vez en mi vida, y que conversamos un rato en la fiesta de cumpleaños de un amigo común, unos seis meses antes de su muerte. La semana pasada recibí de su parte una invitación a la obra de teatro Destinitos fatales que dirige Sandro Romero, y que se estrenó en el Teatro Mayor. En realidad me la enviaba Rosario, la hermana de Andrés, y asistí conmovido a esa obra, que recomiendo sobre todo a los jóvenes, porque en el típico tumulto de la escritura de Andrés tiene una unidad estética singular, y no solo trasmite la agitación de su espíritu sino un sabor de lo que era Cali en los años 70, poco después del génesis y poco antes del apocalipsis.

En una conversación reciente oí hablar de un joven que afirmó que el contacto con la obra de Andrés lo había salvado del suicidio. Parece paradójico, pero yo diría que las razones que llevaron a Andrés al suicidio son muy distintas a las razones que ahora precipitan a los jóvenes en la depresión y el desánimo.

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Sospecho que lo que menos había en Andrés era apatía, que más bien estaba lleno de la desesperación de ambicionar mucho más de lo que la vida le ofrecía. Por eso veo en él a un vitalista, y no me asombra que antes de ser deprimente su obra resulte estimulante para una generación llena de posibilidades pero carente de un proyecto de vida y privada de grandes pasiones. Siento que Andrés siempre supo lo que quería, solo que quería mucho más de lo que la vida y su época le ofrecieron; y tal vez no lo mató el desgano de su espíritu sino la aridez de su tiempo.

Andrés fue el principal impulsor de los cineclubes que en los años 70 mantuvieron nuestro contacto con el mundo y le impidieron a una generación naufragar en el espíritu aldeano del bipartidismo, que ahora ha vuelto, y para el cual la pasión más importante del mundo es odiar a los colombianos que piensen de otra manera.

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Tengo la convicción de que todavía hay cosas de Gonzalo y de Andrés que tenemos que descubrir. Y como pasa a menudo en la historia, suelen ser sus adversarios los que primero lo adivinan, los que mejor advierten que están vivos, que hay azufre en ellos, que siguen siendo peligrosos, y tratan de destruirlos sin darse cuenta de que lo que hacen es traerlos de nuevo, hacerlos más visibles y mostrar cuán activos están y cuán útiles pueden ser todavía.

Por lo pronto, hay una característica común que yo puedo señalar en ellos y es, no solo su tremenda actualidad, su curiosidad ejemplar hacia el mundo contemporáneo, las obras y los movimientos literarios que Gonzalo y su pandilla seguían con atención, y la actualidad literaria y cinematográfica que Andrés registraba con una mirada sin parpadeos, sino su capacidad de crear y sostener cofradías de amigos que han mantenido viva su influencia. Si algo podemos decir de estos jóvenes que murieron hace tanto tiempo es que están tan vivos que todavía disparan contra ellos.

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