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Hacer política sobre cadáveres

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Yolanda Ruiz
30 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
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Otra vez se hace política en Colombia sobre cadáveres de inocentes. La hacen los unos y los otros. Se cruzan reclamos, denuncias y se atribuyen responsabilidades mientras las viudas, los huérfanos y las madres despojadas de hijos que ni nombre tienen para su nueva realidad, lloran a los suyos y comienzan a vivir un dolor que seguirá ahí después de que se cierren las urnas, cuando se vayan los reflectores, cuando sus historias dejen de ser rentables para alguien que las usa, las moldea, las acomoda a su relato, a cualquier relato.

Mientras se haga política sobre cadáveres, habrá alguien que produzca cadáveres como si fueran pancartas o vallas para pedir votos. Mientras la guerra beneficie a alguien, no habrá silencio de fusiles ni de bombas. Mientras la violencia sirva a alguien, habrá disparos, atentados, agresiones sexuales, reclutamiento de menores como carne de cañón, desplazamiento, robo de tierras. Mientras sirvan las lágrimas de otros para lucrar a alguien con dinero o con poder político, alguien producirá dolor, alguien planeará una muerte. La guerra va más allá de quien dispara, de quien arma el cilindro bomba, de quien pone la mina, de quien secuestra. La guerra sirve a muchos.

Y se esperaría una tregua entre guerreros que queremos que depongan las armas para siempre, todas las armas, pero más útil sería una tregua de los desarmados, de esos políticos que han enseñado a millones a odiar al vecino, al pariente, al amigo, al otro, al distinto. Esos políticos que hacen política sobre los muertos alimentan cada día una guerra que no termina, que no es de ahora cuando explota en la Panamericana: que es de antes y parece de siempre. Una guerra que sube y baja en intensidad, pero que no pasa, aunque a veces no la alcancemos a escuchar en la capital. Cada cuatro años los políticos vuelven al ruedo y los violentos con ellos, porque llevamos décadas con los grupos ilegales metiendo la mano en las campañas.

Ninguno de esos candidatos que se dicen salvadores pide un minuto de tregua o lo concede; ninguno propone al otro que vayan juntos a abrazar a las víctimas; ninguno es capaz de dejar su campaña para convertirse en humano; ninguno se atreve a pedirle al contrincante que paren todos, que dejen los señalamientos y que se vistan de negro para mostrar respeto por los muertos y, sobre todo, por los que quedan, por los sobrevivientes a quienes se les quebró la vida para siempre en un instante.

Son tiempos de mucho ruido y poca esperanza; tiempos de incertidumbre. Y todo lo que pueda golpearnos a los que vemos el dolor desde las pantallas será nada frente al horizonte desolado que se abre para aquellos que despiden a los suyos asesinados en una explosión en una vía testigo de muchas muertes. Y se preguntarán por años los dolientes por qué estaba allí, por qué alguien mató a esa hija, a ese padre, a esa madre. Y alguno después de mucho tiempo alcanzará a sanar un poco y a poner el dolor en algún lugar para seguir, para vivir; otros seguirán rotos toda la vida y alguno pensará en venganza...

Los políticos, mientras tanto, celebrarán el triunfo o encajarán la derrota y se convertirán en oposición o harán pactos para lograr un pedazo del poder. Los acuerdos políticos no saben de ideología ni tampoco de humanidad. Mientras la rueda gira para los que hicieron política sobre los muertos, no habrá en su memoria ni siquiera un nombre que les recuerde lo que pasó en ese trágico 25 de abril en el Cauca en medio de una ola de violencia. No recordarán esos políticos que estén en el Gobierno o en la oposición a Nereida, José Edinson, Nidia, Patricia, Carmen, María Libia, Flor, Francisco Javier, Andrea, Daniela, Liliana, María Etelvina, Luz Dary, José Ciro, Teodomira, María Clemencia, Alirio, Jarol Jair, Patricia, Florinda, Virgelina y los que vengan. No recordarán a esos muertos que les sirvieron para hacer campaña.

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