Nada bueno se le puede augurar al gobierno de Abelardo de la Espriella si se empeña en la tarea inútil de atribuirle al gobierno de Petro todos los males de Colombia. Porque es lo mismo que hizo Petro: descargar culpas a diestra y siniestra. Pero antes de que Petro y Abelardo nacieran ya venían galopando los potros del desastre colombiano, y no sirve echar culpas sino obrar cambios, y si Abelardo se empeña en no comprenderlo, como no lo comprendió Petro, nos va a llegar primero el Juicio Final.
El pecado de Petro es no haber cambiado nada, haber descubierto como buen populista que el agua moja, que repartir plata y puestos promete lealtades y gratitudes aunque no las asegure. El pecado de Petro es haber creído que la paz se hace pactando con criminales, que la reforma agraria se hace comprando tierra y repartiéndola, que forcejeando con corruptos se pueden lograr reformas históricas, que se combate el desempleo aumentando la burocracia, y que gobernar es repartir lo que no hay.
De todas las acusaciones que cada día lanzan contra él, con evidente mala fe, no se revelan grandes crímenes: lo único que uno comprende es que Petro es un fulano incoherente e irresponsable, que no es capaz de engrandecer a su gente ni de estimular verdaderos liderazgos, que es vanidoso, prepotente, mal amigo y peor jefe.
Pero no que su gobierno haya hundido al país más de lo que estaba, porque la pobreza extrema aquí es una deuda antigua, la falta de un mercado interno es un mal de origen, condenar al rebusque al país entero es nuestra costumbre más arraigada, la violencia nació con la Conquista, renació con la Independencia, se alimentó de conflictos civiles hasta la Guerra de los mil días, se fortaleció con el bipartidismo faccioso, se agravó con la destrucción del campesinado, se agrandó con la marginalidad urbana y con el narcotráfico, y es la consecuencia natural de un régimen corrupto, insensible, falto de grandeza, de imaginación y de generosidad.
Todo archiconocido, todo archipadecido; que no nos vengan con el cuento de que se lo inventó Petro, porque Petro no es capaz de ningún pecado original. Y por eso la novedosa solución de mano dura, la invocación al peso aplastante de la ley y la exhibición de la fuerza mandibular del tigre son exabruptos y énfasis que quieren hacernos olvidar en qué país vivíamos. Mano dura es lo que tuvimos por décadas y no fue suficiente; el peso de la ley tuvo llenas las cárceles y no nos sacó de la violencia ni del resentimiento. Y a los implacables pacificadores ya los pintaban como tigres los periódicos del siglo XIX.
Es hora de que a nuestros gobiernos se les ocurra algo más que echar culpas, alguna idea que represente verdadera modernidad, un esfuerzo efectivo de industrialización, una generación de empleo en grande, un proyecto educativo de verdad transformador, un plan de infraestructura que permita que la sociedad deje de convulsionar y empiece a avanzar, un compromiso para que el Estado sea eficiente y ocupe el territorio, no con armas y con bombardeos como hasta ahora, sino con servicios, con apoyo al trabajo, a la familia y a la iniciativa social, con estímulos para el talento.
Porque es la falta de iniciativas reales y pasiones profundas lo que hace que el patriotismo de la gente dependa exclusivamente y hasta las lágrimas de las piernas de James Rodríguez o de la señorita Colombia. Es la falta de tareas históricas lo que hace que el periodismo termine siendo apenas una letanía de acusaciones, un esfuerzo cotidiano por mostrar cuán malos son los otros, y una cacería de brujas y ladrones.
Qué miseria tener que dedicar la vida a la tarea de odiar a Uribe o de odiar a Petro, esa manera rencorosa de eternizarlos; qué pobreza depender tanto de los pecados ajenos para tener de qué hablar, no concebir un proyecto que conduzca de verdad a una sociedad reconciliada, a una economía próspera, con vidas provechosas y espacios donde se pueda disfrutarlas, a una sociedad que no solo aspire a ser feliz sino que pueda intentarlo.
Los gobiernos saben que hay que unir al país, que hay que superar la polarización, lo saben todo el día, pero en cuanto llega la noche al que no se le sale el tigre se le escapa el jaguar. Y ya solo saben emitir rugidos. Ojalá este gobierno encuentre la manera de no pensar solo en su santa indignación y en sus odios favoritos, sino en las necesidades reales y las posibilidades increíbles de un país siempre postergado, de una comunidad ninguneada igual por los que la desprecian y por los que dicen amarla, y que si sigue siendo tan pobre es porque es conmovedoramente honrada.
Y claro que hay que devolverle su grandeza a la fuerza pública, pero para ello no basta con adularla: hay que exigirle respetar el honor que el país les concede y las armas que el país les confía, no dejarse arrastrar a la indignidad, y corregir los errores, porque de la impunidad no se cosecha nada.
Los pueblos solo escapan a sus maldiciones cuando dejan de girar en la rueda de las venganzas, cuando se atreven a inventarse una agenda de aspiraciones y conquistas en la que quepa todo el mundo. Cuando el tiempo de la violencia ha sido demasiado largo ya no hay nadie que no sea a la vez culpable y víctima. Ochenta años de conflictos no se resuelven con nuevas venganzas ni con tribunales, sino con horizontes abiertos donde una nueva generación arme un relato de tareas grandes y se sacuda de culpas y amenazas.
Y en vez de gritar estentóreamente “¡Viva Cristo Rey!”, como un eslogan vacío, más vale que seamos capaces de repetir con honradez lo que ese rey enseñó: que “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.