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¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?

¿Por qué se entienden tan bien los contrarios? ¿Trabajan para el triunfo de un misterioso tercero? Es sorprendente la manera como los malos son la herencia que nos dejan los buenos. Los que niegan el cambio climático vienen después de los que han permitido el cambio climático y se han beneficiado de él. Antes de que venga Trump a apoyar el genocidio en Palestina, ya Biden ha tolerado el comienzo de ese genocidio. Antes de que llegue Bukele con sus megacárceles inhumanas, ya otros habían permitido la proliferación de las pandillas. Antes de que llegue Milei con su estrategia antipopular y sus curas de burro contra la inflación, ya los kirchneristas habían extenuado las arcas públicas sin control y sin previsión. Antes de que llegara Trump a manipular en su beneficio la usurpación del poder en Venezuela, ya los maduristas habían perpetrado esa usurpación. Antes de que llegara Abelardo a agudizar la polarización de Colombia, ofendiendo cada día al medio país que no votó por él, ya Petro había agudizado la fractura de la sociedad, declarando criminales a todos los que gobernaron antes de él.

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Así bailan el tango cogiéndose el paso y aprovechando cada movimiento del otro para improvisar sus cabriolas. Un clima de tensión y conflicto crece en cada sociedad, y va contribuyendo a esa tensión extrema que calienta el planeta. Cada quien cree obedecer solo a sus convicciones ideológicas, sin darse cuenta de que es el caldero planetario el que está preparando sus desastres. Por eso los primeros en perder eco y relevancia son los moderados, los que llaman al orden y al entendimiento, porque el siguiente capítulo, al parecer, no es de construcción sino de destrucción, no es de tibieza sino de fuego corrosivo.

Pero es que uno no entiende por qué estalló la Primera Guerra Mundial en plena “belle époque”, hasta cuando comprende que durante todo el tiempo previo las naciones se habían venido armando desmedidamente sin saber para qué, y que todos los grandes inventos de un siglo industrioso, los trenes, los aviones, las metralletas, la dinamita, se habían ido acumulando y refinando hasta estar listos para la gran conflagración.

Las dos únicas cosas en las que toda la humanidad se pone súbitamente de acuerdo es en el valor del dinero y en el poder de las armas. ¿Y qué se necesita para una guerra? A veces ni siquiera ganas de hacerla, a veces simplemente los medios para hacerla.

Lo triste es que antes era menos fácil hacer la guerra que ahora, porque antes con una guerra todo el mundo perdía algo. Ahora en cambio estamos en un tiempo infame, más peligroso que nunca, cuando también la guerra se ha convertido en un negocio, y hay unos poderes que no necesitan ganar la guerra porque su triunfo está en que la guerra comience: el negocio es que haya guerra, y por eso es que se avivan las polarizaciones.

La Segunda Guerra Mundial fue un conflicto en el que ya no ganaron unos países o unos imperios sino otra cosa, el gran complejo militar industrial que desde entonces nos gobierna. Por eso desde hace décadas los grandes inventos de la industria son fruto de la ingeniería militar: los computadores, los teléfonos celulares, la inteligencia artificial. Vastos y minuciosos sistemas de espionaje, de vigilancia y control. Y lo más ominoso de su estrategia es que se nos venden como herramientas de comunicación, como instrumentos de la libertad y de la autonomía, cuando en realidad son una red en el sentido más sofisticado y más mortífero: una sutil y luminosa tela de araña.

Pero mucho nos equivocaríamos si pensáramos que la telaraña es un invento maligno. Su viscosa simetría es una estrategia de la vida, un misterioso recurso del universo. Su posible bondad o maldad parece estar más allá de nuestra comprensión. Ojalá sirva para la continuidad de la aventura de la vida, ojalá no sea el callejón sin salida que conduce al colapso.

Lo cierto es que a la historia no la gobiernan los caprichos de los individuos, por monumentales que parezcan. Augusto o Carlos V, Napoleón o Hitler, Putin o Trump, ¡qué pequeños resultan al cabo de unos cuantos años! Parecía que nada se moviera sin su consentimiento, pero al final son piezas de un tablero que gobierna otra voluntad. Como bien dijo Borges: “Dios mueve el jugador y este la pieza,/ ¿qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”.

Hace poco vi en la red una entrevista que le hicieron a Isaac Asimov. Le preguntaron si los robots, o para hablar en un lenguaje posterior, si la inteligencia artificial iba a sustituirnos y a dominarnos. Su respuesta fue más bien desconcertante, pero llena de interés: “Cuando los robots sean suficientemente inteligentes -dijo-, deberían sustituirnos. Hay muchos ejemplos en la evolución de la especie humana, y en la evolución de la vida, donde una especie ha reemplazado a otra, porque era más eficaz que ella. No creo que el homo sapiens tenga un derecho divino a estar por encima de los demás. Si existe algo mejor, que nos reemplace. Es más, creo que somos tan malos conservando la tierra y los seres vivos, que cuanto antes nos sustituyan, mejor será para todas las formas de vida”. Inquietantes palabras.

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