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El escándalo de Facebook por la filtración de los datos personales de por lo menos 87 millones de usuarios ha generado una desbandada en esa red porque muchos prefieren desconectarse ante el riesgo de ver su privacidad vulnerada. No son la mayoría pues resulta difícil renunciar a un escenario que ha conquistado a millones y que es hoy parte importante de la interacción social y del flujo de información. Este episodio nos sirve para preguntarnos si la alternativa es salir corriendo de Facebook y de otras redes sociales o es mejor quedarse y conocer los riesgos.
Es valioso el debate mundial para entender el poder que tiene en la vida cotidiana la permanente conexión con un mundo virtual que no siempre refleja la realidad porque la vida en las redes suele ser bella, feliz y casi perfecta, aunque tras la fachada revelemos sin querer mucho más. Son pocos los que comparten sus tragedias pues las redes parecen ser un concurso permanente de belleza, felicidad y emociones extremas. Es un universo maquillado en el que creemos estar mostrando nuestra mejor cara, pero sin saberlo también permitimos a los interesados navegar por nuestros secretos sin darnos cuenta.
En medio de esta polémica hemos venido entendiendo que todo aquello que se ofrece gratis en la red tiene su precio y básicamente se resume en que cuando se ofrece algo sin costo, en verdad al hacer clic el precio lo paga cada quien con su vida y su privacidad. También descubrimos que en la letra menuda de los términos y condiciones le abrimos la puerta a todo el que quiera saber dónde vivimos, qué leemos, con quién hablamos, las fotos que tomamos, los temores que tenemos, las dudas y los sueños.
En una búsqueda simple que queda registrada en la red miles de ojos saben cada movimiento. Se enteran de que estamos buscando un lugar para las vacaciones, un tiquete aéreo o un hotel. Saben si buscamos zapatos, si nos gustan los pasteles o las verduras; saben si necesitamos un montallantas, un plomero o un curso de inglés; esos ojos anónimos se enteran si necesitamos una ayuda médica o espiritual, si queremos la fórmula para no envejecer o para curar una gripa. Lo pueden saber todo: ese secreto que confiamos a un amigo en la intimidad de un chat de dos, la pregunta embarazosa que no nos atrevemos a hacer, pero que confiamos a ese oráculo moderno que todo lo sabe y lo responde sin juzgarnos.
Lo sabe Facebook, lo sabe Google, lo saben otras redes si les hemos permitido que nos vean, nos rastreen, nos escuchen.
Estamos convencidos de que todo lo hacemos en la “privacidad” de nuestro celular o computador, pero todo deja una huella rastreable. Lo interesante del escándalo de Facebook es que despertamos y nos damos cuenta de que no estamos solos frente a nuestra pantalla y que tenemos que mirar más allá para decidir qué compartimos y qué no. Entre otras razones porque, contrario a lo que creemos, las redes no ayudan mucho a socializar porque los algoritmos que usan nos conectan con lo que nos gusta, lo que creemos, lo que pensamos, y nos cierran el cerebro a la diferencia, a lo distinto, a lo opuesto. Con eso, se construyen fanatismos y se va perdiendo en el camino el valor de la diversidad y de los otros que piensan distinto.
La era digital llegó para quedarse, como se quedaron la electricidad o las telecomunicaciones, y por eso escapar tal vez no es la respuesta. No hay suficientes islas desiertas para buscar refugio del gran hermano que nos vigila, pero sí podemos entender que está ahí y decidir hasta donde abrimos nuestras puertas y ventanas. Tener claro que no sólo se comparte lo que se publica en las redes y que toda actividad en línea es material precioso en los bancos de datos, es el primer paso para aprender a poner filtros. Mientras escribo en mi computador estas palabras me pregunto quién me observa desde el otro lado.
