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Cuando yo era niño, el ejército colombiano tenía la costumbre de exhibir cadáveres.
Montaban con helicópteros y con fuerzas terrestres un cerco contra Desquite, contra Tarzán, contra Sangrenegra; “los daban de baja” (para usar el nombre que más les gusta en los despachos oficiales de la vieja costumbre de matar seres humanos), y después en camiones y en volquetas los exhibían por las calles y los pueblos de Colombia, supongo que no solo para cantar victoria sino para pregonar la vieja sentencia de que “el crimen no paga”, y también para dejar en las conciencias un sabor de escarmiento.
Cada cierto tiempo, en esta historia cíclica, Colombia vuelve a exhibir sus cadáveres, y al parecer está comenzando de nuevo la ronda.
Los gobiernos siempre quisieron convencernos de que mostrar cadáveres de delincuentes es una señal de triunfo, pero la prueba de que no lo es está en que pasan las décadas, y los entierros, y los dolientes, y las lápidas, y siempre hay que volver a hacerlo. Y nuevos gobernantes vuelven a caminar entre las bolsas cada vez más blancas y modernas que guardan los cadáveres, y vuelven a decirnos con voz recia que estamos triunfando.
No es verdad. Estamos repitiendo un fracaso, y eso es distinto. Cuando una sociedad solo tiene las armas para instaurar la justicia, es porque ha fracasado. No quiero decir con esto que la sociedad no tenga derecho a defenderse de los que la amenazan, la extorsionan, la asaltan y la matan. Digo que esa defensa es un recurso, pero nunca es una solución. Por eso se repite. Por eso vuelve siempre.
Más que en otros países, la historia de Colombia es la de una caravana de féretros. La fotografía de ese gran testigo que es Jesús Abad Colorado de un desfile de féretros en una población de Colombia, podría corresponder a cualquier momento de nuestra historia, y Fernando Botero la repintó con los colores del mito.
Desde la infancia estoy oyendo que tenemos que alegrarnos con la muerte de los monstruos, y toda la vida he dicho con el corazón que el principal deber de Colombia no es descubrir cómo matar a los monstruos, sino descubrir cómo dejar de engendrarlos.
Pero no lo hemos descubierto, ni la llamada derecha, que desde hace mucho tiempo al grito de “Viva Cristo Rey” emprende sus cruzadas implacables, ni la llamada izquierda, que cree que podemos deshacernos del crimen conviviendo con él.
Durante todo su gobierno, le dijimos a Petro que si no se atrevía a crear de verdad realidades nuevas iba a dejar el país en manos de los discursos viejos. Y lo malo es que mientras los discursos de Petro son solo eso: discursos, y no tienen un correlato en los hechos, los discursos viejos sí se fundan en hechos: la fuerza pública, la mano dura, las penitenciarías, y la orden perentoria de “dar de baja” a los que no se sometan a la ley.
Aquí siempre después de las manos blandas llegan las manos duras: lo que nunca se ha visto es que lleguen las manos limpias. Y yo diría que las únicas manos limpias son las que no están manchadas ni de corrupción ni de sangre.
Yo a todos los gobiernos les digo lo mismo; hay que industrializar el país, hay que modernizar el país y hay que reconciliar al país. Regalar subsidios es fácil, pero nos lleva a todos a la ruina: crear empleo es difícil, pero nos enseña a ser útiles y nos educa en una ética del trabajo. Ser una fuerza letal es fácil, ser una fuerza civilizadora es difícil. Perseguir el mal es fácil, encarnar el bien es difícil. Alzar vivas a Cristo Rey es fácil, acatar su mandato de no matar es difícil.
Pero aquí solo se piensa en soluciones rudimentarias. Se piensa que para dejar de repartir plata hay que empezar a repartir plomo. Y que mostrar eficiencia es mostrar cadáveres.
Lo cierto es que sin una verdadera modernidad no podremos salir a otra parte. Modernidad significa mercado interno, infraestructura, industria, puertos, autopistas, puentes, ferrocarriles, renovación urbana, diálogo con el mundo, impulso a la ciencia y a la tecnología, un debate múltiple y abierto, iniciativa ciudadana real, que no son los rebaños dóciles de la manipulación ideológica.
Hay quienes piensan que hay que oponerse a la modernidad para proteger la naturaleza y sus recursos, pero no: oponerse a la modernidad es defender el atraso, la violencia y la depredación.
Los gobiernos de los países verdaderamente avanzados no caminan entre bolsas de cadáveres, ni se fundan en construir megacárceles.
Ni los que hace poco exhibían la bandera de la “guerra a muerte”, ni los que pretenden que el remedio se reduce a una política de exterminio tienen de verdad una solución.
Recuerdo que una vez le preguntaron a García Márquez qué opinaba de la pena de muerte, y contestó: “Yo no solo estoy contra la pena de muerte; yo estoy contra la muerte”.
