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Las dos Colombias

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William Ospina
14 de junio de 2026 - 05:05 a. m.
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Siempre he sabido que una guerra de medio siglo no puede resolverse en los tribunales sino por un proceso audaz y generoso de transformación del país.

Nunca estuve de acuerdo con el intento de llevar a Álvaro Uribe a la cárcel, porque a pesar de los argumentos jurídicos eso no es más que un coletazo del viejo conflicto que pretendemos superar, y porque más que un hombre él es un símbolo y encarna la dignidad de medio país que siempre lo ha apoyado.

Por la misma razón no puedo estar de acuerdo con la pretensión grotesca de llevar a la cárcel a Gustavo Petro, y menos aún de extraditarlo y someterlo a la justicia de Estados Unidos.

No creo que Uribe sea un criminal, y menos aún pienso que lo sea Gustavo Petro. Creo que ambos han cometido errores y que ambos se han esforzado por traer cambios positivos a la sociedad colombiana. La realidad del país es demasiado compleja y cambiarla es muy difícil, pero así como tenemos la indolencia de dejarlo todo en manos de unos líderes, también nos cebamos con saña en sus errores y los hacemos responsables de todo.

Liberales y conservadores fundaron en Colombia una escuela de odio asombrosamente eficaz en su pedagogía, pero no pienso que los colombianos seamos tan culpables de nuestros males como creemos, y menos que esas culpas se puedan condensar en unos individuos.

La causa de todos los males de Colombia es la falta de una economía pensada en grande y diseñada para dar empleo a todas las fuerzas y talentos del país, para aprovechar los extraordinarios recursos que todavía conserva esta tierra. Sin industria ni agroindustria, sin una gran economía diversa e incluyente, sin infraestructura, sin un mercado interno capaz de proveer al país entero, sin un sistema vial que comunique y dinamice las regiones, sin una red ferroviaria, sin un Estado capaz de abarcar el territorio y protegerlo, ¿cómo extrañarnos de la miseria, de la pobreza, del atraso, de la violencia, de la mediocridad, de la depredación que avanza sin control sobre semejante paraíso?

Hace tiempo sabemos que Colombia necesita una reactivación económica en grande, no solo poner recursos en manos de los pobres sino al mismo tiempo combatir la politiquería y la corrupción, y dedicar todos los esfuerzos a producir, para no tener que seguir endeudando a la nación y asfixiando al pequeño sector que tributa.

Petro ha brindado ayudas, pero no se puede repartir sin producir, y había que echar a andar un proceso que requiere de los empresarios, los dueños de la tierra, las cooperativas; fortalecer a todos los sectores capaces de emprender, y tratar de no eternizar a los pobres en la dependencia y la necesidad.

Pero todo lo que ha dado Petro era necesario. ¿Quién puede oponerse a la matrícula cero en las universidades públicas, a las mesadas para los ancianos, a las ayudas para las madres? Lo que pasa es que todo eso tiene que ser sostenible porque no se puede proveer generosamente endeudando sin cesar al país.

Es más fácil repartir que transformar, y aunque el paternalismo ayuda, nunca basta. Petro es un ser humano conflictivo, bienintencionado y a veces incoherente, pero está lejos de ser un delincuente, y sin duda alguna encarna la dignidad de esa otra Colombia que ha sido ninguneada por décadas.

De modo que no le hace ningún bien al país el que viene a tratarlo como un criminal y amenaza con entregarlo ofensivamente a la justicia de un país que no tiene derecho a ser nuestro juez porque es uno de los responsables de lo que somos. ¿No son los consumidores de drogas de los Estados Unidos los que tienen hoy a América Latina sometida al poder de las mafias, a la descomposición social y a la degradación de sus instituciones?

Petro pudo haber trazado, con los empresarios, con los dueños de la tierra, con las cooperativas, con las universidades, un grande, un enorme proyecto agroindustrial, un plan de vías, de transporte, de puertos, de servicios, de renovación urbana, de formación ágil de las nuevas generaciones, para lograr ese cambio en grande que prometió y que aún no se ha cumplido. Por eso la historia, que es implacable, puede darle la espalda el próximo domingo.

Y lo cierto es que la historia avanza en todas partes por el camino del aprovechamiento para la especie humana y para sus fuerzas productivas de todos los recursos posibles, recursos que en Colombia especialmente abundan. Es una ley inexorable que describió Marx hace casi dos siglos y que Heidegger resumió hace cien años, cuando presintió que se conquistaría técnicamente y se explotaría económicamente hasta el último rincón del planeta, que al final el tiempo “solo equivaldría a velocidad, instantaneidad y simultaneidad”, y que “el tiempo como historia tendería a desaparecer de cualquier existencia de todos los pueblos”.

A ese ritmo todo será aprovechado y transformado, y el único dilema es si se hará para beneficio de la gente, o solo para beneficio de unos cuantos. El capitalismo es como una avalancha, un río impetuoso y desbordado que no se puede detener, pero que, como lo han demostrado los europeos y asombrosamente la China, sí se puede por lo menos canalizar. Es eso lo que aquí podríamos hacer y no hemos hecho, porque muchos piensan que uno se puede oponer con rabia a los impulsos de la historia, en lugar de extraerles el mayor beneficio posible.

Aquí vendrá el capitalismo decidido a transformarlo todo, y si no se lo aprovecha con sabiduría y con sensibilidad para beneficio real de la gente, para hacer fuerte al país y proteger de verdad sus recursos, si no actuamos pronto en grande y con lucidez, como lo hacen los chinos, para bien de las mayorías, otros vendrán a hacerlo arrasando, solo para satisfacer los apetitos de unas élites y las codicias del gran capital, y sacrificando a millones de personas.

Yo ya he dicho que nunca votaré por alguien como Abelardo de la Espriella, porque ningún candidato en una democracia tiene derecho a declarar enemigo al adversario, ni a amenazar con desaparecer al enorme electorado que lo apoya.

Y le digo a Iván Cepeda, por quien voy a depositar mi voto en las elecciones del próximo domingo, que no se puede desaprovechar otra oportunidad, que cuatro años administrados con sabiduría, con coherencia y pensando en todo el país y no apenas en un bando político, pueden ser suficientes para que Colombia emprenda de verdad una transformación que no admita regreso, para que la nación agradecida corrija sus tragedias y recoja sus frutos.

Porque a pesar de la crispación y la ceguera esta no es una lucha entre el bien y el mal: aquí hay dos Colombias, una que necesita con urgencia lo indispensable y que se le abran las oportunidades, y otra que exige ya prosperidad y conexión con el mundo. Un estadista tiene que ser capaz de interpretarlas a ambas y no persistir en la locura de enfrentarlas en una eterna danza de sangre.

En esta inmensa encrucijada histórica hay que entender que el otro medio país está tenso y vigilante, y también necesita soluciones. Y que el precio de la soberbia puede ser muy alto.

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