25 Jul 2021 - 5:30 a. m.

Parapatriota

Yohir Akerman

Yohir Akerman

Columnista

Una de las herencias más lamentables que ha dejado el mandato de Iván Duque, entre muchas, es que ahora cualquiera, sin experiencia alguna, cree que puede llegar a ser presidente. ¿Cómo no? Duque llegó a la Casa de Nariño con el único mérito de ser el candidato elegido por el expresidente Álvaro Uribe. Nada más.

Ese mismo movimiento de la derecha política colombiana ahora tiene unos precandidatos presidenciales que son de lo más irrisorio del abanico político. Esta columna va a centrarse en uno que anunció en junio su intención de llegar a la Presidencia. Ignorando el detallito de estar inhabilitado y, más grave aún, tener una condena a 14 años de prisión por haberse aliado con las Autodefensas Unidas de Colombia.

Detalles, que llaman.

Publio Hernán Mejía Gutiérrez, coronel en retiro del Ejército, es el fundador del movimiento Primero Patria, que se autodenomina como “un grupo de ciudadanos patriotas que trabajan por salvar a Colombia de la politiquería”.

Mejía fue comandante del Batallón de Artillería del Ejército Número 2 La Popa, de 2002 a 2003, y está condenado a prisión. Fue encontrado culpable de haber actuado de manera conjunta con los paramilitares del frente Mártires del Cacique Upar. Una alianza con el fin de presentar resultados conocidos como “falsos positivos”, patrullar de manera conjunta y proveerle armas y material de intendencia al bloque liderado por Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40. Esos hechos han merecido varias denuncias en esta columna en el pasado.

El coronel en retiro se sometió a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), entidad que tiene lista la imputación contra él y contra otros 14 militares adscritos al Batallón La Popa de Valledupar, por su responsabilidad en las ejecuciones extrajudiciales.

Pese a eso, el pasado 25 de junio Mejía anunció: “Luego de largas cavilaciones y hablar con mi conciencia, he tomado la decisión de lanzarme como precandidato a la Presidencia de la República. Lo hago a sabiendas de que no pertenezco a ningún movimiento o partido político y el único ideal es salvar a Colombia”.

Es evidente que las cavilaciones y charlas de Mejía con su conciencia no fueron lo suficientemente largas como para alcanzar a incluir algunos de los muertos que tiene encima el precandidato, sobre los cuales ya existen sentencias judiciales en firme. Pero acá siempre estaremos para darle una manito al coronel y ayudarle a refrescar la memoria con respecto a sus víctimas.

Como se ha establecido en esta columna, existen dos declaraciones cruciales en diligencia judicial de versión voluntaria. Ambas son de exmilitares compareciendo ante la JEP, en el mes de noviembre de 2018, que corroboran la alianza de Mejía con paramilitares para matar indígenas y campesinos inocentes y hacerlos pasar por guerrilleros muertos en combate.

Como lo hemos hecho en el pasado, es mejor mantener anónimas las identidades de los exmilitares y comparecientes ante la JEP, por lo macabro que cuentan esas versiones libres. Especialmente para proteger sus vidas. Las dos narraciones cuentan cómo los exmilitares han sido víctimas de amenazas de muerte o intentos de asesinato, desde que se decidieron a confesar los crímenes de los cuales participaron, guiados por la comandancia del coronel Mejía.

“Quiero decir algo con todo esto que estoy diciendo, sé que me voy a morir en cualquier momento, no sé cuándo, pero sé que me voy a morir, honorables magistrados, yo les pediría a ustedes de corazón medidas cautelares para mi familia y para mí porque mi vida corre peligro y ya han visto varias amenazas”.

No es injustificado el miedo.

Para entender el riesgo que corren estos testigos, es importante recordar el relato de otro testigo de estas operaciones de Mejía, que dijo: “Un domingo temprano, cuando apenas mi coronel Mejía llevaba diez días de haber llegado, me llamó al comando y me dijo que consiguiera un arma y me fuera con él en el carro del batallón. Los dos íbamos de civil (…) Llegamos a una finca en donde había unos 200 paramilitares. En la casa principal, sentados en una mesa, estaba toda la cúpula del Bloque Norte: el señor Jorge 40, el señor Hernán Giraldo, Tolemaida, Omega y 39, que era David Hernández, un militar retirado que había sido amigo de mi coronel. Se saludaron con mucha alegría porque ellos eran amigos de escuela y los vi recochar mucho cuando se vieron”.

