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Cuando se nos olvida la guerra y el miedo viene del cielo

Yolanda Ruiz

22 de enero de 2026 - 12:05 a. m.

Son tantos años, tantos muertos, tanto dolor, tanta destrucción y tanta desesperanza que a veces miramos para otro lado y preferimos olvidar que hay regiones en donde la guerra es un asunto diario, no un tema de expertos, cifras, campañas o políticas fracasadas una y otra vez. Se nos olvida entonces que hay seres humanos como usted que lee, como yo que escribo, como sus hijos, sus padres, sus hermanos o los míos. En el Catatumbo se cumplió un año de crisis humanitaria y seguimos mirando para otro lado. No queremos ver y a veces solamente haría falta escuchar… escuchar por ejemplo un zumbido que viene del cielo porque la guerra hoy se hace con drones.

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Me dice alguien que vive en Norte de Santander y conoce al detalle lo que pasa porque trabaja en una entidad humanitaria: “hay un tema del que nadie habla y que me ha impactado mucho: tiene que ver con la salud mental de las comunidades. Con los drones cualquier sonido en el aire genera alerta y zozobra y eso está teniendo unas afectaciones muy duras”. Si no vemos a los muertos, los confinados, los desplazados, menos vamos a entender lo que significa el miedo, el insomnio, la ansiedad, la depresión y lo que todo eso hace en la vida de quienes sobreviven a una guerra cada día. Son años, son décadas de miedo y en esta última etapa que contamos son 365, 366, 367 y más días de bombas y de zumbido de drones.

Y hay más. Repaso el Informe de la Comisión de Verificación Humanitaria del Catatumbo, que tiene delegados de varias organizaciones comunitarias. No hay nadie que se haya salvado del peso de la guerra: centros educativos cerrados por los campos minados, por los drones, por las amenazas, por el reclutamiento de niños. Mujeres desplazadas, dificultades para conseguir alimentos, toque de queda y controles ejercidos por los grupos ilegales, comercio afectado, despojo de tierras, muerte de animales de granja, cultivos perdidos, viviendas perdidas… vidas perdidas. Mientras leo las 36 páginas me pregunto si alguien con capacidad de decidir y de incidir verá esto. ¿Importará? Hay que denunciar, en cualquier caso.

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Me paso al reporte de la Defensoría del Pueblo: “Según datos de la Unidad para las Víctimas, entre el 16 de enero y el 7 de diciembre del 2025, fueron incluidas en el Registro Único de Víctimas 105.203 personas, principalmente por desplazamiento forzado (101.587)”. También se reportan amenazas, confinamiento, despojo de tierras.

Si más de cien mil personas afectadas directamente por la guerra no provoca ya nada en una sociedad anestesiada, tal vez ya perdimos todo. Los aniversarios sirven para poner el foco en esos episodios olvidados. En El Espectador publicaron un especial periodístico que estaría llamado a sacudir también a un país indolente. Sin embargo, no se logra que esto se convierta en tendencia, en motivo de comentarios o promesas de candidatos, en asunto de primer nivel para detener esta violencia. El Gobierno intenta mantener unos diálogos que no avanzan, mientras la gente paga en su vida diaria el fracaso de una política de paz. Y ahora dicen que se viene una ofensiva grande contra el ELN. Los armados se preparan, los civiles tiemblan.

¿Qué nos hace tan indolentes ante la guerra? Levantar muros emocionales es un mecanismo de defensa de las personas y también de las comunidades y los países para poder vivir entre cadáveres y confrontaciones abiertas. Esos muros, sin embargo, no son eternos y tanto en la salud emocional individual como en la salud de las naciones, en algún momento se quiebran y dejan de contener para dejar correr torrentes de emociones y secuelas que, si no se atienden bien, pueden alimentar la bola de nieve de la misma violencia. Intento entender por qué unos niños pueden jugar con drones mientras otros temen que con ellos lancen la muerte sobre sus cabezas.

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