El colombiano es un Estado miserable. Lo era bajo el poder de la llamada derecha, y lo sigue siendo bajo el poder de la llamada izquierda. Y tal vez ambas denominaciones son falsas, porque ni la derecha le da al país seguridad y estabilidad institucional, ni la izquierda le da inclusión verdadera ni equidad nacida de una orientación en grande de la economía productiva.
El orden jurídico formal del país ha sido de un apego maniático, no al principio de la justicia, sino a la letra de las leyes, aplicada siempre a legitimar arbitrariedades: el orden de injusticias heredado de la Colonia, hecho a partir del despojo y del ninguneo; el orden de injusticias heredado de la Independencia, que repartió entre los generales las tierras de los españoles; y el orden de injusticias labrado en el forcejeo salvaje de las guerras civiles del siglo XIX.
Un amigo mío solía repetir que había estudiado Derecho, pero que al final lo abandonó por amor a la justicia. ¿Quién ignora en este país de abogados que aquí la ley y la justicia no se parecen en nada? ¿Quién ignora que aquí el peso de la ley (con el que tanto amenaza este señor Abelardo) solo cae con inclemencia sobre los que nunca fueron protegidos por la ley? ¡Para que ahora vengan a decirnos que la gran solución son cárceles más grandes!
¿Quién ignora que todos los desórdenes del presente son la herencia de largas y bien elaboradas injusticias? Pero eso no significa, como lo piensan el actual gobierno y sus enérgicos enemigos, que todo se corrige cobrando una a una deudas viejas, delitos herrumbrados y crímenes fosilizados. Porque esto ya no es un problema de culpas, sino de largas e inveteradas costumbres.
Por eso cambiar solo puede consistir en darle a todo una nueva orientación y una nueva dinámica. No restaurar una inexistente justicia original sino tender a una verdadera justicia, a un orden nuevo nacido de otra lectura de la realidad y de otro proyecto histórico. Tal vez solo en ese sentido tendría razón la tesis que Marx esbozó en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, y que los chinos están aprendiendo a aplicar, según la cual “las revoluciones de hoy no pueden extraer su poesía del pasado sino únicamente del porvenir”.
Pero para los políticos de Colombia el porvenir no existe: solo existe el pasado, y no existe para aprender de él sino para descargar culpas y pasar cuentas de cobro. Colombia lleva a cuestas sin cesar su pasado, como una cruz. Y no ha vivido de verdad las grandes conmociones de la modernidad, esas alas audaces que trajeron la ilustración, el racionalismo y el romanticismo: la pasión de la libertad, la invención de la sociedad, la embriaguez de la personalidad creadora, la superación de esas épocas cenagosas en que solo reinaban en el mundo las costumbres, los fanatismos, las armas y la superstición. Por eso pasamos del que reparte lo que no tiene al que promete disparar sobre todo lo que se mueva.
Pero volvamos a la miseria de este Estado. Aquí es inmenso y consume en su propio funcionamiento casi todo el presupuesto nacional, pero no les garantiza a los gobernados ni la vida, ni la propiedad, ni la dignidad. Las facultades de Derecho, que abundan, deberían pasarse los días y las noches estudiando por qué en Colombia cada tanto tiempo miles y cientos de miles vuelven a perder, a manos del caos y la arbitrariedad, su vida, su honra y sus bienes. De eso que llaman el orden institucional todo es letra viva para impedir transformaciones, y todo es letra muerta para garantizar derechos y libertades.
Acabamos de ver cómo un régimen que sinceramente anhela la igualdad y la justicia, cree que una mayor igualdad puede alcanzarse repartiendo lo poco que hay y no invirtiéndolo para darle de verdad poder a la gente. Acabamos de presenciar un ejemplo de ese espíritu de beneficencia que, creyendo favorecer a los pobres, los eterniza en la pasividad y la dependencia. Es más, ahora, con la prodigalidad de los que esperan ser idolatrados y recompensados enseguida por el pueblo agradecido, ya no se reparte lo que hay sino lo que no hay; de un modo alarmante endeudamos al país para repartir, o sea que le regalamos con generosidad a la ciudadanía deuda y más deuda.
Hasta en los favores que hace, el nuestro es un Estado miserable, porque es la estampa misma de unos políticos con ambición y sin visión, cuyo empeño es demostrar por contraste que los otros son torpes y malignos. No se dan cuenta de que cosechan su prestigio sembrando apenas ruina.
Un Estado enorme que no ejerce bien sus funciones en la mitad del territorio y ni siquiera existe en la otra mitad; que cuando interviene es para desmontar la economía; que pretende pacificar el país no dándoles una función a los rebeldes sino quitándoles lo poco de útiles que tienen, y que los desampara, dejando todo en manos de otras mafias; un Estado que no crea empleo, ni orienta la educación, ni protege la familia, ni abre horizontes a los jóvenes; que gasta sin cesar en lugar de invertir; y que persiste en atizar las confrontaciones, en ahondar la grieta social, en alimentar las discordias, es el que mantiene en estos días a la sociedad en la cuerda floja entre sus irresponsabilidades y sus miedos, con medio país siempre esperando del otro medio lo peor.
Y aquí una prueba más de que es un Estado miserable. Por falta de oportunidades ha expulsado del territorio a más del 10 % de la población. Esos emigrantes no se van porque no quieran el país, a lo mejor son los que más lo quieren, si pensamos que afuera nos engrandecen y muy a menudo nos hacen admirables a los ojos del mundo, en la ciencia, en el trabajo, en el arte, en la literatura, en la música, en la gastronomía, y viven más conectados con el país que los que permanecemos aquí.
Pues bien, esos emigrantes laboriosos y abnegados saben que sus familias están aquí padeciendo las estrecheces del país, padeciendo al Estado parásito que a todo el que trabaje le quita lo que puede a cambio de no garantizarle nada. Esos emigrantes trabajan a veces jornadas dobles y triples para ayudarles a los que se quedaron, y de ese modo al país. Acaba de publicarse que Colombia está recibiendo más de mil millones de dólares al mes de remesas de esos que expulsó el Estado irresponsable y corrupto. Que Colombia recibe en remesas más de doce mil millones de dólares al año.
¿Y saben qué hace enseguida el Estado irresponsable y ladrón, tan alcabalero ahora como antes? Advertirles que va a estar vigilante para exprimir con impuestos esas remesas. No es capaz de crear nada, de cambiar nada, porque todo lo da torcidamente y con doble intención. Pero a lo que pueda caerle, le cae.