Basta ver el momento que está viviendo la campaña electoral para comprender cuál es la Colombia que nos espera en los cuatro años que vienen, si cualquiera de los favoritos actuales gana la presidencia.
Para los uribistas Petro es el fin del mundo e Iván Cepeda es el Apocalipsis. Para los petristas Uribe es el Armagedón, Abelardo de la Espriella es el demonio y Paloma Valencia es el juicio final. No sé si tengan razón, pero cada uno de ellos se encargará de hacerles la vida imposible a sus adversarios, y por ahí derecho a todos nosotros.
Los unos prometen cárcel para este y juicio para aquel, los otros prometen eso mismo pero además extradición; alguno inclusive usa el escandaloso verbo destripar. Todos parecen ser –¡50 años después!– los aplicados herederos de la tradición de odio que nos enseñaron los liberales y los conservadores del siglo pasado.
Están empeñados en que las nuevas generaciones se echen a la espalda la cruz de sus odios viejos y de sus odios fríos, y no se dan cuenta, mientras nos venden de nuevo esa mercancía trasnochada, que es eso precisamente lo que mantiene a Colombia postrada en el atraso y la mediocridad: sin una vía completa de doble calzada entre las dos principales ciudades del país, sin presencia del Estado en la mitad del territorio, en un abandono que asusta.
Está bien que Petro haya demostrado por fin, y eso honra nuestra democracia, que un colombiano que no pertenezca a las viejas élites puede ganar aquí unas elecciones y ser presidente de la República. Pero también ha demostrado que eso no basta para ser un buen gobernante, ni para traer los cambios que tanto prometió para sus cuatro años de gobierno y que ahora solo le parecen posibles en 20 o en 30. A ese ritmo habría que escriturarle el país con la esperanza de que algún día, si se le antoja, decida transformarlo.
Está bien que Uribe en su primer gobierno haya decidido por fin combatir de verdad a las guerrillas, a las que los otros gobiernos más bien utilizaban de pretexto para justificar enormes presupuestos de defensa, pero a las que dejaron crecer hasta volver el país invivible. Lo que está muy mal es que para hacerlo haya tolerado y hasta estimulado una guerra sucia que manchó gravemente el honor del ejército y enlutó numerosos hogares de inocentes.
Pero es que el Estado colombiano, en manos de la politiquería y de la corrupción, desamparó por décadas a los campesinos e hizo crecer a las guerrillas; después dejó el campo en manos de esas guerrillas hasta que llegaron los paramilitares; y después se unió a los paramilitares para acabar a la brava una guerra que él mismo había comenzado, pero nunca tomó la iniciativa de corregir los males de raíz.
Y los males se corrigen de raíz -nunca me cansaré de repetirlo- creando una economía grande, sana e incluyente, expiando las culpas de esta política facciosa mediante la única justicia real, que no son castigos ni venganzas ni justicias excepcionales sino fábricas, industria, grandes proyectos agroindustriales, vías, puertos, trenes de alta velocidad, un canal interoceánico, trabajo para todos, no limosnas, oportunidades para los jóvenes, una academia con la ciencia y la tecnología vinculadas a la producción para que los profesionales no tengan que irse, un Estado -poco importa si pequeño o grande- pero eficiente y no extorsivo, y una cultura que se haga sentir en el mundo no apenas por el sacrificado talento de sus creadores sino por el compromiso y el concurso de toda la nación.
¿Y con tantos desafíos, los políticos mediocres solo tienen para ofrecernos odio y venganza? Solo saben señalar, como Petro y Uribe, eternamente las culpas de los otros, y crear esta atmósfera de crispación y de víspera de juicio final que es cada irrisoria elección, en un país que sería admirado y respetado en el mundo entero si nuestra capacidad de odiarnos no siguiera eclipsando nuestra capacidad de crear.
¡Y qué lástima ver cómo han logrado hasta ahora que solo ese circo entusiasme a la gente!
Voy a votar por Sergio Fajardo, y votaría también por Claudia López si se pudiera votar dos veces, deseando que gane, pero sin importarme si pierde, solo porque no quiero ser cómplice de la violencia que viene, de esa triste danza de oprobios y de insultos en que se han convertido la campaña y la política, y porque no quiero ser cómplice del certamen de agresiones, de palos en la rueda y de tragedias que promete ser el próximo gobierno, si todo sigue como va.
Aquí nadie está libre de pecado, pero no sé por qué siempre están listos para tirar la primera piedra. Tienen ideas y talento, pero el odio les puede, y lo que más les falta es grandeza. Petro les ha ayudado a los pobres, eso no puede negarse, y Uribe demostró que a Colombia se la podía rescatar del caos. Sin embargo, los dos sucumben a la pequeñez, a esa extraña herencia de rencor de las dos Colombias, que se necesitan, eso sí, la una a la otra, para tener a quién echarle la culpa de todo. Alarmantemente, aunque cada uno tiene sus méritos, les interesa más el fracaso del otro que el triunfo de Colombia.
Por lo menos Sergio Fajardo no es un cruzado del odio, sabe más que los otros cómo administrar, tiene para mostrar avances notables de modernidad en la segunda ciudad del país, y está dispuesto a enfrentar los desafíos sin cobrar agravios del pasado. Y si hasta ahora lo ha borrado el estruendo de los otros, su serenidad será cada vez más necesaria. Porque el que gane en esta polarización va a tener medio país en contra cuatro años más, y al final estaremos oyendo de nuevo a los mismos bandos rencorosos llamando otra vez a la venganza. Pero alguien tiene que pensar más en la grandeza del país que en los miserables odios de aldea; más en lo que hay que construir que en todo lo que dejaron las guerras y los años, los partidos y sus rabiosos discursos.
Y tiene que haber alguna razón para que Colombia, elección tras elección, siga viendo en Sergio Fajardo una posibilidad. ¿Por qué no creerle a Colombia?