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Hay miles de kilómetros de distancia entre dos rincones de esta América del Sur que comparten hoy un mismo problema. Capurganá está en Colombia, el desierto de Atacama está en Chile. Desde los dos lugares nos llegan estos días imágenes desoladoras que muestran toneladas de basura convertidas en monumentos al consumismo y a la estupidez humana. Uno de los retos más grandes que tenemos globalmente es reducir los desechos y darle un destino adecuado a aquello que nos sobra. Las imágenes que han llegado de estos puntos del continente —una denuncia de un líder comunitario desde Capurganá y un reportaje de un periodista desde Atacama— nos recuerdan ese pendiente y ponen de presente que hay asuntos prioritarios que preferimos no ver. De vez en cuando es bueno que nos tiren la basura a la cara a ver si entendemos.
El líder comunitario Emigdio Pertuz lanzó la alerta desde Capurganá, un paraíso que tiene Colombia en el Chocó. Publicó un video en el cual muestra la basura desbordada en la región y hace un llamado al presidente y a las autoridades nacionales y locales porque la zona “no resiste un kilo más de basura (...) esto es una verdadera tragedia”. Califica lo que pasa como “crimen ecológico y ambiental en el territorio de las comunidades negras”. Don Emigdio, del Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Tolo y Zona Costera Norte (Cocomanorte), reporta que son 120.000 turistas ingresando a la zona que dejan sus basuras traídas de otros lugares y por eso llama a una acción urgente e inmediata. Si el turismo no es sostenible, todo el tesoro ecológico de esta región corre peligro.
Dejamos Capurganá un momento y nos vamos 3.720 kilómetros al sur en el continente. Desde Chile el periodista Jason Mayne nos permite ver las 100.000 toneladas de ropa que forman montañas y montañas de desechos. Lo más sorprendente es que muchas de las prendas son nuevas y tienen sus etiquetas. No sirvieron porque tenían algún desperfecto, no pasaron la prueba de calidad, no lograron entrar al mercado y terminaron muriendo allí sin ser usadas. La montaña de basura textil literalmente se viste de todos los colores, mientras el periodista, que camina sobre metros y metros de desechos, va encontrando prendas que servirían a alguien y recuerda que la industria de la moda es una de las más contaminantes. El reportaje habla también del impacto de este botadero de ropa, el segundo más grande del mundo, en las mínimas reservas de agua que hay en el desierto.
El reto de las basuras aparece con frecuencia en las noticias y lo hace casi siempre cuando estalla una emergencia. Servirían muchos ejemplos, pero basta citar en Colombia el famoso relleno sanitario de El Carrasco en Santander, desbordado desde hace varios años. En agosto pasado una decisión judicial ordenó cerrarlo, pero los 17 municipios que lo usan no encontraron a dónde llevar los desechos y sigue abierto. Nadie quiere recibir basuras, aunque todos las generamos y poco hacemos para reducirlas. A pesar de la magnitud del problema, pocas veces se discuten soluciones de fondo porque eso requiere planeación, inversión y decisiones drásticas que las autoridades prefieren aplazar y aplazar.
Lo que pasa en Capurganá y en el desierto de Atacama son ejemplos de hoy, pero no los únicos. Son cientos los municipios que en Colombia tienen botaderos a cielo abierto, las veredas en general no tienen ningún manejo de residuos y por eso los queman, los entierran o los tiran a los cauces de ríos y quebradas. Ni que decir de los bloques de plástico que flotan en los océanos. Nos estamos ahogando en basura y no lo queremos ver. Es más fácil comprar y desechar que preguntarnos a dónde va a parar aquello que no nos sirve. Gracias a Emigdio Pertuz y a Jason Mayne por poner la basura en sus cámaras. No todo lo que circula en las redes es la vida color de rosa.
