Pasó de afán, como tantas noticias importantes que no alcanzan a colarse en el calenturiento debate público: aumentaron las conductas suicidas en colegios públicos en Medellín. Son datos del Programa Entorno Escolar Protector, de la Secretaría de Educación de la ciudad. Se habla de intentos de suicidio, ideas suicidas y lo peor: vidas perdidas para siempre cuando apenas van comenzando. Dio para un reporte breve y a lo que sigue, porque las noticias son muchas y las de muerte todavía más. Son tantas que no hay manera de hacer duelos, de entender ni asimilar.¿Por qué un niño o un adolescente llega a tal punto de quiebre que quiere quitarse la vida? Deberíamos tener el momento para tratar de responder, para mirar si se puede evitar ese dolor, si los adultos logramos convencerlos de que vale vivir.
Son vidas en juego y los esfuerzos de prevención no siempre funcionan. Por el alto número de suicidios en Medellín la Alcaldía creó la estrategia Dame Razones, un proyecto que apunta a la prevención. Muchas personas han participado en charlas y encuentros, pero el suicidio sigue rondando y preocupa que en los colegios sea un asunto recurrente. Los niños y adolescentes requieren más atención, entornos sanos, familias que protejan. Son edades de convulsión, de movimientos telúricos emocionales, de búsquedas, desazón, preguntas e incertidumbres. Es el momento de descubrir la identidad sexual y los entornos escolares o familiares suelen ser agresivos cuando los menores van encontrando esa identidad. Hay drogas, redes sociales que reflejan un mundo ideal que no existe. Hay matoneo, agresividad, mucha violencia. También pobreza y poco futuro en algunas zonas. Y si no les ofrecemos futuro, algunos deciden cortar el presente y decir: No voy más.
Otras ciudades, como Cali y Bogotá, también han diseñado estrategias de prevención que ayudan, aunque no contienen todos los riesgos. La situación es mucho más difícil en otras regiones. Hace unos días la noticia había llegado del Chocó en una alerta de líderes indígenas, también sobre el número creciente de suicidio entre sus jóvenes. Allí niños y jóvenes son víctimas de desplazamiento, confinamiento y tienen como único camino el reclutamiento forzado por parte de grupos ilegales. Hay también un proceso de desarraigo cultural, un no encontrarse y no entender de dónde son y para dónde van. ¿Les estamos ofreciendo motivos para vivir? Muchas de estas familias indígenas llevan años y años corriendo de aquí para allá, huyendo de los armados de turno y buscando alternativas para poder subsistir. Los líderes de las comunidades alertan por los suicidios que se disparan al mismo ritmo con los picos de violencia, pero poco se hace.
La mayoría de niños y jóvenes que finalmente se suicidan manifiestan de alguna manera su intención o su deseo de no vivir más. ¿Los estamos escuchando? ¿Qué alternativas tienen? Si no ven escapatoria, hay razones sociales, económicas, familiares, emocionales que los empujan a esa decisión fatal. En no pocos casos hay también enfermedades mentales de base no diagnosticadas, ignoradas: depresiones, ansiedades, trastornos diversos que se agazapan y van minando las vidas. A pesar de que poco a poco vamos levantando la voz para hablar de ello, todavía la enfermedad mental es tabú y muchos prefieren cubrir el tema con un manto de silencio.
Si hay problemas en atención de salud física, cuando se trata de salud mental el atraso es total. La pandemia incrementó de manera exponencial las necesidades de atención. No damos abasto, no lo vemos, no lo atendemos, y mientras notamos la dimensión del problema niños y jóvenes siguen encontrando en la muerte su única salida. Un niño que piensa en quitarse la vida es un síntoma grave que debe alertar a la sociedad.