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Juventud sin futuro y en la mira

Yolanda Ruiz

26 de agosto de 2021 - 12:30 a. m.

Grito y lloro otra vez por la muerte de nuestros jóvenes desde este rincón. Hay que seguir haciéndolo porque el futuro se cierra para ellos y merecen por lo menos una lágrima y un grito, ya que se les han negado tantos derechos. Las muertes vienen de las balas de sicarios, de las puertas que se cierran, de la ausencia de futuro y hasta del matoneo virtual que puede empujar al suicidio real. Hablo hoy de Esteban Mosquera, líder estudiantil, músico, periodista, quien primero perdió su ojo y luego perdió la vida en un asesinato que merece justicia, aunque es difícil que eso pase porque en Colombia se mata a diario y la justicia llega apenas de tanto en tanto. Hablo también de Felipe Pasos quien aparentemente se suicidó poco después de quedar en el foco de la atención de ese monstruo de mil cabezas que son las redes, en donde todos disparan y nadie se siente responsable de nada.

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Hace un año estábamos lamentando las masacres de jóvenes en Samaniego y en Cali. Estos días los muertos aparecen de uno en uno. Además de Esteban, el mismo día mataron en el Cauca a Mábel Conde y a Vanesa Mena, de 27 y 21 años de edad. De ellas es poco lo que se sabe al momento de escribir: que eran madres solteras, iban por la carretera y las asesinaron. Tres hijos huérfanos, uno de Vanesa y dos de Mábel. Se suman ellas a la lista en la que están también los decapitados del Valle del Cauca que no lograron ni siquiera convertir sus nombres en tendencia porque la muerte a ratos no conmueve, así venga con sevicia. Creo que deberíamos empezar a buscar los vasos comunicantes entre unos hechos que parecen aislados pero no deben serlo tanto, porque el objetivo es claro: están matando muchachos uno por uno, sabiendo que van detrás de ellos. Es una cacería macabra: los buscan, los ponen en la mira, los asesinan. Después de las muertes, los lamentos prefabricados de las autoridades locales y nacionales que parecen sacados de un libreto establecido para hacer parecer que se hace y se siente, aunque en el fondo nada pase. Se anuncian recompensas, se ordenan exhaustivas investigaciones, se mandan trinos de duelo y luego... el olvido, porque hay otro muerto que sepulta al anterior. Asesinatos selectivos, les dicen. ¿Quién los ordena?

Y si no los matan los sicarios, los matan la falta de horizontes y la salud mental perdida entre tantos sinsabores. Tal parece ser el caso de Felipe Pasos. No lo conocía y lo que sé de su vida llegó de la mano de su muerte: indagué con algunos de sus amigos y, para ellos, luego de su partida comenzó a ser claro que tenía muchos pesos emocionales encima. Su figura se hizo visible en redes en los últimos días en medio de un escándalo. Sus 15 minutos de fama: lo entrevistaron, le preguntaron, lo pusieron en el centro del escenario y, como pasa cuando los reflectores están encima, lo matonearon. Desconozco cuáles eran sus dolores, sus virtudes, sus pecados. Sé que era un joven con sueños y murió antes de tiempo, como los otros. Empujar a la juventud hacia la nada parece una constante en nuestra historia de hoy. Si esa muerte estuvo motivada en un mínimo porcentaje por el matoneo del que fue víctima, si eso fue la gota que rebosó la copa de su tristeza, si eso empujó así sea un poquito su decisión, es un asunto que nos compete a todos. No se trata solamente de Felipe, se trata de la salud mental colectiva. ¿Cuánto odio somos capaces de procesar sin colapsar? ¿Cuántos insultos, cuántas calumnias tolera nuestra seguridad emocional?

¿Cuántos jóvenes muertos serán suficientes para parar? Esta misma semana se conoció otro dato: son alrededor de dos millones los jóvenes de entre 17 y 21 años que no están en el sistema educativo luego del colegio y tampoco tienen trabajo. Si los matan, los amenazan, los matonean, les cierran las puertas del futuro, ¿hacia dónde estamos empujando a esos jóvenes?

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