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Una política para toda la sociedad

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William Ospina
05 de julio de 2026 - 05:06 a. m.
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Tengo que decirle a Abelardo de la Espriella lo mismo que le dije a Gustavo Petro durante los últimos tres años: que Colombia necesita una economía formal en grande, producir y no importar las cosas básicas que consume; que necesita tener fábricas, agroindustria, empleo para todos, infraestructura, autopistas, puertos, trenes de alta velocidad, puentes, renovación urbana.

Que Colombia necesita sobre todo, y sin renunciar a la modernidad, salvar y proteger su naturaleza privilegiada y su territorio megadiverso, y que eso no se hace con un Estado indolente e irresponsable, sino con un Estado respetuoso y digno que haga presencia en todo el territorio.

Que necesitamos una revolución educativa que conecte a los jóvenes con la economía pero también con la sociedad y con el mundo. Que Colombia necesita un Estado que dé ejemplo de honradez y de eficiencia, que atienda de verdad a los ciudadanos y no los siga tratando eternamente como sospechosos y como estorbos para la administración.

Tal vez seamos el país de la belleza, pero necesitamos volver a ser el país de la confianza, porque es la confianza entre conciudadanos lo que hemos perdido en estos 80 años de violencia. Necesitamos un gobierno que gobierne para todos y no solo para una parte de la sociedad, descalificando a la otra. Solo los que saben gobernar para todos merecen pasar a la historia.

Pero también le recuerdo que aunque el presidente Petro no hizo los cambios en grande que habrían despertado una avalancha de respaldo popular para su proyecto, ha conservado el apoyo de la mitad del país, un respaldo que no puede discutirse. De poco sirve entrar en un debate sobre si los votos de ambos bandos fueron merecidos o no, porque en nuestra pobre democracia toda votación está interferida por las fortunas que se invierten en las campañas, por el poder que se utiliza para persuadir, o embelesar, o manipular a los electores, y por una larga tradición de pesca de votos con anzuelo y con atarraya.

El gobierno de Petro pudo ser desordenado pero no fue despótico, no tiene presos políticos, y ha merecido la gratitud de los sectores más desamparados de la sociedad, que aquí nunca habían recibido nada. Lo que Petro hizo por los pobres había que hacerlo, es una cuestión de dignidad, y permitir que los menos favorecidos reciban siquiera unas gotas de los recursos del Estado es un acto de justicia elemental.

Otra cosa es que esas ayudas, que en países como Estados Unidos les llueven a las clases medias, y esos subsidios, que aquí antes el Estado solo les daba a los ricos, tienen que ser sostenibles, y por eso es un error gastar a manos llenas sin tener el espíritu previsor de echar a andar una economía productiva en grande con la participación de todos los sectores.

Sinceramente no creo que el problema de la seguridad se resuelva con las megacárceles de Bukele, porque el experimento de convertir a un país en una enorme prisión ya es dudoso en un territorio como El Salvador, más pequeño que el Huila, pero no en un país como Colombia, dos veces más grande que Francia, con un territorio lleno de regiones inaccesibles.

Además, la delincuencia colombiana procede casi toda de la falta de oportunidades en la legalidad, del largo desamparo de las comunidades, del hambre, de la ignorancia, de la violencia familiar, de la exclusión social. Se diría que hasta el auge del narcotráfico es resultado de esas carencias acumuladas. Y a la hora de corregir las cosas hay que empezar por volver responsable al Estado y volver respetuosas a las autoridades, porque he dicho muchas veces, y aquí lo repito con firmeza, que no se trata solo de que el ciudadano respete la ley sino de que la ley respete al ciudadano.

La indignación ante la injusticia, ante la arbitrariedad, ante la irresponsabilidad del Estado y ante la mediocridad de los gobiernos de siempre no es patrimonio de la izquierda. Yo no milito en esos partidos, y he sido siempre un crítico indignado de la exclusión, del centralismo, del atraso, y del modo como aquí se irrespeta y se maltrata a los ciudadanos.

Ojalá sea verdad que el nuevo gobierno no representa al viejo país que nos volvió tan pobres, tan atrasados y tan violentos, porque para mí está claro que ni la pobreza ni el atraso ni la violencia son obra del gobierno de Petro. Ya existían mucho antes de él, incluso mucho antes de Uribe. Quien quiera cambiar a Colombia cometerá un grave error si pretende hacernos creer que los males de Colombia, el atraso, la violencia, la corrupción, la miseria, el abandono, nacieron con el último gobierno.

Enfilar las baterías contra Petro y no contra las hondas injusticias y las mediocridades de siempre sería una equivocación fatal. Aquí todo es consecuencia del viejo país de la politiquería y de los privilegios y es eso lo que hay que corregir profundamente. Mostrar a Petro y al petrismo como la causa de todos los males no ayudará a corregir nada de fondo, porque el único pecado de Petro es no haber acabado con esos privilegios y con esa politiquería. Aquí los males que hay que corregir no son personas, son costumbres.

No creo que por el camino que seguía Petro el país tuviera esperanzas de mejorar sustancialmente, porque fue sobre todo un gobierno de discursos y de buenas intenciones. Y cuando salen a enumerar las obras que se hicieron, claro que en algo tienen que haber gastado los 2.000 billones de estos cuatro años. La gran pregunta es qué parte de esos gastos fortaleció al país, a todo el país, frente al futuro.

Seguramente Cepeda lo habría hecho mejor porque es un hombre más sereno y más serio. Y buena prueba de esa seriedad es que haya reconocido democráticamente el resultado de la elección y no haya alimentado un relato de fraude indemostrable, o un incendio social que no beneficia a nadie, y que perjudicaría sobre todo a los luchadores populares y a los defensores de la naturaleza que nadie protege. Cepeda ha hablado de desobediencia civil pacífica, que es legítima pero que tiene sus condiciones. Está en su derecho como vocero de la oposición, como representante de la mitad del electorado, y en una democracia, su voz tiene que ser escuchada con el mayor respeto.

Es preciso construir el futuro, y no se construirá con solo la mitad del electorado. Pero tampoco se construirá sin esa tercera parte del país que no vota y que es la que necesita más apoyo y más inclusión en un relato de grandeza y de generosidad.

Desde mi punto de vista, no hay tarea más urgente en Colombia que salvar el río Magdalena, porque es la fuente de la vida de la nación, porque es el eje que une el territorio, y de su salud depende la salud de nuestra economía. El río tiene que ser limpiado en profundidad pero también hay que dejar de contaminarlo, es urgente reforestar en grande sus riberas, es preciso cambiar positivamente los métodos de cultivo, es vital protegerlo de la minería depredadora, y hay que recuperar las especies vivas de su cauce, hacer renacer la subienda y la gastronomía de las orillas, y con ella el turismo. La estrategia con el río no puede limitarse a transformarlo codiciosamente en una autopista, su navegabilidad no es incompatible con la tarea principal de devolverle la vida y el respeto de la nación.

Todos los colombianos están invitados a formar parte de la Fundación para salvar el río Magdalena, de cuya cuenca también forman parte Popayán y Cali, Pereira y Medellín. Como bien lo saben Wade Davis, Rodrigo Botero y Germán Ferro, en tiempos en que naciones enteras están salvando y recuperando sus ríos, esta es una causa que debería unirnos a todos, y que no puede limitarse a los gobiernos, porque requiere la participación del país entero. Y esa es la verdadera política que necesita nuestra época.

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