Difícil saber si las recientes intervenciones del presidente Gustavo Petro en las cuales se ha mostrado radical y excluyente obedecen solo, como dicen algunos, a una estrategia política para calentar a sus bases mientras sigue concertando y negociando reformas o si decidió dejar de lado la posibilidad de convertirse en el estadista que alcanzó a asomarse en sus primeros meses de Gobierno cuando quiso concertar y sumar a diversos sectores. Ese Petro 1.0 que llamó a su gabinete a personas capaces de distintas tendencias, que se sentó a hablar de tierras con Félix Lafaurie y se reunió varias veces con Álvaro Uribe parece haber desaparecido bajo el Petro 2.0 que divide el mundo en bandos irreconciliables.
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Entre uno y otro pasaron unos meses en los cuales también la oposición se radicalizó. No hablo de los partidos que cumplen su papel democrático desde la orilla que les corresponde, hablo del llamado “establecimiento” que poco escucha y poco entiende. A sus voceros les falta calle para conocer de verdad y no en cuadros de Excel la realidad de los problemas sociales que es urgente resolver. Para lograrlo todos deben ceder un poco. Al Petro 2.0 llegamos en medio de ese diálogo de sordos que no atiende razones porque ve todo en términos de amigos y enemigos.
El problema de ese pensamiento binario es que pretende ver en blanco y negro un mundo lleno de colores y matices. En el pensamiento binario hay unos buenos y unos malos y por eso no hay camino de concertación. El pensamiento binario es el mismo que mueve a las mayorías en las redes, el que alimenta los fundamentalismos, el que mueve el mercado de lo que hoy se vende y se consume en el universo descontrolado de los contenidos virales.
Para ese pensamiento binario el presidente es “un guerrillero”, un “comunista” que no merece gobernar. Como si no hubiera pasado más de 30 años haciendo política en la legalidad, incluyendo elecciones que lo convirtieron en congresista, alcalde y ahora presidente. En la otra orilla del pensamiento binario, los que marchan contra el Gobierno son descalificados por el propio presidente como “una clase media alta arribista”. Como si el derecho a la protesta estuviera reservado a unos pocos, como si la inmensa clase media que sobrevive en los límites de todo no pudiera levantar la voz. Es el mismo presidente quien divide el mundo entre esclavos y esclavistas porque se hundió una reforma en un trámite legislativo.
En esa batalla absurda, algunos congresistas que acompañaron el proyecto de legalización del cannabis de uso adulto durante siete debates, se rajaron al final porque la política con frecuencia no es más que hacer “jugaditas” para bloquear al otro, al enemigo. Respetables, aunque no los comparta, los argumentos de quienes se opusieron desde el comienzo, de quienes creen que no es bueno legalizar. Lo que genera mal sabor es que algunos congresistas partidarios de legalizar maten la propuesta a última hora porque creen que así le hacen daño al Gobierno. Así se ha hecho, así se hace y así se hará la política. Estas palabras son puro desahogo. Que luego no vengan a decir que todo es culpa de otros. En la falta de solución todos los que están en cargos de poder pueden tener su cuota de vergüenza.
El presidente tiene todavía el tiempo y el capital político, que pierde en peleas insensatas, para convocar a un sector amplio y volver a su versión conciliadora 1.0. Tiene la opción de buscar más reformas necesarias que pueden ser buenas y posibles, aunque no sean las “ideales” que tiene en su cerebro de opositor. No todos lo van a apoyar porque esa es la democracia, pero sí hay líderes de convicciones democráticas dispuestos a ayudar si la puerta de concertación se abre. En el Congreso pasaron proyectos muy importantes. Es claro que hay acuerdos posibles más allá del pensamiento binario, más allá del todo o nada. ¿Seguirá por ahí el Petro 1.0?