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Son gente humilde

William Ospina

02 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

Hay guerras que están perdidas desde el comienzo. Negar el cambio climático es una guerra perdida, porque además lo empeora. Puedes luchar contra los argumentos, pero no contra las llamas, contra la sequía, contra la hambruna. Y como todo está encadenado, la crisis climática trae más pobreza, la pobreza más éxodos, la emigración más conflictos.

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Los Estados creen que todo lo pueden resolver con autoridad, pero la fuerza es apenas un dique, y lo que hay que controlar es el origen de las aguas, el arrastre de las crecientes, la fuente de las avalanchas.

Para no tener que hacer cárceles cada vez más grandes hay que lograr que la gente viva de acuerdo con la ley y no al margen de ella. Pero para ello la ley tiene que ayudarle a la gente a vivir, no cerrarle las puertas.

Y ahora hablan de batalla cultural, eso sí que da risa. La cultura es una respuesta a la guerra, no uno de sus campos de batalla. La cultura no es un relato ideológico, es un escenario de creación, un espacio de libertad, un taller de soluciones.

Por eso se equivocan todos los que creen que a la cultura se le pueden trazar unas tareas y dictar unos objetivos. Se equivocan todos los que creen que hay que hacer cultura para algo, que hay que hacer arte para algo. El arte es un reino de libertad y, si se quiere, de arbitrariedad. El arte vuela a leguas por encima de la política, y por eso termina teniendo tanto poder sobre ella.

Y el arte que se somete a la política enseguida deja de serlo, porque ya sabe lo que quiere, y el que sabe lo que quiere no puede crear. Crear es caminar por lo desconocido. Ese es el sentido más alto del grito de Baudelaire: “Cielo, infierno, ¿qué importa? ¡Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo!”.

Esa novedad no pueden ser las modas triviales sino las soluciones originales. La humanidad no puede saber en un momento de la historia que ha llegado la hora del individuo, pero crea la poesía lírica, desarrolla el arte del retrato, introduce la perspectiva, inventa la novela. La humanidad no puede saber que por haberse apartado del instinto necesita un freno moral para sobrevivir, pero engendra las mitologías y crea las religiones. La humanidad no sabe que necesita aliar las memorias, darle un cauce a su energía vital, contar con un lenguaje más allá del sentido, pero engendra la música, la danza, la poesía.

Las ingenuas izquierdas y derechas creen que la cultura es algo que se gobierna, que se administra. Le dan recursos a lo que les interesa y se los niegan a lo que les molesta. Es esa idea del Estado como un repartidor de premios y castigos; ese intento absurdo e imposible de volver a la sociedad uniforme.

Y hablan de batalla cultural porque en las batallas tiene que haber un triunfador y un perdedor. No solo derrotar a Cartago sino arrasarla con fuego y con sal. Qué idea triste de la cultura. La cultura verdadera sonríe y prepara sus ironías y sus máscaras.

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Sabe que llega la hora de burlarse de todo lo que divide al mundo entre los buenos y los malos. Sabe que no hay que hacer un arte para la paz porque todo arte de verdad engendra paz. Sabe que la libertad no es una gran consigna sino una gran pregunta. Y que hay que dejar a los políticos vestidos para la batalla, y empezar las piruetas, y llamar a los duendes, y descender al cielo, y subir al infierno.

Ay del que emprende la batalla cultural, porque la tiene perdida de antemano. Pero sobre todo va siendo hora de que los protagonistas de la cultura dejen de ser los funcionarios y vuelvan a ser los creadores y los pueblos. Porque a los males más grandes, el cambio climático, las basuras, la deshumanización de la vida, la depresión, las adicciones, la muerte del futuro, no los van a vencer los políticos ni los estados ni los burócratas sino el entusiasmo de los seres humanos, las culturas, sus creaciones y sus nuevos mitos.

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Hubo aquí hace años un programa cultural que se llamaba CREA, que no pensaba que hay que llevarle la cultura a la gente sino que hay que ir a ver cómo la gente día a día en todas partes engendra la cultura: músicas, danzas, gestos, piruetas, cuadros, réplicas, fotografías, películas, carnavales, fiestas, parodias, ornamentos, recetas, relatos, juegos, joyas, instrumentos, indumentarias, mapas, rizomas, mantras, monstruos y laberintos. Y no para que todo se convierta en negocio o en industria enseguida, sino para que la sociedad respire, juegue, viva y trabaje por la vida.

Ante el fracaso de todo lo que existe tenemos que ponernos a inventar cosas nuevas, para que dejen de ofrecernos la ilusión estúpida de que ahora hay máquinas que pueden dar los besos por nosotros.

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Claro que el poder siempre intenta tener el control, pero la vida sabe abrirse camino. Julio II puede ordenarle a Miguel Ángel que pinte la enorme capilla, pero no logra impedir que el artista le llene esos espacios de cuerpos desafiantes y desnudos, que la vida irreverente lo inunde todo.

Dicen que al ver la obra terminada el papa le dijo al pintor, con preocupación: “Pero… están desnudos”. Y que el artista, mirando los ropajes lujosos del papa, le respondió: “¿Qué quiere? Son gente humilde”.

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