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Tal vez los dos políticos del siglo XX que más recuerda el pueblo colombiano son Jorge Eliécer Gaitán y Gustavo Rojas Pinilla. A Rojas lo recuerdan por lo que hizo y a Gaitán por lo que prometió y no pudo hacer.
Nadie olvida que en solo cuatro años Rojas ayudó a los pobres como nunca, construyó carreteras y aeropuertos, trajo a Colombia la televisión, y les hizo sentir a muchos excluidos que por fin se abría un espacio para ellos en el orden de la república. Gaitán estremeció al país con su oratoria, encarnó una indignación largamente incubada, denunció la violencia que crecía, y más que hacer discursos para el pueblo iba haciendo nacer ese pueblo con sus discursos como una fuerza inspirada y consciente.
El asesinato de Gaitán dejó la esperanza en el aire y desencadenó la Violencia. Después la torpeza de las élites ante la desproporción de esa violencia llamó a Rojas para que pacificara el país. Este renovó la costumbre de emprender negociaciones con los rebeldes armados mientras se extralimitaba en sus facultades, sucumbía a la corrupción, y era depuesto por iniciativa de las mismas élites que lo habían inventado.
Pero el pueblo nunca olvidó esa pausa generosa y eficiente en la dominación de una casta más bien indigna. Nadie olvidó su programa de la gota de leche, ni sus campañas de beneficencia, ni el hecho de que le hubiera concedido a las mujeres el derecho al voto, porque el pueblo percibe con claridad inmediata la diferencia que hay entre recibir palo y recibir ayuda.
Sabemos que, 13 años después de haber sido depuesto, Rojas Pinilla fue elegido otra vez presidente de la República, y que la manguala oficialista del Frente Nacional decidió salvar a la democracia negando la voluntad de los ciudadanos. Medio siglo después la consecuencia de todo esto ha sido el triunfo de Gustavo Petro, que intentó al mismo tiempo mostrarse como el heredero de Gaitán y como el heredero de Rojas Pinilla.
Curiosamente no hace lo que Gaitán prometía sino que sigue prometiéndolo. Petro se siente mejor como agitador callejero que como gobernante, y prefiere seguir siendo la encarnación de una esperanza antes que el artífice de una transformación. Y como heredero de Rojas Pinilla solo ha podido cumplir con la parte de la beneficencia, de repartir subsidios y ayudar a la gente a tener un respiro económico, lo que sin duda ya es algo en un país donde a nadie se le da nada, pero que no logra cambiar la dinámica de la iniciativa popular, porque mantiene a la gente en la dependencia y la pasividad.
Ningún gobierno tenía más el deber de empoderar a los ciudadanos dándoles conciencia de su poder creador, y tal vez ninguno los ha reducido tanto a la condición de pasivos receptores de ayuda. Un gobierno que de verdad quiera ayudar a los pobres tiene que hacerles sentir que no son seres vacíos e inútiles, sino que están llenos de cosas valiosas que aportarle a la sociedad a cambio de esa ayuda que reciben. Esperanzas y dádivas, un gobierno no puede decirle a la gente que en eso se agota su idea de cambiar el país.
Muchos piensan que Rojas logró hacer obras visibles porque era efectivamente un dictador, que no tenía que rendir cuentas ante unas instancias de control. Petro se ha forjado en la fragua de un parlamentarismo formalista y paralizante, que nunca utilizó su poder para hacer progresar el país sino para cobrar beneficios en los recodos.
La superstición formalista de que al país solo se lo puede cambiar mediante leyes nuevas y aparatosas no le ha permitido a Petro comprender que en estos regímenes presidencialistas es mucho lo que pueden hacer las órdenes ejecutivas, mucho lo que se puede lograr aprovechando un cúmulo de leyes inaplicadas que ya existen. Sin duda se haría mucho más aprovechando con lucidez las leyes existentes que forcejeando cuatro años en vano con un legislativo intrigante y receloso.
No es que no se le pueda dar ayuda a una sociedad que desesperadamente la necesita, pero se trata de que esa ayuda no anule la iniciativa ciudadana, no los perpetúe en la pasividad, y se trata de no caer en la costumbre maligna de beneficiarse de la necesidad de la gente para obtener su gratitud y sacar provecho de ella.
Para poder repartir es más necesario que nunca producir. Dedicarse a repartir a manos llenas solo para cobrar adhesiones y aplausos, sin una verdadera estrategia productiva, e incurriendo en el vicio de todos los gobiernos de reforzar reformas tributarias y agravar dramáticamente la deuda pública, es una irresponsabilidad.
Petro se dispone a cosechar los beneficios de sus audacias de benefactor, y es harto posible que su propuesta se reelija. Pero si esa prolongación de su proyecto no le da una comprensión más profunda de lo que es un cambio verdadero, es decir sostenible y que abra horizontes para la sociedad; si se limita a repartir cargos públicos entre sus favoritos y a disipar el tesoro nacional sin aumentar la capacidad productiva del país y el potencial de cada ciudadano, veremos volver la vieja postración, convertida en desencanto y en miseria.
Seguramente si Gaitán hubiera triunfado en 1950 habría protegido la agricultura y habría industrializado el país, como lo hizo Perón con Argentina, y con ello habría evitado los baños de sangre que trajo la destrucción del mundo campesino; habría manejado de otro modo la urbanización; le habría dado un proyecto educativo histórico a nuestra sociedad, corrigiendo la exclusión y engendrando una ética del trabajo y de la convivencia.
Posiblemente si Rojas hubiera accedido al poder en 1970, habría continuado sus iniciativas de modernización, y nos habría salvado de muchas de las violencias que desde entonces se desencadenaron. En ambos casos la democracia respetada le habría dado a la ciudadanía una conciencia más honda de su dignidad y de su poder.
Un mercado interno fuerte y una economía preocupada por la gente no habrían permitido el arrasamiento del país campesino, generarían empleo en las ciudades para los que llegaban de los campos, y no se habría dado el insensato desmonte de la industria, la degradación de la política, el hundimiento de la sociedad en la corrupción. Hasta habríamos tenido mayor capacidad de resistir al narcotráfico, en una sociedad con opciones legales para las clases medias emprendedoras, con un horizonte moral para las nuevas generaciones.
Y no estaríamos, 80 años después de Gaitán, prometiendo otra vez lo que él prometía; y no estaríamos, 50 años después de Rojas, reduciendo la transformación histórica del país al asistencialismo sin futuro de la gota de leche.
