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El presidente Gustavo Petro lleva tres años y medio poniendo la agenda y marcando el ritmo del debate político en el país. La oposición se ha quedado en un lánguido “¡fuera Petro!” que ha servido para alimentar el miedo a la izquierda, pero no acaba de consolidar una propuesta unificada que garantice recuperar el poder en las elecciones presidenciales. El centro está perdido y el presidente, a pesar de los escándalos y las enormes deficiencias gerenciales, pone uno tras otro los temas que marcan la contienda. La pregunta es si esa iniciativa será suficiente para poner un sucesor.
El presidente Petro es un ajedrecista y siempre está pensando más allá con cada jugada. Mientras enciende las redes con propuestas inviables o mensajes confusos, mal escritos y calenturientos, empuja su agenda que puede gustar o no, pero que tiene objetivos claros: favorecer a los más pobres y favorecer a su sector político. Para algunos es populismo, para otros es avanzar en la justicia social. Si en el camino se lleva por delante a la clase media, la más perjudicada por muchas de sus decisiones, eso poco importa. Si en el camino da la espalda a los izquierdistas pura sangre, se casa con el diablo o entrega parte del poder a los clientelistas y corruptos, así lo hace porque parece que el fin justifica todos los medios.
Tal vez por eso, no es claro quién es el candidato del presidente. ¿Roy Barreras o Iván Cepeda? Si existiera la lógica ideológica en su proceder es claro que tendría que jugársela por el candidato oficial del Pacto Histórico. Sin embargo, si de pragmatismo se trata, el resultado de la consulta del 8 de marzo puede inclinar su balanza. En el fondo, el presidente parece apostar con dos candidatos a la espera de que la campaña le muestre su mejor opción. Roy Barreras, el político tradicional, que pasó de ser uribista a santista y petrista, puede sumar votos contados y amarrados desde las clientelas regionales. Cepeda puede recoger la base social de la izquierda que no es poca, pero resulta insuficiente para ganar las elecciones. Por eso la idea del inicialmente llamado Frente Amplio buscaba repetir la estrategia del 2022. En esa campaña el entonces candidato Petro entendió que sin el centro y sin la clase política tradicional no llegaba a la Casa de Nariño. Todavía hoy paga los costos de sumar a su campaña a políticos tradicionales, pero puede repetir la apuesta.
Si algo hay que abonar al presidente que maneja la agenda es haber abierto debates que eran intocables. Eso no significa que haya resuelto los problemas como ha pasado con la salud, que venía funcionando mal para amplios sectores de la población más vulnerable, que era insostenible como modelo, pero en su administración no mejoró y para miles de ciudadanos empeoró. Se pierden vidas como la de Kevin, el niño que murió esperando medicamentos para la hemofilia. Al presidente le faltó empatía al tratar de achacar la culpa de esa muerte a la familia por dejar que el niño montara en bicicleta. A veces todo lo que se requiere es una dosis de humanidad frente al dolor. Más allá de ese caso y de cientos más, es clara la necesidad de una reforma y este Gobierno no logró hacerla. Aún así, el asunto está sobre la mesa, como las pensiones, la reforma agraria, la remuneración para los soldados y una larga lista de asuntos pendientes que no se tocaron por años.
El incremento del salario mínimo es un buen ejemplo de una decisión que para muchos economistas era sacrilegio y que se hizo realidad a pesar de todos los argumentos técnicos en contra. Después de la suspensión en el Consejo de Estado, un amplio sector de empresarios y candidatos de derecha dijeron que era mejor mantener el aumento y ayudar a las empresas para poder pagarlo. Nadie en una campaña pide rebajar un salario. Para bien o para mal la iniciativa política es de Petro y aunque ha tenido derrotas contundentes, también cosecha victorias. ¿La sagacidad le dará para poner sucesor?
