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No hay que extrañarse de que en los últimos 80 años, bajo la hegemonía aplastante de los Estados Unidos, América Latina no haya encontrado el camino de su prosperidad y de su grandeza.
Hace mucho tiempo nuestro mayor esfuerzo ha debido ser un ejercicio persistente por construir una economía poderosa en beneficio de los pueblos y unas instituciones respetables. Teníamos que ingresar con carácter en la modernidad; aprovechar la riqueza y la complejidad cultural del continente para plantarnos frente al mundo con orgullo y con alegría.
Lo intentamos, pero siempre retrocedíamos bajo el empuje de las olas contrarias. Lo intentó la Reforma mexicana y lo frustró el despotismo de Porfirio Díaz. Lo intentó la revolución mexicana y lo frustró la dictadura burocrática del PRI. Lo intentó en Colombia la república federal de la Constitución de Rionegro y lo frustró la Guerra de los Mil Días; lo intentó la hegemonía conservadora, que consolidó la zona cafetera, emprendió la navegación por el Magdalena, tendió la red de los ferrocarriles y fundó la segunda aerolínea comercial del mundo, pero lo frustraron el respice polum de Marco Fidel Suárez, la intransigencia de Laureano Gómez, la parálisis de la Revolución en Marcha liberal, el sometimiento a los dictados de Bretton Woods que nos redujeron a un capitalismo subalterno y a la larga mafioso, y el odio sectario del bipartidismo que sacrificó a 300 mil campesinos.
Lo intentó Fidel Castro con sus barbudos en 1959 y lo frustró Fidel Castro con su burocracia comunista. Lo intentaron Roca, Irigoyen, Eloy Alfaro, Jorge Eliécer Gaitán y los mineros bolivianos, y lo frustraron los odios de aldea, los meros indigenistas, los agraristas, los socialistas de cartilla para los que cualquier riqueza es un pecado contra nuestro sagrado deber de ser pobres y buenos proletarios.
Ahora es evidente que algo se ha roto en la omnipotencia imperial. Y basta ver y oír a Donald Trump para saber que ya no estamos ante un gran estadista sino ante un negociante lunático y vanidoso, que necesita día y noche no solo ser adulado sino adularse a sí mismo sin pudor ni descanso. Un hombre que se finge omnipotente pero que, teniendo toda su flota en aguas del Caribe para atrapar a un usurpador, necesita celebrar oscuros tratos con el régimen que venía a contrariar para poder hacerse con el petróleo venezolano sin quedar entrampado en otro Irak o en otro Afganistán.
Un hombre que, pudiendo celebrar una alianza respetuosa y honesta con Dinamarca para instalar en Groenlandia su gran laboratorio de Inteligencia Artificial, prefiere por pura pose enfermiza de emperador amenazar con una invasión armada y ofender con una oferta de compra, ganándose de paso el aborrecimiento de sus socios europeos. Un hombre al que solo se le ocurre humillar, presumir, amenazar y adular, que se labra fama de feroz y de impredecible, pero cuyos resultados son siempre inferiores a sus pretensiones: prometen grandeza histórica y terminan mostrando solo sordidez y mezquindad.
En los últimos siglos el mundo ha visto alzarse y caer a dos césares: Napoleón y Hitler, y ninguno de ellos duró mucho tiempo. Creían estar construyendo el reino milenario, pero su propia agresión engendró a sus verdugos, y antes de quince años ya se habían derrumbado, acosados por el odio universal.
Con Napoleón la historia ha sido piadosa: no ha olvidado sus crímenes ni sus imprudentes catástrofes, como llevarse 600 mil muchachos franceses a invadir Rusia y volver con 50 mil, pero sabe que también dejó un rastro de hechos civilizados, de ideas y legislaciones que lo salvaron de ser un mero monstruo. Y, aun así, después de una aventura de 15 años, terminó barriendo los patios en una isla perdida. En cuando al otro, la aventura infernal de Hitler duró doce años, en los que consiguió hacerse odiar de sus propios soldados y hasta de su Estado Mayor.
Yo no creo que Trump conozca la historia. Sabría que ha debido comenzar más joven su aventura de prepotencia y cinismo. Lo que sabemos hoy es que el estridente símbolo de la decadencia del gran imperio no es un joven César impulsivo y arrogante sino un anciano histriónico al que ya se le amoratan las manos, y a lo mejor su desmesura obedece a que sabe que tiene poco tiempo.
Su más reciente aventura deja un sabor más amargo y más frío. Envalentonado por el aparente éxito de su incursión en Venezuela, y creyendo en su ignorancia que todo es igual a todo, porque para Trump un líder torpe como Maduro es comparable a un caudillo religioso como Alí Jamenei, ha bombardeado, picado por el tábano israelí, no a una dictadura sino a una cultura y a una teocracia.
Cuando Francisco Pizarro sacrificó a Atahualpa los soldados españoles vieron caer a un rey, pero los incas vieron morir a un dios. Los bombardeos gringos han matado a un dictador fundamentalista, pero los iraníes han visto volar en pedazos a un pontífice y a su corte. Los incas no tenían cómo resistir, pero los persas llevan miles de años resistiendo. Y así como la China se sienta a esperar que pase el cadáver de su enemigo, los iraníes saben que tienen más tiempo que su adversario, que lo único que tienen que hacer es resistir un poco más, hasta que el imperio comprenda, como en Vietnam, como en Irak, como en Afganistán, que más vale buscar con desespero la puerta de salida.
Claro que todavía durante dos años y medio Trump puede humillar e invadir, profanar y ofender; incluso está al alcance de su mano el botón del poderío atómico que hemos consentido entre todos, pero aunque se resista a aceptarlo ya la historia ha puesto al frente poderes más grandes que el suyo, y ni siquiera tiene el consenso en su propio país.
Estados Unidos fundó su grandeza en un proyecto de libertad que sedujo al mundo en los labios inspirados de Walt Whitman y que lo deslumbró con las hazañas civiles de Franklin Delano Roosevelt. Pero después de que la guerra les dio la hegemonía, su conducta fue mucho menos ejemplar. Y empezando este siglo, el abatimiento dramático de las Torres Gemelas marcó el comienzo de su declinación, porque le reveló al gran imperio que era vulnerable y que era mortal.
Se diría que el titán empezó a enloquecer; y las aventuras salvajes de Irak, Afganistán y Libia, que dejaron detrás no la civilización que sembraba Roma con sus legiones sino el caos que deja la torpeza balbuciente y bárbara, mostraron que los tobillos del gigante se estaban agrietando.
“Cada día descendemos un paso hacia el infierno”, escribió Baudelaire. Eso es lo que significa ir por un dictador y volver aliado con la dictadura, ir por Groenlandia y volver sin Europa, pretender corregir una arbitrariedad destruyendo toda legalidad, creer que se va por un déspota y matarle a una religión su pontífice. Pero sin duda el paso más arriesgado ha sido para Estados Unidos elegir a este César que juega a ser Dios sin preguntarse si Dios no estará a punto de llamar a su puerta.
