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Generación bisagra

Yolanda Ruiz

29 de junio de 2015 - 06:49 p. m.

No he sido capaz de salir de mi Blackberry a pesar de la insistencia de amigos y colegas que me invitan a ensayar aparatos más modernos.

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Confieso que soy incapaz de escribir en los teclados de pantalla y he reflexionado mucho sobre esa dificultad para concluir que tal vez no logre nunca llegar a los teléfonos inteligentes de teclados que aparecen y desaparecen. El problema es que pertenezco a una generación bisagra.

Estar por estos días en la cincuentañez es pertenecer a una generación que tuvo que vivir en la mitad de dos grandes eras: el siglo XX, que fue ya en sí mismo toda una época de cambios y transformaciones, y el XXI, de la era digital, que incluso apareció antes de que nos diéramos el feliz año el 1 de enero del 2000. Creo que el futuro se vino con todo para cada uno cuando hicimos clic por primera vez en un teclado de computador. Eso nos cambió la vida.

Nací en 1964, apenas 7 años después de que se aprobara en Colombia el voto para las mujeres; de píldora anticonceptiva no se hablaba, no había ocurrido mayo del 68 y el hombre no había llegado a la luna ni la televisión a mi casa. La comunidad LGBTI no era visible y homosexuales y lesbianas estaban obligados a vivir su realidad ocultos de una sociedad que los censuraba; no se hablaba de cambio climático. Hoy el mundo es otro, por fortuna.

Por haber nacido en un mundo y vivir en otro, para los de la generación bisagra lo moderno tiene a veces sus compliques y aunque lo asumimos con sus ventajas y novedades, no dejamos de tener algo de nostalgia frente a ciertas costumbres perdidas. No soy nativa digital pero a diferencia de mis padres o abuelos, a los de mi generación nos ha tocado mover toda nuestra vida adulta entre teclados, programas y computadores que no conocimos de niños. Me tocó pasar de la máquina de escribir al computador a finales de los 80 cuando trabajaba en la revista Cromos. Todo un acontecimiento en su momento. La televisión que conocí de niña fue en blanco y negro, luego vinieron el color, la pantalla plana, la parabólica, el cable y ahora Netflix.

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En materia musical, de niña bailé con la radiola familiar. Viví luego con asombro la llegada del CD y a los pocos años su descenso ante la música digital y lo demás que no acabo de comprender pero disfruto inmensamente.

Nací en un mundo que apenas se abría a los grandes cambios que trajo la segunda mitad del siglo XX, fui niña en medio de la revolución de los años 60 y 70 y llegué a la vida adulta en los 80. Décadas de vértigo que nos pusieron patas arriba las sociedades. Y en tecnología en estos últimos 50 años hemos visto más cambios que en varios siglos y por eso es tan complicado pasar de aquella máquina de escribir portátil que llevaba al colegio en mis días de clase de mecanografía, al teclado táctil. Logre avanzar a la máquina eléctrica y de ella al computador, he llegado a la tablet y al Blackberry pero no logro más.

Sé que muchos de mis compañeros de década lo lograron y pensarán que no tiene que ver con la edad pero también tengo la certeza de que cada uno de los que caminan por la cincuentañez tiene algún lío de generación bisagra: para algunos todavía es imposible disfrutar un buen libro en la pantalla, otros no se animan a hacer compras o buscar pareja en internet ni tienen sexo virtual. Para otros el problema es disfrutar de las redes sociales pues no entienden cómo la vida privada se pone ante el ojo de todos. Alguno más sufre con las mil aplicaciones que nos inundan cada día y otros sueñan con ratos de silencio sin sonidos de mensajes alertando en el celular.

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Si alguno de estos síntomas sacude al lector con seguridad anda por la cincuentañez y por mi lado aceptaré que me quedé en la época de los teclados de verdad, como el de mi BB.

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