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6 Nov 2022 - 5:30 a. m.

Los dientes de la justicia

En los años 60 se montaban tribunales de guerra para combatir la protesta popular. Los estudiantes que arrojaban piedras y quemaban llantas eran sometidos a la justicia penal militar. No han cambiado mucho las cosas en medio siglo, pero la situación de la gente ha empeorado.

En ninguna parte es tan justa la protesta popular como en Colombia, donde hay hambre, desempleo, pobreza y abandono por todas partes; donde el Estado es un inmenso aparato burocrático, irresponsable, minado por la corrupción, y por eso necesita ser tan represivo. Y nunca se justificó tanto la protesta como el año anterior, cuando un estallido social inexorable acabó de ser alimentado por una pandemia extenuante y por un gobierno insensible.

Eso se veía venir: miles de jóvenes abandonados por la sociedad, sin ingresos, sin formación, sin oportunidades, en manos del rebusque, tenían que salir a las calles a expresar su exasperación, a demostrar que a pesar de todo no estaban muertos, y que lo único que pedían era educación, empleo y dignidad.

Y ahí sí los tribunales, que nunca están para ofrecer justicia oportuna, salen ante los reflectores a demostrar que la justicia existe, del único modo que saben hacerlo: abusando del pobre. Porque Colombia se ha convertido en un país donde para el rico ladrón y para el político corrupto las cárceles están alfombradas, pero al pobre y al desvalido sí se le muestran los dientes de la justicia.

Un país donde se perdonan las masacres, se hacen tribunales especiales para los que obran violencia contra la población, donde se absuelve hasta el genocidio, pero donde la desesperación de los pobres se sigue castigando con la misma ferocidad con que antes se llevaba a los indios al cepo, se cargaba de cadenas a los esclavos y se llevaba a la pira a los infieles.

Lo hacen para que todos piensen que aquí sí existe la justicia: pero justicia verdadera es la que previene los males, mucho más que la que los castiga.

Yo no dudo de que los pueblos cuando estallan causan destrozos y cometen delitos, lo que nadie recuerda son los delitos que se han cometido contra ellos. Y las condenas que se imponen a los que obran desmanes serían menos escandalosas si la justicia fuera igual de severa con todos los crímenes, si no fuera tan evidente que lo que llaman aquí justicia no es para nada ciega, como en las estampas antiguas, sino parcial, selectiva, amañada, efectista, calculadora y esencialmente inútil. ¿O a cuántos ha regenerado?

Aquí la corrupción no se castiga, la arbitrariedad no se castiga, la irresponsabilidad no se castiga; aquí el crimen más bien se estimula, pero la angustia, la indignación y la desesperación sí reciben, y bien pronto, su sentencia.

Alguien debería recordar que hace tiempo no se veía en Colombia una respuesta policial tan severa ante el estallido social como la que vimos en 2021. El Estado cometió verdaderos crímenes: en cualquier lugar del mundo lo que aquí pasó sería visto como un abuso de grandes proporciones, y más cuando la pobreza de siempre se había agravado, la angustia de los jóvenes había crecido y la desesperanza de toda la sociedad llegaba al extremo.

¿No les permite eso a los jueces entender que las circunstancias eran demasiado agresivas para que se pueda juzgar a los responsables con tanta severidad? ¿Y por qué nunca se corrigen las causas? ¿Por qué nunca un gobierno puede decir: “Ellos no tienen derecho a estallar porque ya les dimos empleo, educación, oportunidades, un lugar digno en la sociedad y en la historia”? ¿Hasta cuándo seguirá este Estado cínico cobrándonos lo que no nos ha dado?

Yo escribí hace un año un saludo a los jóvenes de Puerto Resistencia, reflexionando sobre la urgencia de una política de juventudes verdaderamente responsable y generosa. Hoy los invito a seguir firmes y a ser creadores, hasta que las cosas cambien de verdad. Hay que rechazar la violencia, pero la sociedad entera tiene que comprender las circunstancias.

Y si no se despliegan con urgencia las soluciones a una crisis que se ha incubado gobierno tras gobierno y represión tras represión, no sobra recordarles a los apóstoles de la ley severa y a los prosélitos del castigo que nunca se resolvieron los problemas de las sociedades con cárceles y policías sino con humanidad y con oportunidades, que una sociedad justa no es aquella donde se hacen cárceles cada vez más grandes y crueles, esa creciente tentación de los autoritarios, sino donde las cárceles son cada vez menos necesarias porque cada quien tiene lo que necesita y puede luchar por lo que sueña.

Y si son capaces de inventar tantos mecanismos jurídicos ingeniosos para perdonar a los genocidas, para negociar con las empresas criminales y para desmovilizar a los que están armados hasta los dientes, deberían ser capaces de encontrar la manera de ser severos pero justos con los que nunca tuvieron ninguna oportunidad, con los que fueron lanzados a las calles por el hambre, por la desesperación, o por la pérdida de toda fe en un orden que no les brinda ninguna esperanza.

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