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Tolerancia y espíritu liberal

Yesid Reyes Alvarado

09 de octubre de 2023 - 09:05 p. m.

Aun cuando se ha dicho que Gustavo Petro es el primer presidente de izquierda que ha regido los destinos del país, históricamente hemos tenido figuras que han sobresalido por la defensa de libertades como la de opinión, la educativa, la religiosa y la política; que se han esforzado por plantear y llevar a cabo transformaciones orientadas a mejorar la situación del campesinado, racionalizar el uso de la tierra, reducir la pobreza, disminuir la desigualdad social, y que han propugnado mantener abiertos espacios políticos para todas las líneas de pensamiento. Si tuviera que reunir en una sola palabra ese espíritu liberal, escogería la de la tolerancia.

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Manuel Murillo Toro impulsó desde el Ministerio de Hacienda una ley de reforma agraria —que casi un siglo después pudo materializar Alfonso López Pumarejo— e intervino en la redacción de la Constitución de 1863 en la que se abolía la pena de muerte y se trazaba una nítida separación entre la Iglesia y el Estado. López Pumarejo concedió la ciudadanía a la mujer, consagró la función social de la propiedad, fortaleció la Universidad Nacional y centralizó sus facultades en un solo campus, garantizó el derecho a la huelga, permitió la creación de los sindicatos, consolidó la naturaleza jurídica del contrato de trabajo, estableció la jornada laboral de nueve horas y dispuso el pago de las horas extras. La grandeza de personajes como estos no solo radica en la convicción con que defendían sus posiciones, sino también en la capacidad que tenían para escuchar a quienes los contradecían y de rebatir o admitir los argumentos con los que eran confrontados, anteponiendo el interés general sobre el particular.

Esa habilidad de observar la realidad nacional, de interpretarla y de proponer soluciones orientadas a la consecución del bien común sin esperar conseguir a cambio ventajas personales no es muy frecuente. La creciente polarización nacional ha llevado a que cada vez sea más difícil coincidir con personas que presten genuina atención a planteamientos distintos de los suyos, que estén dispuestas a analizarlos y debatir sobre ellos con tesis orientadas a persuadir a su contertulio sin descartar de antemano la opción de reconocer las deficiencias o los errores de sus propias posturas.

Rodrigo Uprimny, a quien conozco desde nuestra época de estudiantes, es uno de esos espíritus liberales que refulgen de cuando en cuando en Colombia. Ha ocupado menos cargos públicos de los que merecidamente le han ofrecido, porque cuando se los proponen siempre pondera si le puede servir más al país desde un despacho oficial que manteniendo la independencia que le brinda su condición de académico y columnista de opinión. Quien haya conversado con él alrededor de un café, en foros universitarios o en escenarios internacionales sabe que, independientemente de las conclusiones a las que se arribe, sus razonamientos y observaciones enriquecen. Sustituir la posibilidad de intercambiar ideas con él, recurriendo a insultos o infundadas descalificaciones personales, es una absoluta necedad; como dijo Voltaire, la tolerancia es hija de la razón y exigencia suprema tanto de la civilización como de la sociedad.

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