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La fotografía es conmovedora. Una mujer muerta envuelta en una cobija de cuadros de esas que se usan en todos los rincones de Colombia. Lleva una imagen de Minnie Mouse en la camiseta y su rostro muestra la hinchazón y la rigidez de la muerte. Su cuerpo se apretuja entre dos tablones y restos de tierra lo cubren parcialmente. Esta imagen la publicó en su cuenta de Twitter Jesús Abad Colorado, el reportero gráfico que ha registrado el dolor de nuestra guerra como pocos. La fotografía no es de él. La tomó alguien de la comunidad del resguardo del río Murindó y se la hicieron llegar. Él pidió autorización para contarle al mundo, con la crudeza de esta imagen, que Remilda Benítez Domicó de la comunidad Bachidubi murió en un campo minado mientras llevaba a su bebé en brazos. El niño sobrevivió, pero “quedó con herida en cuerpo y alma”, como dijo el colega Jesús al compartir la imagen.
En cualquier circunstancia esta fotografía nos debería sacudir y conmover. Sin embargo, en esta feria de la imagen en que se ha convertido nuestra realidad, es difícil que una tenga el impacto que merece. Cuando son tantos los muertos, a veces parecemos anestesiados ante el dolor. Cuando son tantos los muertos, nos cuesta hablar de ellos con sus nombres y apellidos y reconocer en cada uno la tragedia que significa para los suyos y para nuestra humanidad colectiva. Cuando son tantos los muertos, no hay tiempo para llorarlos. Sin embargo, la única manera de entender la dimensión de esto que vivimos es conociendo a los seres humanos que están detrás de las noticias de muerte. Lo demás son estadísticas para que los políticos peleen por ellas y digan que “no son tantos”. Por eso, en medio de mil dolores, me detengo en Remilda.
Me detengo en la imagen de esta mujer muerta que dice tanto de lo que somos. Me detengo en su historia de la que solamente conozco retazos y aun así sé que resume buena parte de nuestros grandes problemas. Porque Remilda era mujer y era indígena y esa doble condición ya la puso en desventaja. Remilda deja cinco hijos y un marido convertido en viudo de la noche a la mañana. Una familia destrozada como miles. Se necesitaron dos días de camino para llegar al lugar de Murindó en donde quedó su cuerpo, porque el aislamiento y la distancia van de la mano con la pobreza y el abandono en Colombia. Vivía en una comunidad habitada desde siempre por la violencia y el miedo. En los últimos tiempos esa violencia se ha recrudecido. Antes la zona era territorio de las Farc y, después de la desmovilización, ahora se la pelean el Eln y las Autodefensas Gaitanistas o el Clan del Golfo. En esa pelea la tierra ha quedado sembrada de minas y son varias las comunidades que ya no pueden caminar sin tener el miedo de perder una pierna o la vida por atreverse a dar un paso, como le pasó a Remilda.
Cuando le pregunto a Jesús Abad Colorado por la fotografía y me cuenta algunos pequeños trazos de esa vida perdida y de su comunidad, que conoce de cerca porque ha estado en la región varias veces, la última hace apenas unos meses, me dice que “nunca había visto tan indefensas a esas comunidades”. Este hombre que lo ha visto todo en la violencia y que nos ha hecho vivir la guerra desde su lente se quiebra mientras me habla de la imagen de Remilda. Dice también que hubiera preferido tener de ella una fotografía en vida mostrando su sonrisa. Pienso entonces que nunca veré esa sonrisa porque nos tocó conocerla muerta y por eso no sabremos nunca cómo sonaba su voz, ni cuáles eran sus sueños. Se quedarán sus hijos sin su amor y su cuidado y no sabremos cómo era el brillo de sus ojos. Remilda Benítez Domicó, como hacen muchos de nuestros muertos, nos habla desde su tumba para reclamar por qué no hemos podido terminar una guerra que dejó a sus hijos huérfanos. El alma no alcanza para llorar por tanto.
