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Hace frío en Alaska

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William Ospina
05 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
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¿Qué hacer si se quema California? Decir que hace frío en Alaska. ¿Qué hacer si se demuestra que el cambio climático es consecuencia de la emisión de gases de efecto invernadero, por el uso insensato de combustibles fósiles, siendo el petróleo uno de los mayores negocios del planeta? Solo les queda la opción que negar el cambio climático y agregar que igual también hubo glaciaciones.

Donald Trump oye decir que lavar los objetos con jabón desactiva un virus que puede volverse mortal al entrar en nuestro cuerpo y se le ocurre que la solución es inyectarnos detergente. Con esa lógica ocurrente y genial maneja la política del mundo. Extrae con sobornos a un dictador y deja instalada bajo su mando a la misma dictadura. La hondura de sus razonamientos es la de Teodolina Villar, el personaje de El Zahir. “La guerra le dio mucho que pensar: ocupado París por los alemanes, ¿cómo seguir la moda?”.

Los políticos de hoy son los últimos en enterarse de los problemas esenciales y los primeros en proponer soluciones absurdas, porque viven en el mundo de las urgencias y en la lectura apresurada de lo inmediato. A veces encarnan apenas la tontería con iniciativa y la ignorancia con poder. Y atendiendo siempre a intereses ocultos, buscan la solución que les parece más fácil y más rentable.

En nuestro tiempo la política no obedece a un proyecto de civilización sino a un manejo de emergencias, está condicionada por la urgencia y por el efectismo; por esa hipertrofia de lo cuantitativo y de lo inmediato que gobierna la estadística.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hay numerosos problemas que no han parado de crecer: la asimetría entre países ricos y pobres, con su secuela de saqueos, endeudamiento, miseria, violencia y emigración dramática; los efectos acumulados de una agricultura sin previsión y una industria sin control (eso que llamaba Estanislao Zuleta “la mayor racionalidad en el detalle y la mayor irracionalidad en el conjunto”); el cambio catastrófico del clima; la urbanización caótica y el basurero industrial; la alteración irreflexiva del mundo y el conflicto con el universo natural; la educación deshumanizada; la hipertecnificación; el negocio de las armas y la mercantilización de la vida; el negocio avasallador de las adicciones; la pérdida del cuerpo como función y de su artesanía, y la apoteosis del cuerpo como industria y como espectáculo.

Las constituciones, como las instituciones, suelen ser hijas de las guerras. Y lo que llamamos la paz no puede ser la ausencia de tensiones y de conflictos sino el uso de estrategias no armadas y no destructivas para gestionarlos. Las guerras, por su parte, no son meros errores, sino la convergencia final, y no siempre evitable, de numerosos conflictos acumulados y entrelazados.

Hoy se habla mucho de la irrelevancia de las Naciones Unidas, y tendemos a culpar a ese organismo de algo que no nace de él. Porque la muerte de la ONU no es más que la muerte del orden internacional que la hizo nacer. Hoy hay un forcejeo en el mundo, el orden de los imperios y de sus zonas de influencia se tambalea, ciertos gestos abrumadores son más bien muestras de debilidad, cierta quietud indiferente, signo de fortaleza.

Y a lo mejor la historia está poniendo ante nuestros ojos una lección viva e inmediata de cosas que ocurrieron en otros tiempos y que parecían obliteradas del mundo: la ductilidad de la ley ante el predominio de la fuerza, el entramado secreto y asombroso de los chantajes y de las traiciones, la evidencia conmovedora de que hay fuerzas y poderes más eficientes que las armas, que la riqueza contable y que la técnica: las culturas, los símbolos, los pueblos y los dioses.

Hay momentos en que la historia deja de estar guardada en las leyendas y en los libros y se convierte en marejadas callejeras y en hechos desconcertantes. Lo vieron nuestros abuelos y nuestros padres cuando un mundo de pequeños conflictos se enardeció en las dos guerras más monstruosas de la historia humana; lo vimos nosotros cuando se desintegró la Unión Soviética; lo vimos cuando se desplomaron las Torres Gemelas y dejaron un rastro de guerras por el mundo; lo hemos visto en los últimos 50 años, cuando la China saltó de ser una región aldeana postrada y silenciosa a convertirse en un universo de ciencia ficción.

Lo estamos viendo ahora, cuando un César indescifrable desplaza por los mares del mundo su poder destructor, cuando rompe pactos, amenaza naciones, convierte la siempre acartonada diplomacia en un sainete y la política en un juego que tardaremos en saber si es un certamen de improvisaciones o un libreto prefijado y maligno.

Y todo lo estamos viendo en una época donde millones de ojos vigilantes no equivalen a una mente comprensiva, donde el periodismo se convirtió no en la profesión sino en la afición caprichosa de la humanidad. Donde todos deberíamos estar leyendo los discursos de Platón sobre la sofística, para entender el tema central de nuestra época: la pregunta por la verdad, por la argumentación y por la seducción.

Porque las falsas soluciones suelen ser al comienzo increíblemente populares. En Colombia, como en todo el mundo, los problemas crecen y crecen sin control hasta que llega alguien que los agrava. Pues solo cuando se agravan se hacen verdaderamente visibles, se convierten en temas de discusión, y hasta pueden terminar siendo temas de reflexión. Es más, hasta podrían engendrar las soluciones.

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Dionisio(cvtsc)Hace 3 horas
Ese párrafo final da un gran alivio: ¿qué tal que hubiera ganado RH las elecciones?
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