Ese día se pactó que el coronel Mejía tendría un sueldo mensual de $30 millones, aportados por Jorge 40, para que los militares no se metieran con sus hombres. Pese a que fue la amistad con 39 lo que generó la relación con los paramilitares, Mejía decidió quedarse con la relación y no con 39.

El coronel recibió la orden de Jorge 40 de matar a 39. Como 39 confiaba en Mejía, este le puso una cita y lo que hizo fue tenderle una emboscada, para así cumplir su misión. O como reza el legendario vallenato de Alejo Durán, Cero treinta y nueve se la llevó.

Ahora bien, existe otro relato crucial para entender la máquina de muerte que montó Mejía en Valledupar en alianza con los paramilitares. Es el del también militar y teniente coronel Heber Hernán Gómez Naranjo, quien se sometió a la JEP el 23 de junio de 2017, bajo el radicado No. 301153.

El 30 de noviembre de 2018, el coronel Gómez Naranjo rindió una versión libre y reservada ante la JEP en la que, durante casi seis horas, relató las barbaridades sanguinarias que se cometieron en el batallón del Ejército La Popa, bajo la comandancia del coronel Mejía Gutiérrez.

Según el relato, “el batallón era una máquina de guerra y como tal tenían que verse los resultados operacionales. El batallón La Popa venía siendo muy cuestionado, cuestionado a nivel, al interior del Ejército, por su falta de resultados operacionales. Porque es que enemigo había, había enemigo (…) y pues las instrucciones fueron claras, el batallón La Popa es una máquina de guerra y en el departamento del Cesar hay que ganar la guerra. La guerra se gana con resultados operacionales”.

Es por eso que al poco tiempo de estar al mando del batallón La Popa, tal y como lo plantea el Informe No. 5 de la Fiscalía ante la JEP, el coronel Mejía conformó un grupo especial con 14 militares de esa dependencia, con el argumento de tener una unidad de reacción rápida.

El grupo era conocido dentro de las instalaciones con el nombre de Zarpazo. Según relatan los testigos, el grupo salía y como a las cuatro o cinco horas volvía con la novedad de haber dado dos o tres bajas. Pasaba con frecuencia. A todo el mundo le parecía raro que mientras las contraguerrillas completas, que patrullaban las partes altas y sí estaban cerca de la guerrilla, no daban bajas, los del grupo Zarpazo siempre que salían y regresaban con bajas exitosas.

El coronel Gómez Naranjo, estableció que “(Mejía) me dijo a mí: Hernán, palabras más palabras menos, espero toda su lealtad. Yo le dije: Mi coronel, claro que sí, vamos a trabajar, esa lealtad después pude entender yo, de acuerdo a lo que él nos comentaba, que iba encaminada en ese sentido, a generar en cabeza de él esas alianzas con ya grupos conformados y de los cuales teníamos conocimiento de autodefensas en sectores muy cercanos a la ciudad de Valledupar”.

Y la lealtad se dio. Pero con los paramilitares dirigidos por Jorge 40, no con la población indefensa que el Ejército y el Batallón La Popa tenían la obligación de proteger.

Por eso, cuando el 30 de abril de 2016 el coronel Mejía presentó su libro titulado Me niego a arrodillarme en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, con prólogo del escritor Plinio Apuleyo Mendoza, no alcanzó a prever que ni arrodillándose se iba a salvar de la evidencia y de las pruebas en su contra.

Por consiguiente, su precandidatura presidencial, para supuestamente salvar a la patria de la politiquería, quedará en una sentencia de la JEP. Sentencia en la que se reivindica a las víctimas de esos criminales, mal llamados patriotas, que asesinaron ciudadanos indefensos para mostrarlos como éxitos militares. Primero Patria. Después... calabozo.

@yohirakerman, akermancolumnista@gmail.com

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