El martes pasado el mundo vivió una de las jornadas tal vez más tensas y angustiosas de la historia, y como suele pasar en estos tiempos, como ha ocurrido con el atentado a las torres gemelas, con la pandemia, con el auge de la inteligencia artificial, la vivimos en todas partes y en simultáneo. Es lo que le da su sabor singular a esta época: que un solo hecho puede implicar y paralizar al planeta entero.
En esa jornada todo era alarmante y grotesco: ver a un jerarca incomprensible amenazando con el arrasamiento de una nación y con aplastar “a toda una civilización”; temer que Israel, fiel al espíritu de su héroe mitológico Sansón, pudiera llegar al extremo de desplomar el cielo sobre sus enemigos y sobre sí mismo, utilizando contra Irán sus armas nucleares; temer que Irán llevara su furia de misiles más allá de los 2.000 kilómetros que han sido hasta ahora su límite; comprobar que las otras grandes potencias orientales y occidentales parecían estar solo a la espera, sin propuestas, sin opiniones, todo era desalentador.
Pero lo más grotesco es que hayamos llegado al punto de que en manos de un hombre enfermo de prepotencia y peligrosamente impulsivo parezca estar el destino de millones de seres humanos y tal vez el rumbo de la historia entera. Mucho se ha dicho que a este hombre hay que juzgarlo por sus actos y no por sus palabras, pero es que hay palabras que son actos. Ni Hitler, que se las daba de ser culto, se habría resignado a proclamar con tanta estolidez que está en sus manos destruir a una civilización para que no vuelva jamás.
Lo que nos define como humanos es nuestra voluntad de considerar como algo propio todo rasgo de civilización humana; la frase de Publio Terencio “humano soy y nada que sea humano me es extraño” es el más alto símbolo de la dignidad de nuestra especie; tiene que dolernos como una pérdida personal toda profanación de una cultura. Por eso oír a un necio prepotente amenazar precisamente la memoria de una civilización de la que brotaron casi todas las otras es sentir que nos ha tocado la peor época de la historia.
Hace rato ya que este hombre en su exasperación le promete el infierno a todo el que no le obedezca, y uno se pregunta con asombro de dónde saca tanto infierno. Hasta el Armagedón se ha convertido en la retórica de los forcejeos políticos, pero nuestra tragedia consiste en que los que chantajean con el Apocalipsis están de verdad en condiciones de desatarlo.
El cumplimiento de la amenaza criminal de Trump contra Irán habría desencadenado un infierno, pero no solo para Irán sino para todo el Oriente Medio, para el mercado mundial, disparando aún más el precio del petróleo, trayendo el caos a la economía mundial, y acabando de hundir el prestigio del imperio. Habría sido, no muy a la larga, también la ruina de Trump y de su proyecto, pero ese fin deseable tendría un precio tan catastrófico que al final no representaría un triunfo para nadie: el hundimiento calamitoso de Estados Unidos sería también el hundimiento de una edad humana y sin duda de una civilización.
A pesar de nuestra indignación, Estados Unidos no puede confundirse con Trump, y ya alguien dijo que nadie puede odiar un país entero: que no se pueden odiar hogares, gatos, ríos, bosques, llanuras, atardeceres, libros, obras de arte, diseños exquisitos, montañas y arquitecturas, o, como diría en una enumeración más delicada Emily Dickinson: “hombres y niños y junio y las alondras”. A despecho de sus rapacidades, sus abusos y sus extravíos hay una larga caravana de sueños, de inventos y de méritos que testimoniarán a favor de Estados Unidos en los tribunales de la historia.
Esta jornada oscuramente mítica del 7 de abril de 2026 no solo tuvo la humareda de azufre de su costado infernal sino también un sabor de heroísmo. Ya en días pasados las multitudes en California, en Minneapolis, en Chicago, en Nueva York, se habían lanzado a las calles a rechazar el delirio imperial. “No Kings”, decía el letrero que miles de personas llevaban en sus pancartas y que un manifestante vestido como princesa de historieta mejoró con la adición traviesa. “No Kings, only Queens”.
Pero esas multitudes se vieron superadas el martes por los miles y miles de iraníes que ante la amenaza de que su país iba a ser aniquilado, en lugar de correr a esconderse salieron a llenar los puentes donde caerían las bombas y a rodear con cordones humanos las centrales eléctricas donde iba a llover el exterminio. El valor de un pueblo que no se amilana ante el chantaje ni se inclina ante el soborno siempre será conmovedor: nos devuelve la fe en la dignidad humana y a lo mejor influye en los resortes secretos de la historia.
No podemos olvidar que el propio Congreso de Estados Unidos estaba atento, porque si el presidente no pidió autorización para entrar en guerra menos había sido autorizado por nadie, en un país que todavía se precia de sus valores aunque los hayan pisoteado tanto, para “destruir a una civilización”.
El poder de la idiotez no puede ser tan irrestricto, y ya es hora de que la humanidad reaccione, antes de que los locos investidos por una democracia harto dudosa en sus principios y sus métodos vuelva cenizas lo más sagrado y nos siga cubriendo con su fango de indignidad.
Nos dicen que por dos semanas más el mundo se ha salvado. Aunque se diría que lo que delatan las frases altisonantes y las amenazas infames no es poderío sino más bien desesperación: mientras el supuesto perdedor se negaba a firmar el alto el fuego, era el supuesto verdugo el que clamaba por una tregua y por la apertura del estrecho de Ormuz. Pero todos seguimos siendo rehenes de unos poderes que pisotean la dignidad de la especie y del mundo. Hace ya 80 años somos víctimas del chantaje nuclear en que nos ha hundido en el mundo el complejo militar industrial.
Y qué extraño que esta semana el mismo poder que con una mano suspendía el horror de su amenaza sobre el mundo con la otra estuviera alcanzando la cara oculta de la Luna. Las dos cosas parecen los dos extremos de la condición humana, su barbarie feroz y su ambición sublime, pero en realidad ambas pertenecen al peor costado del hombre: su prepotencia casi sobrehumana. Ambas se alzan para no dejarnos ver la cara oculta de la tierra, este mundo donde el creciente irrespeto por lo humano sigue siendo más visible que la capacidad humana de reaccionar.